miércoles, 28 de febrero de 2018

Sinfonía de colores de Begoña Summers

La reconocida pintora Begoña Summers presenta una muestra de sus últimas obras en la sala de exposiciones del Ateneo de Madrid (calle del Prado, 19), entre los días 18 y 29 de este mes de diciembre.

Begoña Summers ama la música y le encanta pintar músicos en el desempeño de su arte. También le gusta contemplar la naturaleza o las calles, las imágenes que reflejan los espejos, el mar y el puerto, el cielo de amplios horizontes, los veladores de un bar con gente, un escaparate, el abigarrado mundo de un circo, la amplitud panorámica de las ciudades o los tejados que las cubren. Y todo es lo que es, pero resuelto en sutiles líneas y llamativos colores, que trascienden la realidad que representan y evocan estados de ánimo y emociones optimistas. Cuando trabaja en el taller, en una mano tiene la paleta de colores, en la otra el pincel y en el aire siempre la música. Antes de posar el pincel sobre el lienzo lo impregna con el pigmento limpio, con el armónico sonido, con la imaginación, con los recuerdos y con la voluntad de lo que busca representar. Y al final queda la obra, el arcoíris de una sinfonía de colores.

En la pintura de Summers la realidad se percibe en la composición, sin embargo quizá importe más que su comprensión analítica la experiencia emocional, el mundo interior y la evocación de esa realidad que la pintora transmite. No me parece que la artista sea un mero testigo de lo que contempla con los ojos y cuyas impresiones traspasa, a través de su mano, al cuadro, sino que se graba algo de ella misma en cada pincelada, en cada elección de color puro, en cada azul, rojo, verde, naranja o amarillo. Tampoco fragmenta con sus líneas precisas, no siempre rectas, el entorno que ofrece, cuya perspectiva es muy razonable. En el fondo, es como si quisiera acercarse a la realidad amable y, a la vez, distanciarse de ella para reinterpretarla y envolverla con la capa evanescente de las emociones personales. En su pintura, por tanto, importa lo que se ve y la sensación que esa imagen deposita en el interior de quien la pinta y también de quien la contempla. Quizá no sea pretencioso afirmar que en estas obras de colores y líneas se recrea lo real, el objeto, en su ser físico y espiritual; y en ese sentido, Begoña Summers es como el demiurgo, el artista creador, que insufla el alma a las formas, con el fin de que tengan vida y no solo sean pura representación.

Cuando me pongo delante de un cuadro de Summers, siempre pienso en la apasionada confianza en la libertad creativa de la artista, tan necesaria para poder expresar sin trabas su visión personal del mundo que alcanza con sus ojos, y, por supuesto, me lleva a recordar a Kandinsky, quien tanto hizo por relacionar sinestésicamente la música y la pintura. Pienso que hay algo de expresionismo en lo que veo, desde el momento en el que aprecio que el papel de lo descriptivo se reduce sin anularse, que la imaginación y la emoción de la pintora se fortalece y que el color, los colores puros, y la línea se potencian como formas de expresión. Y me fijo también en el estudio de la luz y esa aproximación fértil e inmediata de color ejecutada con tanta frescura. Y no olvido su manera de crear, que no es otra que la de tomar apuntes y dibujos del natural, para luego realizar un concienzudo trabajo de reflexión y acción en el estudio y alcanzar el objetivo definitivo, la obra en sí terminada. Expresión, sí; pero impresión y alma también. El pincel intermedia ente el corazón y la obra lo mismo que el arco del violinista intermedia entre el corazón del músico y la interpretación. Todo un universo de conceptos, vivencias y detalles  confluye en la permanente melodía de un arte singular y un estilo definido, propio de quien sabe el oficio y los avatares de su historia, de quien domina las técnicas con maestría y de quien tiene la vena creativa para definir su yo artístico.
En suma, la obra de Begoña Summers, pintada con el corazón y la cabeza, posee franqueza, fuerza, habilidad, elegancia y algo muy importante, en el convulso mundo en el que vivimos, la sensibilidad para favorecer la felicidad de quien la mira.
La exposición en el Ateneo de Madrid es una buena ocasión para apreciar el buen hacer de una artista de éxito.

GREGORIO MARAÑÓN: UN DOCTOR HONORIS CAUSA REIVINDICATIVO

La Universidad de Castilla-La Mancha ha investido como doctor honoris causa a Gregorio Marañón y Bertrán de Lis. Méritos le sobran. El currículum que atesora es de impresión. Lo social, lo político, lo económico y lo cultural se entretejen en una vida plena. Cualquiera diría, leyendo su semblanza en el Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia, que estamos ante el poema de  Kavafis en el que escribe: “Cuando emprendas tu viaje a Ítaca / pide que el camino sea largo, / lleno de aventuras, lleno de experiencias”,  y que el poeta estaba estaba pensando en el toledano de adopción. Pero, entre todas las experiencias y los honores, hay unas que siempre lleva viento en popa: la cultura, la toledanidad y la defensa de Toledo. Y, siguiendo el siempre eterno y universal poema del griego de Alejandría, Marañón nunca temió ni a los lestrigones ni a los cíclopes ni al colérico Poseidón. Y no los temió, si estuvieron fuera acechando, porque su pensar es elevado y noble la emoción que toca su espíritu.
Labor de este artículo no es la de realizar la laudatio, que ya la hizo muy pormenorizada el director de la Escuela de Arquitectura de Toledo, la impulsora del nombramiento como doctor. Sí quiero añadir mi opinión para justificar el merecimiento de este doctorado por causa de honor en una persona, que, además de la trayectoria objetiva reconocida, es un símbolo, especialmente en Toledo. Con los hechos y escritos de Marañón en lo que atañe a la salvación de la Vega Baja toledana, el más rico yacimiento arqueológico de la época visigótica, podemos afirmar que la cultura vence a la especulación. Y con esa batalla, capitaneada por él y seguida por algunos otros, Toledo ha salido ganando en valores históricos y patrimoniales. La historia milenaria iba a ser sepultada bajo los sótanos de miles de viviendas y el paisaje toledano, que también estaba preservado desde la declaración de la UNESCO como Ciudad Patrimonio de la Humanidad, quedaría adulterado en su esencia. Un discurso ante el rey Juan Carlos, la ministra de Cultura, Carmen Calvo, el presidente de la Junta, José María Barreda, y el alcalde de la ciudad, José Manuel Molina, a lo que se añadió un artículo en El País y la anuencia y rápida respuesta administrativa del presidente de Castilla-La Mancha, lograron parar lo que parecía imposible.
No me ha extrañado en absoluto que Gregorio Marañón y Bertrán de Lis haya dedicado la mayor parte de su discurso en el acto de investidura, tras la imposición del birrete y la entrega de los atributos, ya como doctor honoris causa, a la Vega Baja toledana. Además, como todos sabemos, el asunto sigue sin cerrarse legalmente y hay que mantenerse vigilante. Por ello, acaso, él ha seguido reivindicando muy claramente un acuerdo político y social para salvar de manera definitiva esa zona tan importante para la ciudad y para la historia. Toledo, tras años de sentencias contra el viejo POM, tiene que realizar un nuevo Plan de Ordenación Municipal; y es en ese marco en el que Marañón ha exigido que se reunifiquen y redefinan los cuatro Bienes de Interés Cultural que coinciden en el perímetro: la Fábrica de Armas (hoy campus universitario), el Cristo de la Vega, el Circo Romano y la Vega Baja. No es habitual que en un acto académico formal y protocolario, como es el de la investidura de doctores honoris causa, se denuncien actuaciones políticas sin tapujos y se diga, como Marañón ha dicho de la Vega Baja, que fue “un proyecto inmobiliario sin más ambición que la del enriquecimiento”. Esto nos lleva a pensar que el doctor por la Universidad de Castilla-La Mancha está fino de mente, mantiene la capacidad crítica y, por su situación y sus años, no le teme a nada ni a nadie, ni al colérico Poseidón ni a los cíclopes ni a los lestrigones. Pero no quiere estar solo clamando en el desierto y ve necesario que la ciudadanía, libre de ataduras e intereses, tome el testigo y se movilice.
Y por cerrar con el mismo viento que comencé, seguiré parafraseando al gran Constantino Kavafis y le diré a Marañón que tenga siempre Toledo en su mente. Llegar a ella es su destino. Mas que no apresure nunca el viaje. Mejor que dure muchos años y atraque, viejo ya, en la isla peñascosa. Y que recuerde que Toledo le brindó tan hermoso viaje. Sin ella, y sin el espíritu del cigarral, no habría emprendido el camino. Y aunque a la vuelta quizá la halle aún pobre y sin haber resuelto el mal de siglos, que tenga la seguridad de que el pueblo de Toledo no le habrá engañado. Así, ya en casa, sabio, contemplando desde el mirador el perfil de la ciudad, con tanta experiencia, entenderá que la eternidad de Toledo y su esperanza residen en la cultura.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Frágil equilibrio, mucho más que un Goya

