martes, 25 de diciembre de 2012

MI SOPA DE CEBOLLA FRANCESA


Ingredientes para 6 personas:
  • 4 cebollas hermosas; puede ser en versión cebolla dulce y la sopa toma una cremosidad y un paladar excelente.
  • 50 gramos de mantequilla un poco más (cada uno según su gusto). (Se puede poner un chorro de aceite de oliva y derretir en él la mantequilla).
  • 2 cucharadas de harina de trigo o de maíz.
  • 2 litros de caldo (que habremos preparado cociendo pollo, gallina, hueso de ternera nunca de jamón, zanahoria, nabo, puerro... o caldo preparado del mercado o de cubitos).
  • Rebanadas de pan (mejor de molde) tostado para cubrir la cazuela.
  • Queso parmesano rallado (para cubrir las rebanadas de pan y gratinar). (Si no hay parmesano, vale cualquier otro queso que nos guste, con más o menos sabor: gruyère, emmental, manchego...).

(A la sopa se le puede poner un poco de vino blanco, de Jerez o una copa de coñac. Si gusta se puede dar un toque de pimienta).

Manos a la obra:
  1. Se pelan y se cortan las cebollas finamente en forma de brunoise o juliana.
  2. Se sofríe la cebolla lentamente en una buena cacerola (mejor las típicas de hierro fundido) en la mantequilla, hasta que la cebolla quede transparente sin que se llegue a dorar y, por supuesto, sin que se queme ningún trozo; para ello, lo mejor es no perderla de vista y remover continuamente con una cuchara de palo. Si ponemos un poco de sal a la cebolla en este momento del proceso ayudaremos a que nos ofrezca mejor sus jugos.
  3. Cuando la cebolla está en su punto, se añade la harina de trigo o de maíz para que la sopa tome una textura de un cierto espesor. Se da unas vueltas y se añade el vino blanco, el coñac o el jerez (si queremos poner estos ingredientes) y a continuación el caldo que ya tendremos preparado  caliente.
  4. Dejamos que todo cueza una media hora a fuego lento.
  5. Probamos de sal y le damos el toque de pimienta, si nos gusta.
  6. Tostamos las rebanadas de pan de molde.
  7. Retiramos del fuego la cacerola de sopa y, antes de servir, colocamos el pan tostado cortado en cuadraditos o en rebanadas, como mejor nos guste, por toda la superficie de la cacerola y espolvoreamos generosamente con el queso rallado.
  8. Metemos la cacerola al gril del horno y gratinamos sin dejar de mirar hasta que el queso empieza a dorar y hacer costra (muy poquito tiempo).
(La sopa yo la hago con variantes, pero esta es la básica que aprendí en Francia cuando hice la plonge en Le Soleil D´Or en Font Romeu).


viernes, 21 de diciembre de 2012

Feliz Navidad


Agua, piedra y luz. Toledo es un paisaje sinuoso que une la tierra y el sinfín del universo. “Skyline” de la cultura hecha historia en cada tejado, en cada torre, en cada espadaña de convento, en cada plaza, en cada cobertizo, en esas formas que permanecen quietas ante la fluidez cambiante de tantas gentes como atisban. Cada mirada retrata un instante fugaz que se eterniza, igual que se eternizan las piedras que sellan los secretos. Es la quietud, el silencio, la realidad y la leyenda, el espíritu del íbero, del romano, del godo, del judío, del musulmán, del cristiano, del sabio y del mago lo que queda y se aprehende en cada impresión, en cada emoción. Lo sombrío se hace luz y lo arcano aparece ante los ojos. En Toledo se arremansa el tiempo y queda abolido, diluido, como en suspenso.
El hombre piensa y repiensa su recortada silueta silente mientras parece entonar en su interior: Magnificat anima mea Dominum, et exultavit spiritus meus in Deo salutari meo, quia respexit humilitatem ancillae suae.
Es Belén, donde surge la luz divina de las ideas. Es el origen, el ascua que hay que soplar, como en la hermosa pintura, para que se mantenga encendida la llama inmensa de la creatividad.
¡Feliz Navidad! y un año 13 sin miedo a seguir apostando por el optimismo que nos hace humanos y humanistas.
¡Goza y haz gozar! Y sé feliz con quien quieres y con quien te quiere.

