viernes, 31 de mayo de 2013

Corpus de Toledo: más religión y menos política


 El Corpus Christi en Toledo es la fiesta de la armonía, del equilibrio barroco entre espíritu y sensaciones, entre fe y fantasía, entre tradición y modernidad. El esplendor de la ciudad entra por los ojos. El colorido multiforme y heteróclito se enseñorea de las calles y plazas, especialmente en aquellos lugares en los que los toldos marcan el recorrido de lo que es el centro de la celebración: la procesión con el sacramento de la Eucaristía expuesto en la custodia de Arfe.
            La procesión venía siendo algo más que una exhortación a la fiesta y a la alabanza al misterio religioso que toma la calle. Últimamente parecía que la procesión era de los que procesionaban, esencialmente de la denominada “clase política”, que se exponía como si fuera dogma o sacramento social a las iras o los aplausos del pueblo. Este año los preámbulos se describían con nubarrones. El runrún de la calle, ese que nadie percibe, ni oye, ni dice, pero todos sienten, apuntaba a que había predisposición al abucheo a la presidenta, Dolores de Cospedal.
            La realidad es que la señora presidenta se fue a Bruselas a no sé qué quehaceres de la gestión autonómica y no asistió a la procesión. Esto yo no sé si habrá sido casualidad de agendas o una manera de meterse en el burladero y no exponerse a los cuernos del morlaco gritón. Pero la realidad es que este año, por ese fas o por algún nefas, todo ha ido como balsa de aceite. A la señora presidenta nadie la ha echado de menos en el cortejo –como no se echó de menos a su predecesor Bono, cuando, siendo presidente, tampoco estuvo en el Corpus toledano-. El desfile ha sido más religioso que nunca; y la política no se pudo medir por el famoso y, a veces, temido “aplausómetro”.
            Pero este año, además, se ha manifestado en la procesión toledana el espíritu Bergoglio. La intervención del Primado en la homilía tradicional de Zocodover ha tenido un cariz social evidente para terminar con una llamada a la ética, que en el fondo es la justicia que iguala a las personas. (Prefiero llamar “homilía” y no “alocución” a este sermón, pues “homilía” es el “razonamiento o plática que se hace para explicar al pueblo las materias de religión”, y la “alocución” es algo más genérico, “discurso o razonamiento breve por lo común y dirigido por un superior a sus inferiores, secuaces o súbditos”). Dicha homilía ha sido una pieza muy bien tallada, basada en argumentos, lecturas y reflexiones de gentes que conocen algo más que la doctrina social de la Iglesia. Hay a quien se le han puesto los pelos de punta escuchando a don Braulio. Aunque para ser justo, creo que esa andanada social urbi et orbi del Primado ha pecado de exagerada al descabalgar por completo cualquier ideología y meter en el mismo saco, en un totum revolutum, las ideas más sociales con las liberales más antisociales. Pero dejemos esa pecata minuta para analistas “inclitados” (ilustres, esclarecidos, afamados), que el pueblo me parece que sí se ha quedado con el cante de que no se pueden hacer políticas que enriquezcan a unos pocos y no atiendan a las necesidades básicas de la parte más desfavorecida de sociedad.
            Así que un aplauso por la recuperación del tono religioso de la procesión toledana, en la que se debería prohibir la asistencia a quienes van a ella como los banderilleros en la vuelta al ruedo, saludando al tendido, y con los móviles en ristre para inmortalizar el momento. Quien va a la procesión tiene que saber que acompaña respetuosamente un dogma, crea en él o no.
            Y termino como empecé. El Corpus Christi en Toledo es la fiesta de la armonía, del equilibrio barroco entre espíritu y sensaciones, entre fe y fantasía, entre tradición y modernidad. Aquí hay que venir por lo menos un par de veces en la vida, y en esto incluyo especialmente a los toledanos que siempre aprovechan el puente para irse a Benidorm.

domingo, 12 de mayo de 2013

Brokers: risa y crítica se dan la mano





Título: Brokers. Idea original y dirección: Yllana. Dirección artística: David Ottone. Intérpretes: Fidel Fernández, Antonio Pagudo, Juan Francisco Ramos y Luis Cao.  Espacio escénico: Carmen Toro Juanes. Escenografía virtual: Jaime Munárriz y Esther Berdión. Iluminación: Juanjo Llorens.

Yllana es garantía de teatro lleno, sinónimo de risa, señal de buen trabajo, prenda de humor entre crítico e irónico y seguro de éxito, como hemos podido comprobar en el teatro de Rojas de Toledo.
Brokers es una creación, que ya tiene su tiempo y no pierde por ello actualidad,  con todos los ingredientes propios de la “factoría” Yllana ampliamente experimentados. Teatro de la “no palabra” pero no menos teatro. Este espectáculo, basado en un extraordinario trabajo del gesto insinuante y de la mímica efectiva, que se complementa con la presencia de efectos especiales visuales y la música, pretende contar una historia de cuatro “prisioneros” del becerro de oro (dinero), sus fortunas y adversidades. Parodia pura del universo absurdo que nos rodea.
Que en un mundo en crisis económica se ridiculice el entramado financiero es casi una necesidad social, una catarsis. Cuando la “bolsa” suena, todo es risa y ventolera; cuando la “bolsa” se derrumba, se palpa el sarcasmo de la exclusión social. En este ir y venir se mueve Brokers, saltando de gag en gag, como quien juega a una rayuela, para poner en solfa la achulada vida sin fuste de esas altas esferas que el modelo social y económico de la oculta clase dominante nos ha vendido como el culmen del éxito. Me encanta la sátira y la caricatura hiperbólica que se pone de manifiesto con el dibujo escénico de personajes obsesionados por el pádel como distintivo del estatus, los smartphones, la droga yuppy, la espiritualidad más “cool”, el casino y el juego, el simbólico ladrillo o la corrupción, y todas esas monerías de los pijos con posibles. La carcajada no impide que el poso crítico quede ahí, en el subconsciente colectivo.
Brokers es una pieza de relojería en donde el tempo del humor lo ensambla todo y el rubí de lo mímico-gestual se engarza y refuerza con los sonidos que contribuyen a acentuar la comicidad. Risas y sonrisas. Reflexión y asombro en clave de comedia (aunque detrás de todo esté este trágico sistema económico que nos corroe las entrañas sociales). Sucesión de sketch que no pierden el ritmo y equilibrio de la representación. Esto es teatro y hora y media de “pasárselo bien”.
Lope de Vega, que es el primer teórico de la escena moderna, dijo que el teatro "consiste en dos actores, una manta y una pasión". Esto es Yllana y esto es también Brokers, pero con cuatro actores, Fidel Fernández, Antonio Pagudo, Juan Francisco Ramos y Luis Cao, en una impecable interpretación coral, cada uno con sus clichés, sus tópicos repetidos, y todos con sus guiños, incluida la actualidad, para poner en pie una fauna de personajes reconocibles.