Frágil equilibrio, la película documental que ha logado levantar Guillermo García López contra viento y marea, ha ganado el Goya en su categoría. Si todos los premios tienen su parte de objetivo merecimiento, este suma el aporte del entusiasmo, el atrevimiento y el trabajo con escasez de medios del director y su equipo. (El documental se ha financiado en buena medida a través de una campaña de crowdfunding). Y aún me atrevería a decir que otro aporte importante es que, con este producto cinematográfico-documental, se hace visible la ética en la vida y en la industria. Por supuesto que el de Guillermo García López no tiene el glamur de los grandes montajes bien promocionados, pero eso ¡qué importa! Hemos sido nosotros, los que hemos tenido la suerte de ver su obra, quienes hemos ido contando su excelencia; y entre todos hemos logrado que su exhibición no durase solo unos días, sino que lleve meses en pantalla. Pero el Goya no se da por la emoción y el entusiasmo que el director pone, sino por el buen trabajo que ha realizado.

Frágil equilibrio nos muestra el universo de la gente en tres perspectivas y tres áreas geográficas diferentes, con el eje vertebrador de la conversación con el dirigente político más genuino y con más conciencia de ser pueblo y de gobernar para el pueblo, sin perder de vista el conjunto del planeta, el expresidente de Uruguay, José Mujica. La entrevista, que surge a retazos entre las tres historias que se cuentan, revela el discurso de una persona con una cosmovisión asentada en la ética y la equidad y un antropocentrismo humanista que no descuida para nada la importancia de la madre naturaleza, la “mama tierra”.
     Ahí está una de las realidades, la de los subsaharianos en el monte Gurugú, símbolo de todos los inmigrantes a los que se les pone fronteras, que intentan saltar la valla de Melilla; todos buscan un mundo con mejores posibilidades, es decir lo que todos los seres humanos hemos hecho siempre: luchar por una vida mejor para nuestras familias, nuestros hijos y nosotros mismos.
     Luego vienen los desahuciados. Se nos presenta una historia en Madrid. En  el primer mundo también hay un Sur, en el que habitan quienes han sido destrozados por la crisis. Ahí está el fraude hipotecario, la especulación del mercado inmobiliario, quien ha perdido un empleo o la casa, o la familia o la vida entera. Ahí está la contradicción entre la riqueza y la pobreza y el mundo que manipula sin alma y sin contemplar la vida de las personas.
    El tercer documento, rodado en Tokio, también tiene su crudeza. En él se nos descubre el vacío existencial de quien obtiene cosas y no sabe para qué. ¿Qué pasa cuando la cultura de una sociedad valora más el trabajo que la vida? ¿Qué pasa cuando la sociedad nos dice que nuestra posición está basada en nuestro salario y lo que con el dinero podemos poseer? Ahí encontramos a los "salaryman" de Japón, personas aún jóvenes que trabajan horas y horas, días y días, semanas y semanas, meses y meses, años y años y que terminan por descubre la dura verdad de que nunca es suficiente y que lo que se tiene no se goza porque ni tiempo hay para hacerlo. No es nada bueno un mundo que valora más la riqueza que la vida y que te hace perder la identidad como persona.
     Los tres documentos, por muy realistas que sean, no se quedan en su singular historia, sino que Guillermo García López ha querido tejer un relato coherente y que estos testimonios tan personales sean como un espejo en el que se nos muestra la imagen del ser humano, al margen de su etnia, cultura o situación social.
     Que nadie busque demagogias o lecturas interesadas en la articulación del mensaje de Frágil equilibrio; no las hay, por más que haya momentos de crudeza; la vida es así. El autor del documental demuestra pensamiento libre y expresión sin ataduras.
     Excelente, en suma, la película Frágil equilibrio. Quien aún no haya ido al cine a ver la cinta que vaya a verla. También puede verse en las plataformas on line.