domingo, 16 de diciembre de 2012

La izquierda y los dos caballos


El poder lo dan las urnas. Si en un año ya se ha incumplido todo el programa que se votó hay que esperar sufriendo otros tres años de impaciencia y alimentando el corazón con mala hierba. Cuando todo se incumple y  el votante se siente estafado, la democracia real cuyas acciones debieran emanar del poder del pueblo debiera arbitrar algún mecanismo para llevar a los gobernantes incumplidores, si no a la guillotina, como antaño, sí a su casa. Un plebiscito, un referéndum, algo que de participación real al pueblo. Mientras tanto, queda esperar y ver si la izquierda real, que viene a ser el sesenta por ciento del censo, logra enhebrar la aguja con una sola hebra para dar la puntada y la puntilla con el voto a estos que están dejando a España como un rastrojo a los españoles tan mísero que no les cabe una paja en el culo.
Creo que la izquierda tiene arreglo. Lo voy a explicar con un exiemplo antiguo, pues todo el saber necesario para hoy ya nos lo enseñó el Arcipreste de Hita, Don Juan Manuel o Fernando de Rojas. Así que, izquierdistas de España, atentos al cuento.
Dos caballeros que estaban en Túnez con el infante don Enrique (pariente de Alfonso X que se había ido a Túnez no de turismo sino huyendo de la familia) eran muy amigos y vivían juntos. Estos dos caballeros no tenían sino un caballo cada uno, y mientras ellos se estimaban y respetaban, sus caballos se tenían un odio feroz (vamos como los diferentes partidos de izquierda en nuestra España). Como los caballeros no eran tan ricos que pudieran pagar estancias distintas, y por la malquerencia de sus caballos no podían compartirlas, llevaban una vida muy enojosa (como la llevan aquí los entes que se reclaman de izquierdas). Cuando pasó cierto tiempo y vieron que no había solución, se lo contaron al infante don Enrique y le pidieron como favor que echara aquellos caballos a un león que tenía el rey de Túnez.
Don Enrique habló con el rey, que les pagó muy bien los caballos y los mandó meter en el patio donde estaba el león. Al verse los caballos juntos en aquel lugar, antes de que el león saliese de su jaula empezaron a pelear con mucha ira (con el mismo desprecio que se tienen los partidos de izquierdas en este valle de lágrimas). Estando en lo más violento de su pelea, abrieron la jaula del león (que vamos a pensar que simboliza el poder que alcanza la derecha unida) y, cuando los caballos lo vieron suelto por el patio, se echaron a temblar y se fueron acercando el uno al otro (acercamiento que vemos en Andalucía y que echamos de menos en Extremadura). Cuando estuvieron juntos, se quedaron así un rato y luego se lanzaron los dos contra el león, al que atacaron con cascos y dientes de modo tan violento que hubo de buscar refugio en su jaula (eso es lo que debieran hacer los partidos de izquierdas: un frente único o frente popular). Los dos caballos quedaron sin daño, porque el león no pudo herirlos ni siquiera levemente y, después de esto, los dos caballos se hicieron tan amigos que comían en el mismo pesebre y dormían juntos en la misma cuadra, aunque era muy pequeña (veis qué fácil es hacerse “amigos” por un interés común). Esta amistad nació entre ellos por el miedo que les produjo la presencia del león (la fiera derecha unida que es brazo armado por el voto del poder del dinero).
Pues ahí tenéis el exiemplo, izquierda de España. Del mismo modo que los caballos se fueron acercando poco a poco hasta perder el recelo mutuo y estuvieron bien seguros el uno del otro, así vos, izquierdistas, debéis confiar poco a poco en vuestros mismos aunque fueseis antiguos enemigos. Y si siempre encontráis en los unos en los otros buenas obras y fidelidad, de modo que estéis seguros de que nunca os volveréis a hacer daño, entonces haréis bien y os será muy útil ayudaros para que no os destruya ni conquiste aquel otro enemigo mayor (el león de la derecha); pues en muchas ocasiones debemos soportar, perdonar y auxiliar a nuestros parientes y vecinos (el pueblo de izquierdas) para que nos defiendan contra los extraños (la derecha que no sabemos qué directrices tiene para desmantelar España). Pero si no podéis confiar del todo unos izquierdistas en otros (porque hay mala fe o actitudes “raras”, como en Extremadura), no sería muy sensato ayudar a quien después, cuanto tenga la ocasión se va a tirar a ti como gato a bofe.
Así que, ¡izquierdistas de toda España, uníos! Sacad un buen ejemplo de los caballos y tened presente que estando vuestras tierras protegidas de daño, evitad las argucias que urden los extraños.