La sobria, eficiente y efectiva escenografía me recuerda aún más la citada “manta” de Lope, en la que se recrean distintos ambientes con los sonidos adecuados y la luminotecnia oportuna. Y logrando la unidad del conjunto está el director artístico David Ottone, un líder necesario para un trabajo complejo, en el que hay que hay que tener la precisión de un relojero suizo.
El público toledano, que agotó la taquilla, ha disfrutado y reído a mandíbula batiente, lo que es muy de agradecer en estos tiempos de desencanto decadente. Y el teatro de Rojas, que lleva una temporada triunfal, se ha apuntado un tanto más en esta carrera de obstáculos que hoy es la cultura.

miércoles, 1 de mayo de 2013

¡Todos a una!, como en Fuenteovejuna


No he de callar por más que con el dedo,
ya tocando la boca o ya la frente,
silencio avises o amenaces miedo.
¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?
Hoy, sin miedo que, libre, escandalice,
puede hablar el ingenio, asegurado
de que mayor poder le atemorice.

Francisco de Quevedo, Epístola satírica y censoria contra las costumbres presentes de los castellanos, escrita a Don Gaspar de Guzmán, conde de Olivares, en su valimiento.



El país está para pocas celebraciones, y menos para que prediquen a la gente ilusión paciencia o esperanza. Mandangas, las mínimas. Con la esperanza, la ilusión, las ideas y las palabras sin hechos no se come, no se vive, no se paga el autobús, la luz, el agua o las medicinas. A los ciudadanos hay que darles de comer y medios para vivir dignamente y un sistema justo en el que desarrollarse. Hay que darles hechos, pues de palabras ya estamos llegando al colmo de la paciencia. La sociedad que reivindica, dicen que ladra; la que protesta porque quiere más justicia, dicen que acosa; la que reivindica es llamada insolidaria; la que lucha es tachada de violenta; al escrache lo tratan ya casi como delito, o sin casi. Quieren ovejas modorras, sí, personas modorras, como si tuvieran los sesos hechos agua, para crear seres tontusos, aislados del resto de la sociedad y dando vueltas sobre sí mismos, como ausentes de lo que ocurre a su alrededor. No estamos para fiestas, menos para festejar el trabajo, si acaso para reivindicarlo en masa en un tiempo donde el desempleo alcanza el desastre de los trabajadores –que pierden empleo- y en cambio la ganancia empresarial no baja. Algo pasa y no quieren que nos enteremos del todo, para que siga pasando lo que pasa. Los hechos están siendo hachas para cortar o encarecer hasta el aire que se respira. En el espejo de la reflexión, en el que se reflejan los procesos sociales, lo que pasa en la calle, veo resignación, desaliento flojedad, desánimo, debilidad, una cierta flema, imperturbabilidad, mansedumbre, acatamiento, a veces rendición y otras sumisión, demasiada docilidad, bastante dejación, mucho conformismo, aguante, pasividad, aquiescencia, estoicismo en muchos con la infame manía de pensar, impavidez, imperturbabilidad, desaliento, indiferencia, casi un estado catatónico. Y echo de menos, también en mí mismo, valores y acciones más activos, que ayuden a revertir el estado de malestar y de indecencia al que nos llevan los poderes universales que nos gobiernan. Quisiera ser y ver más desobediencia, rebelión, alguna insubordinación-que-¡ya-está-bien!, indisciplina, indocilidad, un poquito de insolencia, más agitación, una actitud de rebeldía que vaya más allá de la resistencia, disconformidad o inconformismo ante quien nos obliga permanentemente a poner la otra mejilla y nos pide confianza o nos quiere dar esperanza, audacia, osadía, temple, atrevimiento, empuje, entereza para luchar por los principios justos, desenvoltura, inquietud, descaro, una bizarra valentía y voluntad, mucha voluntad y sano juicio. Hechos y razones de la mano. Y conciencia, hay que tener conciencia clara, pues con poco que hagamos o digamos vendrán los adalides del poder a hacernos creer que nuestra es la culpa. ¡Hermoso y desgraciado invento el de la salsa estructural de la culpa! Esto que escribo hoy ni es maquinación ni es poesía, es un puro y simple fluir de mi conciencia y una confesión pública, si cabe, de mi propio asombro y de mi consternación ante el abandono social al que se está llevando a las personas, a las que hasta se les cercena la capacidad de repuesta, porque son ellas las que ¡tienen la culpa! Algo podemos hacer, algo debemos hacer, algo tenemos que hacer, de abajo a arriba, todos a una, como en Fuenteovejuna.

martes, 30 de abril de 2013

Maridos y mujeres: algo más que teatro


Título: Maridos y mujeres. Autor: Woody Allen. Versión para el teatro: Álex Rigola. Intérpretes: Luis Bermejo, Israel Elejalde, Miranda Gas, Elisabet Gelabert, Alberto Jiménez y Nuria Mencía.  Iluminación: María Doménech. Director: Álex Rigola.