     No sé si sacarle moraleja al largometraje documental. Cada espectador que saque la suya. Si vale para alguien, ahí quedan estas palabras de Mujica como ilustración de lo que debiera ser nuestro mundo y el fondo positivo de las gentes que lo habitan: "El verdadero motor viene a ser la defensa de la vida. Porque la vida es un milagro, porque la vida no se compra, porque la vida se nos escapa, porque es el bien mayor. Y lo demuestra lo evidente."

miércoles, 25 de enero de 2017

Famélica, más un retrato que una crítica

Título: Famélica. Autor: Juan Mayorga. Compañía: La Cantera. Dirección: Jorge Sánchez. Intérpretes: Juanma Díez, Xoel Fernández, Mabel del Pozo y Aníbal Soto. Voz en off: José Coronado. Diseño sonoro e iluminación: Maykel Rodríguez. Escenografía: Carmen Lara Cuenca. Lugar para verla: Teatro del Barrio (Madrid).
Juan Mayorga, con Famélica, lanza el grito trascendental de “el rey está desnudo” para desmitificar los mitos y los ritos, el lenguaje y sus retóricas, las posturas y las imposturas, los desencuentros y las fragmentaciones, los individualismos y los acuerdos interesados de una clase dirigente (contextualizada en el universo de una empresa, pero que puede trasladarse a las organizaciones de izquierda más bien) que nunca va morir por el pueblo.
            Famélica, obra que nació como una “creación a ciegas”, a partir de la colaboración entre Mayorga y la compañía La Cantera, a cuyo frente se encuentra Jorge Sánchez, fue creciendo poco a poco con las aportaciones, las imaginaciones, las ocurrencias, las filosofías, las anécdotas, los análisis de la realidad, las referencias literarias e históricas y muchos otros hilos de unos y de otros, hasta convertirse en el valiente texto que firma el autor.
            Es el espectador quien debe ir tejiendo el mundo evocador que se representa y quien tiene que dar sentido crítico a lo que se cuenta en escena, al tiempo que hila en un solo ovillo las hebras que surgen de diferentes madejas argumentales. Habrá quien piense que Famélica supone un demoledor ataque a los partidos y grupos de izquierda, que, de tanto mirarse al ombligo, jamás logran desarrollar una idea práctica que beneficie a la gente. Quizá esa lectura sea una caricatura y la realidad se vea desde la farsa. Sin embargo, ese primer plano social no debe oscurecer otros, en los que el individuo, ególatra y egoísta, es incapaz de contemplar un horizonte con ideales y un punto ético. El rey (el grupo) está desnudo y habita en un nihilismo que no da pie a la esperanza. La famélica legión seguirá siendo famélica y no más que una imagen que ondea en un himno.
            Esta obra, con sus inicios de creación colectiva pero devenida un texto con profundidad filosófica y desparpajo lingüístico, me recuerda en cierto modo a las de los Monty Python, que sintetizaron en clave de humor la idiosincrasia de muchas banalidades.
            Bien cortados están los personajes que se multiplican y a los que dan vida Juanma Díez, Xoel Fernández, Mabel del Pozo y Aníbal Soto, en un extraordinario trabajo interpretativo, pleno de registros cambiantes, haciendo cómico lo que en el fondo es más serio de lo que parece. El director, Jorge Sánchez, es el demiurgo que está entre el autor y la escena; no se le ve pero se le siente; él ha sido capaz de hilar fino para que el inestable equilibrio entre la realidad del concepto y la apariencia no caiga por ningún terraplén, pues el equilibrio se sustenta en que esta no es una obra de humor, aunque haya humor, ni ácida, aunque haya acidez, ni mordaz o caricaturesca, aunque se intuya la crítica. Muy bueno su manejo teatral para que el ritmo no decaiga, donde el movimiento de los actores es de suma importancia en un espacio pequeño y con una escenografía funcional pero suficiente para crear los diversos contextos.
Con Juan Mayorga en el Teatro del Barrio

         Famélica, representada en el Teatro del Barrio, en Madrid, es una apuesta la mar de interesante, que debiera tener un largo recorrido por los escenarios a partir de su base de lanzamiento en el recoleto teatro de Lavapiés.

sábado, 24 de diciembre de 2016

A LA POETISA DEL COLOR, BEGOÑA SUMMERS



He ido a ver la exposición de Begoña Summers en el Ateneo de Madrid. Pinturas y dibujos de 2015 y 2016 resueltos con variada técnica: óleo, pastel, acuarela… En los contenidos predomina el tema urbano; y, dentro de lo urbano, algunos interiores. Significativos son algunos tejados o paisajes de Madrid percibidos a vista de pájaro, como los de la Gran Vía. Algunos perfiles de desnudos muestran un contraste en un contexto. La música, como símbolo y presencia sinestésica, evidencia la necesidad que acaso tiene la artista de expresar lo que siente con banda sonora visual. Y color, mucho color.
El viento marino descansa en la sombra teniendo de almohada su negro clarín y las manchas de color honran los lienzos en los que Begoña Summers plasma sus sueños sin fin. Y sus sueños están al alcance de la mano en el horizonte de su mirada que todo lo aprehende, ya sea una calle, un puerto, unos tejados, una terraza con veladores, una sala de espejos, el interior de un lugar público o unos músicos en actividad creativa.
La pintura de Begoña Summers es un arte con discurso. Se me llenan los ojos de líneas y colores. Las manos de la artista aman, tocan, retienen la vida sobre el lienzo, presienten el color, siembran luz, abrazan el concepto, edifican estructuras de profundidad formidable, acarician el horizonte que la línea marca, valoran el silencio, miden la distancia entre dos puntos que se fugan y se cierran en un puño…, y es lo que ves, y reconoces lo que has visto. Pero necesitas distancia para que las pinceladas no sean pinceladas, los colores no sean masas y los signos no carezcan de las reglas que los convierten en elementos coordinados de un sistema.
Es evidente que los cuadros de Begoña Summers tienen arte y oficio, imaginación y saber, son un todo organizado en el cual cada parte individual afecta a cada una de las otras, siendo el todo más que la suma de sus partes. Digamos que si una melodía es más que la suma de sus notas y una frase más que la suma de sus palabras, la suma de colores que Summers nos propone logra ser un conjunto ordenado de pinceladas con sentido completo, envuelto en una atmósfera melódica que nos lleva a ver, oír y saborear la sinfonía de los colores. Hay realidad y hay concepto, hay figuración interpretada y hay una poética del color con una rima coherente, donde cada pincelada es un verso, es decir, una línea, cuyo agrupamiento rítmico crea un verdadero compás óptico. La pintura es un lenguaje luminoso y algo más.
Ordo, claritas et consonantia, decían los clásicos. Orden y claridad vemos en la gramática artística que rige el pincel de esta artista; pero no solo orden y claridad, hay también empatía, alma, “consonantia”, que es algo que tiene que ver con los sentimientos. El sentir está ahí, en el concepto, en la línea, en los colores que se unen unos a otros, en el espacio, en el aire, en el trazo o en las notas que se escapan de una flauta. Quizá ahí, en lo empático, reside ese no sé qué que fascina de esta pintura, eso que, sin necesidad de análisis, lleva a pensar a la mayoría de la gente, en un reduccionismo supremo: esto me gusta.
Quiero concluir estas impresiones, que tienen su base en lo que mi ojo ha visto y luego se ha amalgamado en mi corazón y en mi cabeza, que el conceptual figurativismo que nos propone esta colección de una artista sin ataduras, que oye los colores y ve la música, merece una sosegada contemplación. Si aún es tiempo, vayan a la sala de exposiciones del Ateneo a empaparse de la luz que Begoña Summers ofrece en sus cuadros. Si la exposición se ha terminado cuando lean estas líneas, busquen a la artista, el encuentro con su obra siempre les abrirá una puerta al optimismo.

domingo, 13 de noviembre de 2016

Memorable representación de La ruta de Don Quijote en el Teatro de Rojas

Título: La ruta de Don Quijote. Autor: José Martínez Ruiz “Azorín”. Versión y dirección: Eduardo Vasco. Compañía: Noviembre. Intérpretes: Arturo Querejeta (Azorín) y Daniel Santos (técnico en escena). Escenografía, ilustraciones en vídeo y vestuario: Carolina González. Iluminación: Miguel Ángel Camacho. Música: Granados, Ortiz, Shostakovich y Vasco.

 Quizá Azorín, quizá Cervantes, quizá don Quijote, sin quizá Arturo Querejeta. Todos en uno, el actor, con toda la mar (producción y dirección) detrás, que ha construido un monólogo espléndido para representar, que no contar, buena parte de las impresiones y estampas manchegas que nos dejó escritas José Martínez Ruiz “Azorín” en su libro de 1905 La ruta de Don Quijote y antes publicadas en el diario El Imparcial.

            La sociedad y la geografía manchega, el paisaje y el paisanaje se cruzan con la ficción del libro de Cervantes en los textos, que, de forma sencilla y limpia y con un estilo que rechaza lo complejo, Azorín escribe, y en los que refleja lo que ve, lo que piensa y lo que siente. No es este libro de crónicas en sí, sino una reflexión sobre una realidad que aprisiona la esencia de un ideal o de un personaje ideal.
            La versión que ha realizado Eduardo Vasco para el teatro, en forma de monólogo de un actor que da vida al propio Azorín en su ruta y a los personajes con los que se encuentra en ella, es sintética, precisa y muy respetuosa con uno de los valores que más ensalzan la literatura de Azorín: la variedad y la riqueza de vocabulario y las detalladísimas descripciones. Si el autor de Monóvar había logrado casar para siempre La Mancha con Don Quijote, Vasco da un paso adelante y vivifica en el presente un texto con cien años de vigencia. Azorín y Vasco han sabido superar, sin caer en romanticismos o sentimentalismos rancios ni en optimismos desmesurados, tradicionales visiones de La Mancha como un espacio desolado, triste, seco, árido, inculto y casi fúnebre. Aún así, el respeto a lo verosímil hace que se presente al espectador un retrato fiel de la España rural y provinciana de la época (principios del siglo XX), donde el aislamiento y la incomunicación eran elementos consustanciales a los paisanos y la decrepitud decadente la característica de muchos pueblos.
            La realidad es la que es y la ficción toma carta de naturaleza en esa realidad de manera indisociable. La ruta que se nos muestra, con palabra de Azorín y la voz de Querejeta, es la de la dignidad que el tópico había arrebatado a los seres con los que el autor se había encontrado en su viaje.
            Hay que agradecer que se produzcan montajes como este que ha llevado a escena la compañía Noviembre por su valentía para adaptar unas crónicas/impresiones periodísticas de primeros del siglo XX y darles una estructura dramática con el fin de ponerlas al alcance de público de hoy. Eso es hacer cultura y eso es enseñar deleitando.
            No sorprende, porque ya estamos acostumbrados al teatro de este director, cómo Eduardo Vasco ha sacado el máximo rendimiento con el mínimo de elementos. También eso quizá sea una parábola de lo que es La Mancha como territorio ente la realidad y la ficción. La dirección del espectáculo es exquisita: el carácter itinerante de la obra es una clave que traslada literalmente el viaje realizado por Azorín a través de los caminos y lugares por los que transita el ingenioso hidalgo, Don Quijote.

            Y no asombra, pues fascina, que esta apuesta teatral sea exitosa también en buena parte por el portentoso actor que la da vida, Arturo Querejeta, al que ya va siendo costumbre definir su trabajo con suma de adjetivos superlativos. El actor se transforma en un Azorín muy verosímil y muy creíble y se desdobla sin solución de continuidad en una interminable relación de personajes que sucesivamente aparecen y van dialogando con él. Es muy placentero para el espectador asistir a esa exhibición de recursos interpretativos, voces diferentes y registros tan variados como los que presenta el monologuista.
            La puesta en escena parece sencilla porque cuenta con muy reducidos elementos, pero muestra su complejidad para articular el muy efectivo uso del cine y las proyecciones fotográficas de imágenes reales con el fin de contextualizar lugares en los que se desarrolla la acción. La música es un efecto positivo más del que Vasco, músico también él, hace gala, pues como dijo Cervantes, “donde hay música no puede haber cosa mala”.
            La ruta de Don Quijote, de Azorín/Vasco/Querejeta, es un espectáculo dignísimo, fino, educado y nada mentiroso, que pone de manifiesto la necesidad de profundizar en el conocimiento de la obra cervantina y su mensaje en la sociedad actual. La obra viene a concluir: nada en Cervantes es baladí y debemos atender a todo lo escrito por él, puesto que no da puntada sin hilo.
            En este año de celebraciones del IV Centenario de la muerte de Cervantes, obras como esta, La ruta de Don Quijote, tan ilustradora a la vez que ilustrativa, tiene todas las razones y argumentos culturales y educativos para girar por los escenarios de Castilla-La Mancha y España.

El retablo de las maravillas

Título: El retablo de las maravillas. Autor: Miguel de Cervantes. Compañía: Morfeo. Dirección y dramaturgia: Francisco Negro. Intérpretes: Francisco Negro, Mayte Bona, Felipe Santiago, Adolfo Pastor, Santiago Nogués, Mamen Godoy y Joan Llaneras. Escenografía: Regue Fernández Mateos. Vestuario: Mayte Bona. Iluminación: José Antonio Tirado.