Maridos y mujeres. Teatro de Rojas abarrotado. Woody Allen, vía Álex Rigola, en estado puro. Introspección. Relaciones de pareja con todos los detalles de sus circunstancias. Insolidez del matrimonio. Agudeza en los diálogos. Humor en plan comedia. Conductas humanas que giran alrededor del eje del amor. Separaciones. Reencuentros. Relaciones iguales y desiguales. Todo para terminar concluyendo con un nada romántico ni pasional pensamiento, una especie de “madrecita que me quede como estoy”, o con la frase con la que el gran don Miguel de Unamuno se refería a su esposa: “Doña Concha, mi costumbre”.
            Sobre un escenario minimalista, como ahora se lleva -¡serán cosas de la crisis y hay que ahorrar gastos-, la trama de Maridos y mujeres, adaptación al teatro del guión de Woody Allen para la película del mismo título, se reduce a dos parejas que se encuentran para cenar; y una de ellas anuncia a la otra que se van a separar, que se van a dar un tiempo de reflexión, pero que están muy bien, muy bien. A partir de aquí, la especulación de unos y otros es continua sobre la compleja convivencia en pareja. Estamos ante los tópicos de psicoanálisis tan propios del autor neoyorquino. En los conflictos matrimoniales hay más miga de la que muestra la apariencia y en ellos subyace también la rutina, los egoísmos o las inseguridades. Para el desarrollo de la acción en la obra se echa mano de los recuerdos y se muestra un abanico de relaciones diversas entre hombres y mujeres, cuyo final no siempre es todo lo bello que en un principio se piensa para la vida acordada entre dos. Woody Allen/Álex Rigola logran y muestran con su obra una disección completa de las conductas humanas sin ahorrar detalles y hacen evidente lo que gran parte de las personas vive, aunque muchas lo piensen y pocas lo manifiesten. Podríamos decir que los personajes se “desnudan” ante el espectador pero no ante su pareja. Algo normal. Es decir, lo que en Allen es psicoanálisis, en la propuesta de Rigola es realismo. Al fin y al cabo la literatura -y el texto teatral lo es- parece el espejo en el que se refleja lo que sucede en la realidad, a veces un poco distorsionado, pero siempre verosímil. Por eso, en Maridos y mujeres se dejan ver las vacilaciones del ser humano emparejado, el pudor y las verdades inconfesables e intimidades, compartidas o no, por la parejas, pero frecuentemente no habladas entre ellas. Creo que los espectadores se ven reflejados en lo que pasa en la escena y eso provoca la risa, una risa que oculta la verdadera reflexión sobre la propia vida.
Woody Allen, autor del guión de la película Maridos y mujeres.

           
 Si brillante es el guión de la película de Allen, no lo es menos la adaptación de Rigola para el teatro y aún más su dirección audaz, imaginativa y dinámica, en la línea en la que trabaja un grupo de directores teatrales que están creando tendencia, como Miguel del Arco, Alfredo Sanzol o Juan Carlos Rubio, entre otros.
Álex Rigola, director

            
El espacio escénico de Max Glaenzel, ecléctico pero funcional y suficiente, frío y con barras metálicas, se hace cálido con la focalización de los espacios, en los que se actúa, donde se centra la acción en cada momento –especialmente los sofás, que es donde mejor se conoce a una pareja-, con una iluminación perfectamente estudiada.
            Al texto y la dirección se une, para que el éxito corone la obra, una logradísima interpretación basada en la excelente dicción, el gesto preciso, la naturalidad, la adaptación de tono, movimiento y mímica a la situación, y el acercamiento al público, que conlleva su implicación en el espectáculo. Aquí no hay cuarta pared. Luis Bermejo (Álex), Israel Elejalde (José Luis), Miranda Gas (Rain y Gloria), Elisabet Gelabert (Alicia), Alberto Jiménez (Carlos y Ronald) y Nuria Mencía (Carlota), lo bordan, especialmente en algunas escenas, como la de la ruptura entre Álex y Carlota.
Luis Bermejo (Álex) y Nuria Mencía (Carlota)

           
Los espectadores, que llenaron el teatro, respondieron con la calidez de su aplauso la calidad del trabajo presentado en las tablas.
            Maridos y mujeres ha sido el enésimo acierto en la programación del Teatro de Rojas de Toledo en esta temporada que ¡ojalá! siga por esta vía de aprecio a la cultura y a las personas.