La compañía Morfeo rinde un excelente homenaje a Cervantes y da un valor actualizado a su obra con el montaje del espectáculo que lleva por título El retablo de las maravillas, que es mucho más que la representación del fantástico entremés sobre el que gira esta propuesta escénica. A la pieza central se unen, en una trama muy bien hilada por Francisco Negro, partes de otras obras como (cito de memoria sobre el recuerdo de lo visto) El juez de los divorcios, La elección de los alcaldes de Daganzo, Pedro de Urdemalas, el prólogo del Persiles o el propio Quijote, creando un collage que ofrece claves y diversos momentos de la literatura cervantina.
            Cervantes sentía mucho aprecio por su producción teatral, pues el teatro fue, sin duda, su vocación frustrada. Buen conocedor de la sociedad de su tiempo y fino analista de la misma, escribió textos que conjugan a la perfección el humanismo y la crítica social. De entre todos estos textos dramáticos, los entremeses, que conforman el corazón de la propuesta escénica de Morfeo, son lo mejor, y se puede decir que a Cervantes nadie le superó en este género, que le permitió dar rienda suelta a su naturalidad y sentido del humor.
            Morfeo ha sabido captar la esencia cervantina y ha hilado una dramaturgia interesante, entretenida, divertida, reflexiva, crítica y educativa con estos cuadros de género, llenos de vida, por donde pasan personajes que parecen salidos de la picaresca, a veces, sin que la fidelidad a lo popular sea obstáculo para que se ejerzan las dotes de penetración psicológica que les caracteriza. Cervantes así lo escribió y Morfeo así lo ha sabido llevar a las tablas.
            Huelga decir que El retablo de las maravillas es el más conocido de todos los entremeses. Este texto traslada al ambiente español del Siglo de Oro un viejo tema literario que ya usara Don Juan Manuel en El Conde Lucanor: Dos pícaros fingen representar un retablo que solo puede ver quien sea limpio de sangre (cristiano viejo) y  no sea hijo ilegítimo. El resultado es que todos pretenden ver los títeres inexistentes.
            Morfeo no se queda en el juego efectista, en el humor fácil para provocar la risa, sino que se compromete, reflexiona, critica, enseña y deleita a la vez. Han captado perfectamente la ironía de Cervantes, su risa amarga, que permite reírnos de nosotros mismos y de cosas que, en principio, no parecen tener ninguna gracia, y la llevan a la acción, a la representación y consiguen una teatralidad que el mismísimo autor aplaudiría.
            En este collage teatral que ha compuesto Morfeo se pone de manifiesto la vigencia de la obra cervantina, puesto que se defiende la justicia y la honestidad y se censuran vicios de entonces y de ahora, como la hipocresía, la envidia, la mentira, la vanidad, la prevaricación o la ineptitud de los cargos públicos y su carácter interesado y la corrupción que generan y constituye su modus vivendi.
            En estos tiempos en los que estamos acostumbrados a los espacios teatrales casi vacíos, donde se representan con muy escasos elementos, Morfeo tiene la genialidad de proponer una escenografía basada en Picasso y esencialmente en imágenes relacionadas con el famoso Guernica. Y no solo la escenografía, sino también los figurines de Chanfalla y Chirinos (los dos pícaros del Retablo) son tal cual dos arlequines picassianos coloristas en un conjunto general de grises, blancos y negros. La convivencia del universo del pintor cubista con los textos manieristas de Cervantes es perfecta, compone una estética contemporánea y crea una emoción cultural que supera las barreras del tiempo y del espacio, a la vez que produce un ambiente bello, cálido, emocionante y divertido.
            En un teatro de texto clásico, como es este, importa que se diga bien, que se maticen los detalles y que lo que se dice esté en correlación con lo que se hace, pues todo comunica, aunque quizá fuera preciso algo más de frescura y movimiento, algo más atrevido que casara mejor con la excelente idea escenográfica.
            Es destacable la actuación del conjunto de actores y actrices, que componen un grupo equilibrado, si bien los arlequines, Francisco Negro y Mayte Bona, tienen una presencia más apreciable y vistosa. Así mismo, sobresale Joan Llaneras encarnando las figuras de Cervantes y don Quijote, pues su presencia supone una sorpresa en la obra y pone un contrapunto severo y sentencioso en la representación, a la vez que ilustra al público con la correcta y bella declamación del autorretrato de Cervantes, el discurso de la Edad de Oro del Quijote o la conocida exaltación de la libertad.
            Es evidente que el espectador disfruta con la enorme comicidad de la obra que han tejido con los textos cervantinos (y con algunas morcillas que definen realidades muy reconocibles de nuestro tiempo) y especialmente con el carácter caricaturesco e histriónico de los personajes que desfilan en las diferentes historias que se representan, y, agradecido, aplaude con entusiasmo el buen trabajo realizado.

            Celebrar el centenario de la muerte de Cervantes es esencialmente, fuera de otros folclores –que de Cervantes solo tienen el nombre-, hacer presentes sus obras, leerlas o representarlas. Morfeo así lo ha entendido, y su digno y bien pensado espectáculo bien puede recorrer La Mancha, España y el mundo honrando como se debe a uno de las autores más universales de la Literatura.

sábado, 5 de noviembre de 2016

¡Mi reino por un caballo! Ricardo III: el poder sin escrúpulos

Título: Ricardo III. Autor: William Shakespeare. Versión: Yolanda Pallín. Compañía: Noviembre. Dirección: Eduardo Vasco. Intérpretes: Arturo Querejeta, Charo Amador, Fernando Sendino, Isabel Rodes, Rafael Ortiz, Cristina Adúa, Toni Agustí, José Luis Massó, José Vicente Ramos, Jorge Bedoya, Guillermo Serrano. Escenografía: Carolina González. Vestuario: Lorenzo Caprile. Iluminación: Miguel Ángel Camacho. Música: Janácek/Vasco.


De un personaje sin carisma, moralmente malo y reprobable, de pensamiento retorcido, de espíritu venenoso y de cuerpo deforme, Arturo Querejeta erige un monumento a la interpretación. Este Gloucester/Ricardo III quedará en la historia del teatro como un modelo de actuación que aúna un sinfín de registros expresivos que van desde la excelente dicción, con todos los tonos que modulan el matiz significativo de la palabra y de la frase, a la abundancia de gestos y la expresión corporal en su conjunto. En Querejeta nada es impostado y, si lo es, no lo parece.

            Yolanda Pallín en la versión de esta Tragedia del rey Ricardo III y Eduardo Vasco en la dirección han realizado un trabajo de orfebrería con el texto de Shakespeare, para servir en bandeja un producto escénico exquisito. La delicadeza y la finura con la que han desbrozado el material “gore” del texto original viene a ser como -permítaseme la metáfora- ofrecer bordado en seda lo que antes era cañamazo.

            Ricardo III es en el fondo una simple intriga palaciega en la que el ansia de poder todo lo trabuca. Alguien tiene el poder, y hay otro que quiere quitárselo, y allí es cuando empiezan los líos. El relato de la historia, no es necesario anclarlo en el tiempo real (desde luego en esta versión que dirige Eduardo Vasco el tiempo de la acción es ahistórico en las formas aunque los personajes nos remitan a momentos de la historia de Inglaterra), se puede sintetizar en el siguiente argumento: Tras una larga guerra civil, Inglaterra disfruta de un periodo de paz bajo el reinado de Eduardo IV. Ricardo, duque de Gloucester, tras relatar la manera en que se ha producido la ascensión al poder de su hermano, revela su envidia y sus ambiciosos deseos. Él, jorobado y deforme, no se conforma con su estado y planea conseguir el trono a cualquier precio, eliminando todos los impedimentos que pueda encontrar en el camino. No tiene empacho en eliminar a sus dos hermanos con tal de llegar al trono. Pero la lista de atrocidades se suceden. Se casa con la viuda de su antiguo enemigo, manda matar a sus sobrinos, extermina a los cortesanos que le estorban, y al final se queda más solo con sus demonios interiores. Y, tras la aparición de algo tan clásico en el teatro shakesperiano como el mundo fantasmal, que le trae malos augurios, se produce la rebelión de sus agraviados y la batalla de Bosworth, en la que Ricardo es derrotado y muere, y en cuya escena se pronuncia una de las frases más archiconocidas del teatro: “Un caballo, un caballo, mi reino por un caballo”.
            Rey y villano, Ricardo, ambicioso desmedido, hipócrita, enredador sin escrúpulos, intrigante, mentiroso por interés, de carácter vigoroso pero poco sutil, es el símbolo del poder absoluto desalmado que genera soledad, desasosiego y unas pesadillas que le persiguen pero no le vencen, pues su naturaleza es más fuerte que su conciencia torturada. Y todo símbolo lleva consigo algo de lección que nos enseña a conocer el corazón humano.
            Esta propuesta teatral del grupo Noviembre es muy contemporánea en toda su concepción dramatúrgica sobre la base de un texto clásico (refinado, como dije antes) de una indiscutible universalidad y vigencia, aunque en esta ocasión no se quiera hacer expresionismo realista de esa vigencia, como sí se ha producido en otras versiones recientes. Aún así se puede hacer una traslación a la situación del mundo actual, donde la intriga desde los fondos oscuros provoca que los cadáveres políticos se sucedan y donde la adulación y la traición suelen ir de la mano.
            La dirección impecable y de una elaborada sabiduría de Eduardo Vasco origina que cada detalle, cada movimiento, cada gesto, cada acorde musical, cada canción, cada transición, cada mudarse de unos personajes a otros, cada fraseo, cada diálogo…sirva para elaborar e innovar un plato teatral a la altura de lo mejor que se haya cocido en El Bulli, valga la comparación.
            La interpretación coral sobresaliente, con un trabajo minucioso. Me encanta la manera de decir clara y la entonación, que rompe un poco algunos esquemas muy extendidos, en los que las oraciones no parecen acabar nunca con los finales en suspensión en vez de en las normales cadencias o anticadencias propias de su modalidad. Huelga repetir las alabanzas ya escritas a la creación que realiza Arturo Querejeta.
            En una escenografía funcional, donde los elementos como la maleta, los baúles o las cajas, además de funcionar como delimitadores de contextos espaciales, se llenan de significados trasladados (metonimias), se desarrolla esta dramaturgia, en la que la iluminación y la música, instrumental y cantada, son elementos clave para definir aspectos del mensaje. Así mismo, los figurines de Lorenzo Caprile aportan equilibrio, singularidad y elegancia y yo diría que también comodidad para los actores y actrices.
            En suma, la compañía Noviembre nos ha obsequiado con uno más de sus excelentes montajes shakesperianos. Teatro del grande este Ricardo III, que ha resultado un espectáculo inteligente, refinado, divertido (sí, divertido), intenso, ágil, entretenido, reflexivo y aleccionador, construido con tal maestría que convierte la profundidad de un clásico en una función popular.
            El público en pie, que han gozado sobradamente en el Teatro de Rojas, ha gritado más ¡bravo! que nunca y ha obligado con sus aplausos a que los actores salgan a saludar media docena de veces.

¡Mi reino por un caballo! Ricardo III: el poder sin escrúpulos

Título: Ricardo III. Autor: William Shakespeare. Versión: Yolanda Pallín. Compañía: Noviembre. Dirección: Eduardo Vasco. Intérpretes: Arturo Querejeta, Charo Amador, Fernando Sendino, Isabel Rodes, Rafael Ortiz, Cristina Adúa, Toni Agustí, José Luis Massó, José Vicente Ramos, Jorge Bedoya, Guillermo Serrano. Escenografía: Carolina González. Vestuario: Lorenzo Caprile. Iluminación: Miguel Ángel Camacho. Música: Janácek/Vasco.


De un personaje sin carisma, moralmente malo y reprobable, de pensamiento retorcido, de espíritu venenoso y de cuerpo deforme, Eduardo Querejeta erige un monumento a la interpretación. Este Gloucester/Ricardo III quedará en la historia del teatro como un modelo de actuación que aúna un sinfín de registros expresivos que van desde la excelente dicción, con todos los tonos que modulan el matiz significativo de la palabra y de la frase, a la abundancia de gestos y la expresión corporal en su conjunto. En Querejeta nada es impostado y, si lo es, no lo parece.

            Yolanda Pallín en la versión de esta Tragedia del rey Ricardo III y Eduardo Vasco en la dirección han realizado un trabajo de orfebrería con el texto de Shakespeare, para servir en bandeja un producto escénico exquisito. La delicadeza y la finura con la que han desbrozado el material “gore” del texto original viene a ser como -permítaseme la metáfora- ofrecer bordado en seda lo que antes era cañamazo.