LECTURA EN VOZ ALTA Y FICCIONES SOBRE EL GRECO


Durante siglos la práctica de la lectura se hacía en voz alta y se desaconsejaba -o se prohibía- la lectura silenciosa.
Leer en voz alta es esencial y necesario para un buen aprendizaje. Este modo de leer debe seguir ejercitándose y ampliándose en la escuela y, muy especialmente, en la familia. Este es el mejor camino para crear lectores por medio de las palabras que nos vinculan. Compartir la lectura es compartir el lenguaje placenteramente, afirmándolo como vehículo de entendimiento, fantasía y concordia.
La lectura en voz alta es mucho más que una puesta en escena. Recientes investigaciones han revelado hallazgos a cerca de su efecto beneficioso sobre el cerebro. Se ha descubierto en la Universidad Tohoku de Japón (Learning Therapy, Kawashima y otros), que existen diferencias significativas en la corteza cerebral entre la lectura silenciosa y la lectura en voz alta.
En síntesis, según estos estudios, sabemos que la lectura en voz alta produce mayor activación en ambos hemisferios cerebrales. Las nuevas tecnologías portátiles de imágenes cerebrales, como la topografía óptica, han permitido realizar observaciones en la propia escuela. Cada día se comprende mejor la organización de los circuitos de neuronas que se ponen en funcionamiento durante la lectura. Las letras se reconocen esencialmente en la corteza visual, independientemente de su tamaño y tipografía; luego, las palabras se van recorriendo gracias a movimientos de los ojos muy precisos, controlados por una zona restringida de la corteza motora. Al mismo tiempo intervienen varias áreas en ambos hemisferios dedicadas a procesar el significado, a memorizar lo que se ha leído, a asociar los contenidos de esta lectura con otras. Y todo en centésimas de segundos. Cuando leemos en una segunda lengua, en general utilizamos mayor cantidad de neuronas y de conexiones. También es interesante comparar la lectura de textos con la de una partitura musical. En este caso el equivalente de leer en alta voz es simplemente usar el teclado del piano. Con la ejercitación en la lectura musical se produce una "traducción" automática de las notas distribuidas en el pentagrama al control motor de los dedos. En ambos casos –lectura en voz alta o lectura musical- asistimos al mismo prodigio de la cultura "encarnada" en nuestro cerebro.
Es importante leer en voz alta a alguien que escuche. Somos conscientes, siguiendo las teorías de Vygotski, de que la lectura, por ser un aprendizaje cultural, precisa de la mediación de una persona más experta que ayude al aprendiz, al estudiante  -de Primaria y Secundaria- a transitar por nuevos horizontes. Llegar a ser ese “compañero más experto” es el desafío del docente y también de la familia.
Leer en voz alta es buscar la entonación justa, enriquecer el texto con la expresión y la voz. Ahí nos damos cuenta de que la puntuación es la escritura de los silencios; y la interpretación de estos es un factor fundamental para la construcción del significado. La lectura en voz alta nos ayuda a comprender la frase en su totalidad y nos facilita la labor de expresión de un pensamiento completo, no fragmentado. Por todo ello, quizá fuera conveniente, especialmente con las personas que aún nos son lectoras expertas, volver con fuerza a este ejercicio de leer para que otros escuchen y escuchar lo que otros leen.
Estoy convencido de la necesidad de que los alumnos lean, escuchen leer, vean a sus educadores y a sus familiares como modelos lectores, que leen, que hablan de libros y comparten buenos momento de lectura con sus estudiantes y con sus hijos.
Y ya que estamos en vísperas del “Año Greco”, desde esta humilde columnilla invito a leer cuatro novelas en las que El Greco, entre realidad y ficción, es personaje protagonista. La primera es El Greco pinta al Gran Inquisidor, de Stefan Andres, en la que se narra la confrontación de dos enemigos personales de la Inquisición -el Greco y el médico Cazalla- con la máxima autoridad del tribunal, el gran inquisidor Niño de Guevara. La segunda es La conjura de El Greco, de Manuel Ayllón; esta es una ficción histórica, en la que El Greco es testigo de excepción, con un capítulo cuyo eje narrativo gira en torno a los misterios que encierra el famoso cuadro: "El entierro del señor de Orgaz". La tercera, Las damas ocultas del Greco, de Sivia Plager, tiene interés, además de por relacionar al Greco con mujeres que desconocíamos, por un tema universal y atemporal: el vínculo entre el poder y el artista. Y la cuarta novela es la escrita por Jesús Ferrero  Juanelo o el hombre nuevo, ambientada en el Toledo de finales del siglo XVI, lo que permite la aparición, muy bien dosificada, de El Greco, convertido, además de en pintor, en filósofo.

Leamos en voz alta y legitimemos la lectura como bien cultural, educativo y social. Y si además leemos sobre El Greco, pues “miel sobre hojuelas”.

jueves, 25 de abril de 2013

Para que nuestros niños y niñas se expresen bien




Soy un apasionado del lenguaje. Es la herramienta más completa para comunicarnos bien. El buen lenguaje se aprende y se enriquece a lo largo de la vida. Los padres somos responsables en buena medida del lenguaje que utilizan nuestros hijos. Yo siempre me sentí muy responsable en todas sus etapas de aprendizaje con los míos. Creo que hoy se expresan extraordinariamente bien.
            En este artículo soy deudor de muchas fuentes, que no citaré por no ser este medio un contexto académico, sino uno de pura divulgación de ideas. El campo es amplio y cualquiera puede indagar. Con estas palabras lo único que pretendo es abrir los ojos a quien me lea y echar una mano para que sus hijos dominen una herramienta que nos hace seres sociales, comunicativos y gozosos: la lengua hablada y escrita.
            El lenguaje que los niños utilizan se basa principalmente en aquello que escuchan en sus hogares, que es donde comienza su aprendizaje y su socialización. Por lo tanto, los padres somos los primeros "modelos lingüísticos" de nuestros hijos. Como tales, podemos crear un entorno que enriquezca su vocabulario. Un ambiente "rico en palabras" se construye desde las conversaciones que se tienen, hasta los programas de televisión que se miran. Aunque también pueden utilizarse recursos más directos, como por ejemplo:
           
Hablar. No requiere explicación alguna. Hablar de diversos temas con los hijos es esencial. En el silencio no hay léxico ni nuevo ni viejo.

Leer y hacer leer: si el padre y/o la  madre leen, es muy probable que sus hijos también lo hagan. Los padres pueden estimular la lectura en sus hijos regalándoles libros, compartiendo los suyos, comprando el periódico regularmente, etc... La lectura es una de las mejores maneras de ampliar el vocabulario. Una de sus ventajas es que permite aprender nuevas palabras en su contexto. Si se desconoce una palabra, se puede intentar descubrir su significado utilizando el texto que la rodea. Ya se trate de un cuento, un artículo en una revista, las instrucciones de un juego o los carteles en la calle, todos los formatos ayudan a un niño a incorporar nuevas palabras. De todos modos, es importante que se lean materiales que desafíen el vocabulario de uso habitual del niño. Es preciso ir sumando palabras. Por ejemplo, si los niños sienten cercanía por el deporte y siempre leen la sección deportiva del periódico, estimúlelo a que lea el suplemento de espectáculos o el de salud.

Llevar un diario de palabras: ¡qué importante para aprender y para ser metódico es trabajar con los niños en su diario de palabras! Escribir una palabra ayuda a recordarla y reforzarla. Enseñen a sus hijos a llevar un "diario de palabras" que es -simplemente- un cuaderno –conviene que tenga alguna singularidad y que se reconozca y valore como algo valioso y diferente- que utilizará para tomar nota de aquellas palabras que no conozca. Escribirlas les permitirá practicar la ortografía, recordar el uso del término y -además- medir la evolución de su vocabulario.