            Ricardo III es en el fondo una simple intriga palaciega en la que el ansia de poder todo lo trabuca. Alguien tiene el poder, y hay otro que quiere quitárselo, y allí es cuando empiezan los líos. El relato de la historia, no es necesario anclarlo en el tiempo real (desde luego en esta versión que dirige Eduardo Vasco el tiempo de la acción es ahistórico en las formas aunque los personajes nos remitan a momentos de la historia de Inglaterra), se puede sintetizar en el siguiente argumento: Tras una larga guerra civil, Inglaterra disfruta de un periodo de paz bajo el reinado de Eduardo IV. Ricardo, duque de Gloucester, tras relatar la manera en que se ha producido la ascensión al poder de su hermano, revela su envidia y sus ambiciosos deseos. Él, jorobado y deforme, no se conforma con su estado y planea conseguir el trono a cualquier precio, eliminando todos los impedimentos que pueda encontrar en el camino. No tiene empacho en eliminar a sus dos hermanos con tal de llegar al trono. Pero la lista de atrocidades se suceden. Se casa con la viuda de su antiguo enemigo, manda matar a sus sobrinos, extermina a los cortesanos que le estorban, y al final se queda más solo con sus demonios interiores. Y, tras la aparición de algo tan clásico en el teatro shakesperiano como el mundo fantasmal, que le trae malos augurios, se produce la rebelión de sus agraviados y la batalla de Bosworth, en la que Ricardo es derrotado y muere, y en cuya escena se pronuncia una de las frases más archiconocidas del teatro: “Un caballo, un caballo, mi reino por un caballo”.
            Rey y villano, Ricardo, ambicioso desmedido, hipócrita, enredador sin escrúpulos, intrigante, mentiroso por interés, de carácter vigoroso pero poco sutil, es el símbolo del poder absoluto desalmado que genera soledad, desasosiego y unas pesadillas que le persiguen pero no le vencen, pues su naturaleza es más fuerte que su conciencia torturada. Y todo símbolo lleva consigo algo de lección que nos enseña a conocer el corazón humano.
            Esta propuesta teatral del grupo Noviembre es muy contemporánea en toda su concepción dramatúrgica sobre la base de un texto clásico (refinado, como dije antes) de una indiscutible universalidad y vigencia, aunque en esta ocasión no se quiera hacer expresionismo realista de esa vigencia, como sí se ha producido en otras versiones recientes. Aún así se puede hacer una traslación a la situación del mundo actual, donde la intriga desde los fondos oscuros provoca que los cadáveres políticos se sucedan y donde la adulación y la traición suelen ir de la mano.
            La dirección impecable y de una elaborada sabiduría de Eduardo Vasco origina que cada detalle, cada movimiento, cada gesto, cada acorde musical, cada canción, cada transición, cada mudarse de unos personajes a otros, cada fraseo, cada diálogo…sirva para elaborar e innovar un plato teatral a la altura de lo mejor que se haya cocido en El Bulli, valga la comparación.
            La interpretación coral sobresaliente, con un trabajo minucioso. Me encanta la manera de decir clara y la entonación, que rompe un poco algunos esquemas muy extendidos, en los que las oraciones no parecen acabar nunca con los finales en suspensión en vez de en las normales cadencias o anticadencias propias de su modalidad. Huelga repetir las alabanzas ya escritas a la creación que realiza Arturo Querejeta.
            En una escenografía funcional, donde los elementos como la maleta, los baúles o las cajas, además de funcionar como delimitadores de contextos espaciales, se llenan de significados trasladados (metonimias), se desarrolla esta dramaturgia, en la que la iluminación y la música, instrumental y cantada, son elementos clave para definir aspectos del mensaje. Así mismo, los figurines de Lorenzo Caprile aportan equilibrio, singularidad y elegancia y yo diría que también comodidad para los actores y actrices.
            En suma, la compañía Noviembre nos ha obsequiado con uno más de sus excelentes montajes shakesperianos. Teatro del grande este Ricardo III, que ha resultado un espectáculo inteligente, refinado, divertido (sí, divertido), intenso, ágil, entretenido, reflexivo y aleccionador, construido con tal maestría que convierte la profundidad de un clásico en una función popular.
            El público en pie, que han gozado sobradamente en el Teatro de Rojas, ha gritado más ¡bravo! que nunca y ha obligado con sus aplausos a que los actores salgan a saludar media docena de veces.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Don Mendo se venga con mucha gracia en el teatro Fernán Gómez de Madrid

De nuevo un Don Mendo sube a las tablas de un teatro de Madrid. Salvador Collado lo ha traído al Fernán Gómez, también conocido como “Centro Cultural de la Villa”. Es un Don Mendo canónico, apostólico, sarcástico y moderno, un eslabón más que se engarza en la cadena de aquellos otros que la protagonizaron, como Manolo Gómez Bur, Fernando Fernán Gómez o José Sazatornil, entre otros muchos. Esta nueva apuesta cumple saciadamente todas las expectativas cuando la comparamos con aquellas que recordamos, y a fe que no podemos decir, tras contemplar esta versión, que cualquier tiempo pasado fue mejor. Esta está a la altura.
La venganza de don Mendo, el famoso texto teatral de Muñoz Seca, es el ejemplo palmario de cómo una astracanada ha devenido en un clásico por su ingenio, su humor y su divertimento. No en vano, en sus casi cien años de existencia, desde su estreno en 1918 en el Teatro de la Comedia de Madrid, ha llegado a ser una de las cuatro obras más representadas del teatro español, junto al Tenorio, Fuenteovejuna y La vida es sueño.
Reír casi siempre tiene premio: el de la abundancia de espectadores y el del aplauso. Y Don Mendo consigue la sonrisa, la risa y la carcajada, pues este teatro considerado menor, literariamente hablando y no en la consideración del público, se basa esencialmente en el chiste verbal y en el retruécano, el juego de palabras, en la deformación cómica del lenguaje, en la acumulación de elementos paródicos fácilmente entendibles, las constantes bromas y en las continuas referencias a un contexto que evidencia una moral utilitaria. La acción, los personajes (cuyos nombres también se aprovechan para el chiste) y hasta los figurines y el decorado están al servicio del gracejo. La pretensión del conjunto es hacer reír a toda costa. La producción que Collado, con un excelente elenco de actores y actrices, nos presenta en el Fernán Gómez de Madrid entretiene desde el minuto inicial a la caída del telón.
Huelga contar los pormenores del contenido de esta obra que gira sobre la  historia de un tal Don Mendo, traicionado por su amante Magdalena, dama poco edificante, que se deja llevar por la codicia cuando le surge un partido con más peculio para casarse, como es el rico Duque de Toro. De esta traición es de la que Don Mendo buscará vengarse con toda suerte de divertidas situaciones. Nada nos importa: ni la unidad de acción, ni la de tiempo ni la de lugar, ni que la peripecia se ambiente en una España medieval anacrónica con guiños al presente. La verdad es que La venganza de don Mendo es una caricatura, una parodia, de las tragedias historicistas, escrita en verso, de la que los espectadores suelen recordar tiradas de ellos a poco que la vean un par de veces (“Para asaltar torreones, cuatro Quiñones son pocos. ¡Hacen falta más Quiñones!). La obra cumple sus objetivos cuando a la salida del teatro ves al público comentándola con la sonrisa aún en el rostro. Muñoz Seca se ríe de aquellas ampulosas historias romanticonas llenas de una poesía dramática huera y alza la carcajada destructora y surreal de su don Mendo con sus innumerables ripios, sus rimas en agudos o en esdrújulos.
La versión que ahora vemos, dirigida por Jesús Castejón, es muy eficaz con la risa, respetuosa con el contenido, muy trabajada en la dicción del verso y en el movimiento escénico, incluidas las coreografías, no abusa de un histrionismo que no es necesario y coordina perfectamente a los numerosos personajes.
Los quince actores que dan vida al espectáculo realizan un gran trabajo. Me encantaron Jesús Berenguer, que bordó un don Nuño muy auténtico; Roberto Quintana, que se invistió en una doña Ramírez con mucha gracia y desparpajo; Cristina Goyanes, que hizo una Magdalena de rompe y rasga y que cambiaba de registro con naturalidad dependiendo de cada situación, sacó rendimiento y vigorosa comicidad a su papel de “mala”; Marcelo Casas, icosaédrico en sus variados desdobles; Karmele Aramburu, que dio vida a una delicada reina que se desmayaba de amor adúltero, si se daba el caso; Vallery Tellechea, que perfiló una potente Azofaifa de emociones creíbles; y me sedujo Chema Pizarro, que creó un don Pero tan cervantino que, a veces, parecía un verdadero Quijote descabalgado. Ángel Ruiz hace un Mendo muy de hoy, seguro y eficaz, que se mueve con rigor y equilibrio en el bamboleante alambre que une la tragedia y el sarcasmo. Muy bien en general, una interpretación sólida, sin dientes de sierra, que mantiene la tensión y la vis cómica sin estridencias (solo las que pide el texto) durante todo el espectáculo.
La escenografía ingeniosa, en la que el espectador tiene que poner su punto de imaginación para concretar la realidad espacial, y un vestuario ad hoc conforman un contexto en el que sobresale lo esencial: el lenguaje, la configuración de unos personajes bien perfilados, cada uno con la acumulación de sus típicos tópicos.
La Venganza de Don Mendo, en el Teatro Fernán Gómez o Centro Cultural de la Villa de Madrid, es todo un regalo. En un tiempo en el que el ambiente está tan enrarecido viene bien la risa que trae esta bocanada de aire cómico por la que ha apostado la compañía de Salvador Collado con la producción de esta obra. Quien pueda que no se la pierda y quien no pueda que haga un poder y vaya a disfrutarla.
(Publicado en noticiasdigital.es).