Utilizar el diccionario: el diccionario debería ser el libro más popular del hogar. Procure tener en su casa uno que sus hijos puedan utilizar y foménteles el hábito de consultarlo regularmente. Sé que tenemos posibilidad de búsqueda en Internet, pero manosear un diccionario es algo más que el pantallazo de una palabra concreta.

Consultar un tesauro: es un diccionario que agrupa términos según "familias de significados". Funciona como un "catálogo" de palabras. Un tesauro es muy didáctico para un niño, por lo que todo padre debería enseñar a su hijo a utilizar uno. Estos diccionarios ayudan a memorizar las palabras, ya que resulta mucho más fácil recordar un término por asociación con otro que en forma aislada. Por ejemplo, la búsqueda de la palabra "fábrica" puede disparar otras palabras como "robot", "depósito", "taller", "cadena de montaje", etc... Es un paso más que complementa al diccionario.

Conocer la etimología: la mayoría de las palabras derivan de otras. Conocer las raíces griegas y latinas permite "adivinar" el significado de algunos términos, incluso antes de buscarlos en el diccionario. Procure tener un diccionario etimológico en su casa y enseñe a su hijo a utilizarlo. Es más específico pero es muy útil porque, además de la palabra, nos enseña toda la vida que hay detrás de ella.

Navegar en Internet: es una forma alternativa de lectura que un niño puede utilizar para desarrollar su vocabulario. De acuerdo con los intereses de sus hijos, ayúdelos a encontrar materiales que puedan leer. A Internet hay que acercarse de forma crítica y selectiva. Internet debiera ser algo en manos de los padres para enseñar a los hijos y no solo un descubrimiento de los hijos, que terminan por superar bien pronto a los padres en su uso. Otro recurso muy práctico son las suscripciones. Puede suscribirle a servicios que envían todos los días una palabra por correo electrónico, con la explicación, la etimología, el uso, etc... De esta forma, su hijo mejorará diariamente su vocabulario. En la página elcastellano.org hay un recurso excelente.

Jugar: difícilmente exista un modo más fácil -y motivador- de enseñar algo a un niño que jugando con él. Las palabras cruzadas -por ejemplo- son una excelente manera de ampliar el vocabulario. También son de ayuda entretenimientos como la sopa de letras, los criptogramas, o juegos de mesa como el popular "Scrabel" o el juego tan en boga de móviles “Apalabrados”. Otra opción es realizar juegos en familia. Consideren las siguientes propuestas:

- En el "juego de las preguntas" una persona piensa en una palabra que los demás participantes deben adivinar con la ayuda de una cantidad determinada de preguntas. Puede preguntarse el color; si es un animal, vegetal o mineral; si hay uno en la casa; etc... Pregunta por pregunta, se va reduciendo el campo de posibilidades.

- Otro conocido juego se basa en escribir palabras de determinadas categorías o "familias" (por ejemplo, animales, marcas, comidas, ciudades, etc…) Se elige al azar una letra del alfabeto y los participantes deben escribir la mayor cantidad de palabras que comiencen con esa letra en cada categoría, en un fragmento de tiempo limitado.

- Otra opción es el "juego del paseo": lleve a sus hijos a dar un paseo y proponga "nombremos todo aquello que veamos que comience con la letra B", o "nombremos todo aquello que veamos color azul"; etc...

- Por último, un recurso divertido son las rimas. Por ejemplo, una persona dice "estoy pensando en una parte del cuerpo que rima con corazón" y las demás deben responder (riñón, pulmón, etc...) O se pueden pedir palabras que rimen con una en particular: ¿qué palabras riman con "vaca"?; etc...

Conversación y Escritura: para sentirse cómodo con una nueva palabra, es fundamental que un niño la utilice, incorporándola a su escritura y a sus conversaciones. Esta también es una manera de practicar la dicción y la ortografía. Memorizar una lista de términos no es suficiente, porque -bajo ese método- las palabras no se vuelven parte de su vocabulario, sino que se perciben como algo extraño. Para internalizarlas, es preciso escucharlas y leerlas regularmente. Las conversaciones y mensajes de los padres a sus hijos son muy influyentes. Si usted habla y escribe siempre con las mismas palabras, resultará más difícil -y menos motivante- para sus hijos incorporar nuevas.
            Todas estas actividades apoyan la educación que su hijo recibe en la escuela, pero desde otro enfoque. Lo importante de estas técnicas es que el niño no las perciba como algo formal (como los ejercicios de la escuela), sino que se divierta haciéndolas.
            Cada palabra que su hijo aprende a comprender y a utilizar apropiadamente se incorpora a sus habilidades cognitivas y amplía su capacidad de aprendizaje y razonamiento. Las palabras se utilizan para comunicar ideas. Por lo tanto, mientras más palabras poseamos en nuestro vocabulario, más -y mejores- ideas podremos comunicar. Además, adquirir nuevas palabras nos permite ganar control sobre nuestro proceso de aprendizaje y sobre nuestra creatividad. 
            Todos conocemos la frustración de no tener la palabra correcta en el momento en que la necesitamos. Igual de frustrante es leer un texto y encontrarnos con términos cuyos significados desconocemos. Esto -que le sucede hasta al más experimentado escritor- con más razón le ocurre a un niño, cuyas limitaciones de vocabulario son más amplias. Por ello, es fundamental comenzar a desarrollar el vocabulario a una temprana edad.
            Un vocabulario amplio y preciso es una de las principales herramientas para tener buenas conversaciones y una correcta escritura. ¿No es ésta una excelente forma de enriquecer a su hijo?

domingo, 7 de abril de 2013

Esperando a Godot: lo absurdo de la existencia





Título: Esperando a Godot. Autor: Samuel Beckett. Director: Joan Font. Intérpretes: Gregor Acuña, Javier Centeno, Manuel Rodríguez, Oriol Boixader y Jasio Velasco. Escenografíay vestuario: Curt Allen Wilmer. Música: Oriol Boixader. Iluminación: Joan Font. Lugar: Teatro de Rojas. Fecha: sábado, 6 de abril. 


Esperando a Godot, Samuel Beckett (Dublín, 1906-París, 1989). Metáfora válida para tiempos difíciles, tanto los de su composición, la postguerra mundial o los de hoy. “¿Y si nos ahorcamos?”, se preguntan los personajes. No lo hacen. Esperan a Godot. Esta expresión, este aldabonazo, supone, creo, la recapitulación o el corolario de la obra. Es el avance hacia el final pero también la conexión con el principio. La acción, absurda, es circular, no hay salida, hasta el último momento de la representación observamos una situación sin sentido, y hasta el humor –no olvidemos que el propio autor siempre afirmó haber escrito una obra para clowns- adquiere matices tétricos de implicaciones metafísicas.
            En la versión de Font, los clásicos Estragón o Vladimir se convierten en Didi y Gogo, dos vagabundos sin memoria que pasan el tiempo en un espacio circular, un circo destruido, donde hablan y esperan a Godot, que nunca llega. No pierden la esperanza de que su venida los saque del apuro de su angustia existencial. Pero nunca se hace presente. La existencia sin creencias y sin acción se convierte en aburrimiento y lo combaten mediante el lenguaje, mensajes con ruptura de la lógica y cambios de universo de discurso, disertaciones absurdas. Es la nada. Luego aparecen Pozzo y Lucky, domador y esclavo (unidos por relaciones sado-masoquistas que no se rompen ni siquiera cuando Pozzo queda abocado a la ceguera), y parece que el tedio se alivia y la espera se hace más llevadera. Sin embargo no hay lugar para la esperanza ni siquiera cuando un mensajero de Godot anuncia que este tal vez venga mañana.
            En una obra sin argumento, tenemos que recurrir a las referencias simbólicas para penetrar en su esencia. Así encontramos el espacio vacío de una plaza o un camino, un árbol, y el anochecer. Tres elementos altamente simbólicos en el marco de la desnudez casi absoluta del decorado: un camino-plaza-espacio que se sucede a sí mismo, que no sabemos de dónde viene ni adónde va; un árbol que simboliza a la vez la condena (no olvidemos la importancia del árbol del conocimiento del bien y del mal y la referencia al ahorcamiento), aquí manifestada en la tendencia constante al suicidio, pero también la redención (el madero de la cruz). Y la noche, el tiempo de la ausencia de la luz, de la oscuridad, la dificultad existencial de encontrar salidas a la vida. Los personajes principales de esta obra esperan. Esperan al pie del árbol en una radical soledad e incomunicación que no pueden disipar ni la compañía (puramente formal) ni el diálogo (que en vano intenta ahuyentar el silencio y el sinsentido). Al final de la obra siguen esperando entre la alternativa de un Godot que nunca llega y un suicidio que nunca se consuma.
            Esperando a Godot es una obra magistral que hay que ver bien despiertos, pues en ella se nos plantean  preguntas radicales: ¿Dónde iría yo, si pudiera ir a alguna parte? ¿Qué sería, si yo pudiera ser algo? ¿Qué diría, si tuviera una voz? ¿Quién soy, si el otro existe? ¡Ahí es nada! Estamos ante el problema del sentido y del destino, expresado plásticamente en el caminar o en la inmovilidad y la clausura; el problema de la realización personal de quienes se ven abocados a la nada; el problema del decir, del lenguaje y de la comunicación y, finalmente, la gran cuestión de la alteridad, de la apertura al otro que me define pero que, en la imposibilidad comunicativa, me condena a la soledad. Por todo ello, el texto de Esperando a Godot proclama la inutilidad de las cosas y abunda en los temas recurrentes de la separación y el suicidio, para cifrar toda esperanza en algo que ni siquiera saben de qué se trata, porque si llega Godot "Nos habremos salvado". Aunque Godot no llega, porque no hay salvación posible.
           
Conviene tener alguna referencia del autor. Samuel Beckett es una de las cimas de la creación literaria en el siglo XX. Su teatro del absurdo es una manera de ver el mundo que va más allá del teatro existencialista de posguerra que aún conserva ideas, mensajes, encarnaciones dramáticas de planteamientos filosóficos. Con Beckett, y también con Ionesco, los recursos dramáticos se ponen al servicio de una experiencia central que parte del existencialismo: el hombre es un “ser-ahí” arrojado y abandonado a la existencia. No hay lógica en el mundo, y la vida está continuamente amenazada por la muerte. Somos “seres-para-la-muerte”, había dicho Heidegger.
           
La versión que nos propone Joan Font está muy pegada al suelo de nuestra realidad  "caótica, absurda, surrealista, cruel", pero que, en vez de trágica, se puede ver como "terriblemente" cómica al retratar seres incapaces de poner orden en nuestros asuntos y de avanzar coherentemente. Una apuesta muy mediterránea y muy “Comediants”, muy teatral y muy circense, en la que el género humano se desploma y se cubre de polvo, como el que emergía de la destrucción de las torres gemelas. Una escenografía que pone el punto en un espacio decadente, una luz cálida y unos movimientos de actores equilibrados, pese a la pose de clowns en la que se los enmarca, como personajes de un circo destruido. Geniales Gregor Acuña y Javier Centeno y sublime la labor de Oriol Boixader (Lucky)  y Manuel Rodríguez (Pozzo), así como la de Jasio Velasco, el mensajero enviado por Godot. Si la labor actoral es sobresaliente no lo es menos la interpretación musical que realizan en directo los actores-músicos. La música es un personaje más en esta propuesta escénica e introduce una emoción que quizá sea el Godot que salve nuestra existencia.
            Excelente acierto, una vez más, del teatro de Rojas con la programación de este espectáculo tan propio para nuestro mundo y con tanta calidad teatral. Y una lástima que los toledanos, que tanto parecen preocuparse de boquilla por la cultura, no llenaran el teatro en una manifestación artística de tanta altura como la de esta obra y como la de todas las del ciclo de Teatro Contemporáneo. ¡En el teatro de Rojas se ofrece cultura de la buena! ¡Aprovéchese!

sábado, 16 de marzo de 2013

Tomar el Rojas por asalto… con las palabras


Éxito de Juan Diego Botto en el teatro de Rojas de Toledo con “Un trozo invisible de este mundo”

Astrid Jones, Sergio Peris-Mencheta y Juan Diego Botto

Título: Un trozo invisible de este mundo. Autor: Juan Diego Botto. Dirección: Sergio Peris-Mencheta. Intérpretes: Juan Diego Botto y Astrid Jones. Escenografía: Sergio Peris-Mencheta y Carlos Aparicio. Diseño iluminación: Valentín Álvarez.