Homenaje a Ana Diosdado con la representación de su última obra

El Centro Dramático Nacional en colaboración con la SGAE está tributando un homenaje a Ana Diosdado, que lo fue todo en el teatro, fallecida hace poco más de un año. Son numerosos los actos que se están llevando a cabo: encuentros con el público, un ciclo de cine en la sala Berlanga con títulos significativos, el espacio Los lunes con voz y, muy especialmente, la representación, en el teatro María Guerrero, de la última obra que escribió, El cielo que me tienes prometido, que estará en cartel hasta el 18 de septiembre. Esta pieza fue un encargo especial que le hizo a la autora el productor Salvador Collado con el fin de llevarla a las tablas con motivo del quinto centenario del nacimiento de Santa Teresa.
            El cielo que me tienes prometido es mucho más que una obra de ocasión por más que se escribiese como un encargo para la conmemoración del centenario de Teresa de Jesús. Es una pieza teatral excelentemente cortada y equilibrada, magistralmente trabajada en la utilización del lenguaje clásico y con la fuerza dramática que ofrecen dos figuras tan señeras y con tanta personalidad como la princesa de Éboli y Teresa de Ávila. El texto nos presenta la imagen enfrentada de esta dos mujeres que rompieron moldes en su tiempo,  sus diferentes maneras de entender la vida desde una idea del poder (la de Éboli) y desde la llaneza del día  a día y la dignidad del individuo (Teresa); también es evidente la intención de Ana Diosdado de marcar el perfil de tres amores: el que siente Teresa por Dios; el de la aristócrata por el marido que acaba de perder; y el de una joven, Mariana, obligada a abandonar su vida para ingresar en el convento, contra su voluntad, pues lo que ella quiere es casarse.
            La obra se resuelve en una jornada, una noche, que refleja el encuentro (choque, podríamos decir) entre Teresa de Jesús y Ana Mendoza en ese última vez que se vieron en esta vida. Siempre hay que tener en cuenta que entre ambas mujeres, de genio vivo y dominantes, hubo discusiones y encontronazos durante la construcción del monasterio de Pastrana y volvieron a tenerlos al morir el Príncipe y pretender su desconsolada esposa tomar el hábito de las descalzas y entrar en el convento pero sin dejar de vivir y ser tratada como una princesa que manda en su casa, algo que la madre Teresa no podía consentir y que motivó el que hiciera que sus monjas abandonaran el lugar.
            El perfil de Teresa de Jesús no es el de la mística subida, sino el de la mujer con conciencia que siente a Dios entre los pucheros, la que habla como la gente, siente como sus iguales y vive con conciencia del mundo que la rodea, con sus grandezas y debilidades, certezas y contradicciones, sin perder la referencia del Amado (Dios). En este sentido es muy interesante el recitado de poemas en voz en of que realiza Emilio Gutiérrez Caba, además de la propia Teresa, tanto propios como de San Juan de la Cruz.
            Las dos mujeres defienden su mismidad, están enfrentadas pero obligadas a escucharse, y nos enseñan a defender la libertad para que cada uno viva la vida a su manera.
               Con una escenografía minimalista y un vestuario simbólico correcto (excepto la toca que molestaba a Mariana) de Alfonso Barajas, una iluminación que clarificaba la escena y potenciaba los momentos singulares de Rafael Echeverz y un espacio sonoro muy de acorde para la ocasión, quizá con demasiado volumen, a veces, de Luis Delgado, la obra toma consistencia y verosimilitud.
            La interpretación fue excelente. Irene Arcos (Ana Mendoza) recreó un personaje ambivalente con fuerza y poderío, María José Goyanes (Teresa de Jesús) parecía Teresa de Jesús en carne, hueso y lágrimas, eso lo dice todo, y Elisa Mouliaá (Mariana) mostró con profesionalidad el encanto de un personaje menor pero con la altura interpretativa necesaria. Las tres hicieron triunfar la palabra y su esencia por encima de gestos menores, pero interesantes, pues estos también muestran actitudes. Este, sin duda, es el mejor homenaje y el más significativo recuerdo que se puede hacer a Ana Diosdado, que pudo incluso dirigir la obra en su preparación y primeras representaciones antes de su muerte en 2015.
            Hay que agradecer al productor Salvador Collado, al propio ministro de Educación y Cultura y al Centro Dramático Nacional, que hayan hecho lo posible para que se reconozca y recuerde a Ana Diosdado con un trabajo que dice tanto de su labor como escritora y de su amor a la cultura y el teatro.
                          
           (Crítica publicada en ntoticiasdigital.es).