Juan Diego Botto ha triunfado como autor en el Teatro de Rojas de Toledo con “Un trozo invisible de este mundo”, un conjunto de cinco monólogos, bajo el título de “Arquímedes”, “Locutorio”, “Carta al hijo”, “Turquito” y “El privilegio de ser perro”, interpretados por él mismo y por Astrid Jones.
            Teatro de la realidad. Se trata de narrar lo que ocurre, lo que se piensa o lo que se siente. Espectáculo que surge de la necesidad de exponer el compromiso que el autor tiene con la sociedad, que se hace extensible al que debieran tener todas las personas con sano juicio y mente crítica ante la injusticia patente que nos rodea.
            Juan Diego Botto nos ofrece un texto en el que no hay palabrería  superficial, todo es mensaje. Nada de charlatanería ética, romanticismo o falta de realismo, todo realidad y experiencia de la que tenemos noticia. La realidad se resuelve en puro documento, no en símbolo, y toma forma en la palabra que cuenta, en el gesto que evoca, en el tono que dramatiza y en la fuerza escenográfica de la cinta sinfín que no deja de escupir maletas. Mensaje crudo, ético pero no ideologizado, en el que se aprecia el ser y el sentir y la soledad que tiene que saber resolver cada individuo en sus circunstancias. Fondo y forma, estética e ideas se complementan; y el conjunto lleva al espectador más a la reflexión que a la enseñanza.
             “Un trozo invisible de este mundo” es la realidad contada con palabra esencialmente dramática. Cinco historias conmovedoras que se singularizan por contenido, su lengua, su tono y el contexto escénico y se unen por el tratamiento de temas candentes como la injusticia, el desarraigo, la marginación, la violencia del poder o la nostalgia y por una línea interpretativa extenuante, emotiva, plena de matices y abundante en cambios de registro.
            El texto de Juan Diego Botto no es propiamente teatro de protesta como el de Piscator, tampoco apunta a la cabeza de los burgueses y de los poderosos del sistema de injusticia en que vivimos, como haría Brecht, está quizá más cerca del existencialismo comprometido de Camus, quien desarrolla un humanismo fundado en la consciencia del hombre y sus acciones, que nos instala en la reflexión humana ineludible y nos hace cuestionarnos nuestra propia acción vital, en tanto que individuos o corresponsables solidarios de un grupo humano.
            Teatro necesario para despertar una sociedad modorra y amorfa. Es una apuesta seria y valiente esta coproducción de Cristina Rota y el Teatro Español, para zarandear las conciencias en un momento como el actual en el que hay que gritar las verdades. Lo importante es el ser humano y da la sensación que estamos perdiendo el norte.
            La idónea escenografía y la acertadísima dirección de Sergio Peris-Mencheta, con la colaboración necesaria y de alta escuela de Juan Diego Botto y Astrid Jones, han levantado un espectáculo teatral in crescendo que ha terminado con los espectadores del Rojas en pie y con un cálido, sentido y prolongado aplauso.

viernes, 8 de marzo de 2013

Transición, una lección amable de la historia reciente de España


El teatro de Rojas comienza la temporada de primavera.
Transición, una lección amable de la historia reciente de España



Título: Transición. Autores: Alfonso Plou y Julio Salvatierra. Dirección: Carlos Martín y Santiago Sánchez. Intérpretes: Antonio Valero, Elvira Cuadrupani, José Luis Esteban, Balbino Lacosta, Álvaro Lavín, Carlos Lorenzo, Eva Martín y Eugenio Villota. Iluminación: Luis Perdiguero. Vestuario: Elena Sánchez. Música: Mariano Marín. Proyección audiovisual: David Bernués.

Transición, un proyecto coproducido por el Centro Dramático Nacional y las compañías L’Om‐Imprebís, Teatro Meridional y Teatro del Temple, supone un baño de realidad; una amable lección de la historia reciente de España no exenta de su drama, su comedia y su tragedia; un “florido pensil” de los tópicos y del imaginario de la época en la que nació la “era democrática”; un paseo por la música y los gestos de un tiempo que perdura en el recuerdo; una visión ética de un hombre (Suárez) que supo jugar sus cartas, especialmente la última, su dimisión; una pincelada crítica al conjunto de los políticos más que al universo de la política; un pasado que es presente y un presente deudor del pasado que aventura el futuro.
En Transición encontramos la España del “harakiri” de las Cortes franquistas, la de los asesinatos de Atocha y del terrorismo, la de las primeras elecciones, la España cañí de Carmen Sevilla o los anuncios de época, la España de las canciones de Cecilia, la España política de Suárez con su ascenso, su permanencia en el gobierno, su dimisión y su presente de senectud con el mal de Alzheimer.
            La obra está muy bien articulada, con el ritmo dinámico que ofrece la dramaturgia y con el continuo desdoblamiento de personajes que hacen correr el tiempo hacia atrás o hacia adelante según el discurso se presente como realidad o como ficción. La funcionalidad de la propuesta escénica, que favorece los continuos cambios de plano, y la permeable flexibilidad de los actores para metamorfosearse en una u otra identidad con estudiados cambios de gesto y con una expresión corporal perfectamente trabajada, sirven para expresar con más contundencia el mensaje que se representa.
            El texto juega con el humor, que va de lo más simple a lo complejo y luego avanza y alcanza, a veces, la ironía y la sátira lo que lleva al público a la sonrisa o la prudente carcajada. Pero, como no estamos en una comedia, sino ante una obra ecléctica, abundan los momentos de reflexión, que alcanzan sus puntos culminantes en los momentos en los que se dramatizan discursos reconocibles, como es el de la dimisión del presidente Suárez. Los autores Julio Salvatierra y Alfonso Plou han sabido sintetizar muy bien, sin caer en la tentación de lo superficial, los momentos trascendentales de la historia de la Transición y nos lo ofrecen en su contexto y en boca de los personajes que los protagonizaron.
            Es muy positivo que se lleve a los escenarios un espectáculo teatral como este: que habla de nuestra historia reciente. No es frecuente que se monten obras sobre política concreta y vivida, pero es sano e instructivo que se realicen obras como Transición, que nos ayuden a conocer –especialmente a las generaciones que no la vivieron- de dónde venimos y de dónde vienen los políticos actuales. Y también es coherente la manera que tiene esta obra de abordar la transición política: desde la humanidad y la ternura de algunos personajes, desde el humor y la desmitificación, y desde la sátira y la caricatura.
            El trabajo sobre el escenario parece fácil, pero no lo sería tanto sin la sabia y hábil dirección de actores que han llevado a cabo Carlos Martín y Santiago Sánchez. Y la calidad toma cuerpo en la impecable actuación coral del reparto, en la que destaco por la abundancia de matices, ninguno sobreactuado, la de Antonio Valero.

            Interesante obra para todo tipo de públicos: los que peinan canas y vivieron el momento recordarán con nostalgia y contrastarán sus puntos de vista; los jóvenes disfrutarán de un espectáculo fresco y dinámico que invita también a la reflexión sobre el presente a partir de la experiencia del pasado.
            El XIV Ciclo de Teatro Contemporáneo del teatro de Rojas ha comenzado con buen pie. Buena obra y muchos espectadores. La cultura, como la flor del almendro, está espléndida. La programación de primavera es digna y de calidad contrastada. Transición ha sido un excelente primer bocado del extraordinario menú que nos espera en el teatro toledano.

martes, 12 de febrero de 2013

Cristina Iglesias y Toledo

He visto la exposición de Cristina Iglesias en el Reina Sofía. Sabía lo que iba a ver. He contemplado lo que quería contemplar. Me sigue asombrando que en el arte moderno alguien se salga del tópico repetido por las vanguardias y muy especialmente por los tardovanguardistas que nos alcanzan y nos repiten constantemente su plato de sopa de cebolla mal guisado. Cristina Iglesias es otra cosa, otro concepto, otra originalidad, otro avance. Técnicas, materiales y contenidos no son algo que nazca de la nada. Cristina Iglesias no es una diosa que cree el arte ex nihilo. Fondo y forma cifran un mensaje, un contenido, muy relacionado con el mundo que nos rodea, con el alma del mundo que nos rodea. Presente y tradición están. La obra de Cristina Iglesias me parece que sigue este continuum: saber, pensar, hacer, sugerir, pensar. Luego vendrá el asunto de los gustos; pero ese es otro universo, en nada relacionado con la verdad y la singularidad del arte. Me interesa primordialmente la obra de Cistina Iglesias en lo que ofrece de “arte” público, es decir, la que no está concebida para un lugar específico como una galería, un salón o un museo. No reniego de los museos, ¡faltaría  más! Y sé que Cristina Iglesias es artista reconocida y consagrada con obra en el Museo Reina Sofía (Madrid), Centre Georges Pompidou (París), Tate Modern (Londres), Museo de Serralves (Oporto), Moca (Los Angeles), Hirshorn Museum (Washington), Museo Guggenheim (Bilbao), MACBA (Barcelona), Van Abbemuseum Eindhoven, Kunsthalle Bern, Musée de Grenoble y otros.

 En la muestra hay una pequeña explicación y alguna maqueta de una intervención artística novedosa que ya debiera haberse realizado  en Toledo. El proyecto contemplaba actuaciones en Santa Clara, la plaza del Ayuntamiento, el Baño de la Cava y la Fábrica de Armas. Ahora parece ser que, con motivo de la celebración del IV Centenario de la muerte del Greco, se va a realizar parte del mismo: “La torre del agua”, que se instalará en un torreón de la  Universidad de Castilla-La Mancha, antigua Fábrica de Armas. Es un paso. Toledo, una ciudad que no mira solo al pasado, merece la intervención completa. El conjunto es arte moderno, pero también un espacio para la memoria, para la especulación (reflexión) y el ensueño. Entre otros elementos, Cristina Iglesias incluye el agua; en el monumento-fuente-estanque proyectado para la plaza del Ayuntamiento el agua viene y va sobre un fondo rugoso vegetal; un espacio que se llena y se vacía cíclicamente; el elemento líquido me recuerda que Toledo era conocida ya en la Edad Media por sus jardines de agua, sus fuentes, la klepsydra. La modernidad de Cristina Iglesias concuerda en el concepto con la ciudad de tiempos de Al-Mamum. Lo natural y lo cultural se engarzan en la obra de esta artista, como es evidente en las propuestas diseñadas para la ciudad del Tajo. Toledo necesita este plan artístico en toda su extensión, los cuatro hitos señalados, para desligarse de una vez del tópico de ciudad irredenta anclada en el pasado. Hay arte, hay concepto, hay historia y hay metafísica en lo que he visto sobre planos y maquetas en el Reina Sofía. Lo he imaginado en Toledo y me ha encantado. Seguramente habría personas a las que no les gustaría, pero así es este mundo. Al Greco le quisieron cortar las alas del arte por pintar alas de los ángeles que no gustaban al poder establecido; pero el Greco no se amilanó y siguió pintando. Hoy se le reconoce como uno de los grandes. Cristina Iglesias ya es reconocida en los museos del mundo, la entiendan o no todas las personas que la contemplen. Ojalá Toledo dé un paso adelante y se lleve a cabo por completo lo que se proyectó antes de 2008. Ahora podremos contentarnos solo con parte, con “Torre del agua” que, esperemos, pueda estar en pie en el 2014. Amén.