Don Quijote de la Mancha, el don del equilibrio


Yo soy Don Quijote de La Mancha
Texto: Miguel de Cervantes. Dramaturgia: José Ramón Fernández. Dirección: Luis Bermejo. Intérpretes: José Sacristán, Don Quijote; Fernando Soto, Sancho; Almudena Ramos, Sanchica; José Luis López, violonchelista. Escenografía: Javier Aoiz. Vestuario: Monica Boromello. Iluminación: Juan Gómez-Cornejo, Ion Aníbal López. Video escena: Álvaro Luna, Bruno Praena. Música original: Ramiro Obedman.


Con José Sacristán somos todos don Quijote; Sancho somos con Fernando Soto, Sanchica con Almudena Ramos y música con José Luis López.  El escenario del Rojas se ha convertido, con la puesta en escena de Yo soy Don Quijote de La Mancha, en el ancho campo en el que reivindicar el referente moral y ético que representa el héroe manchego y universal, tanto en su época como en la nuestra.
           
La dramaturgia que nos ofrece José Ramón Fernández  y la dirección de Luis Bermejo logran un esmerado equilibrio en el peso de los personajes, en el movimiento escénico, en el gesto que no se deja llevar por las posibilidades chuscas que el texto brinda,  en el escenario funcional, en el metateatro como marco de la trama, y en la presencia de la música como hilo conductor de emociones  a la vez que nexo entre escenas.
            La adaptación teatral de la novela es rigurosa y respetuosa  con los textos que selecciona y logra poner de manifiesto la verdadera esencia del personaje. Es plausible que haya elegido momentos importantes que retratan el perfil tremendamente humano del héroe cervantino y que haya eludido pasajes muy tópicos y conocidos. En el bien hilado texto no solo se ensalza la bondad del hidalgo de La Mancha, sino que se nos da pie a la reflexión, para ver cómo se adentra el héroe, y cómo nos adentramos nosotros, en el trato con el mundo. Es menester tocar las apariencias con la mano para dar lugar al desengaño. La vida no es un encantamiento que nos haga permanecer perdidos, ni a don Quijote ni a nosotros, en un confuso laberinto alienante. Don Quijote es un hombre con una idea muy clara de la bondad y de la justicia, que no se para a pensar en los problemas que va a tener a la hora de defender sus principios: el amor, la libertad, la equidad, las lealtades y las solidaridades.

            Y sobre las tablas, Sacristán/Quijote, la dignidad del personaje mítico, del actor y de la persona, inseparables. No sé si es Sacristán quien interpreta a Don Quijote o es Don Quijote quien interpreta a Sacristán. Uno y otro, refugiados en el yo, alcanzan su propia identidad y toman posición ante una sociedad tuerta y de valores pervertidos, y se lanzan hacia un futuro de afirmaciones de vida, de una vida a la vez de rebeldía y de esperanza, confiando en que el ser humano puede ser, para su bien y para su mal, artífice de su propio camino. Don Quijote/Sacristán humaniza la existencia y emerge el héroe cervantino creándose a sí mismo frente a todo tipo de agresividad y cerrilidad, de corrupción; Sacristán/Don Quijote lo que hace, sencillamente, es desencantar el mundo encantado, lo que significa humanizarlo, hacerlo volver a una condición existencial gobernada por las fuerzas humanas. Don Quijote/Sacristán son esas vidas voluntariosas que sufren las consecuencias de su liberado comportamiento. Perder no es fracasar. Con este Don Quijote, tan hecho para el mundo de hierro en que vivimos, hay que hablar de esperanza y de ganas de seguir luchando desde la lucidez, nunca desde el abandono, la derrota o la tristeza.
            Yo soy Don Quijote de La Mancha de la compañía Metrópolis es una buena obra, un texto que llega a la gente, que se disfruta con gusto y que deja un sabor de boca que echa raíces en la reflexión. Y es sobre todo una delicia de interpretación, en la que la palabra bien dicha y el juego escénico bien trabado hacen que el espectáculo se deslice con la suavidad de una balsa de aceite.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Constitución a toro pasado


El día 6 de diciembre me ha dado por la reflexión. ¡Qué menos, en día tan señalado! El internacionalismo ha triunfado por encima de las constituciones. El de los bancos, el del capital, me refiero.
Afirma la Constitución en el artículo 1 que “España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político”.
¡Qué bien la retórica, la palabra! Pero la realidad nos demuestra que estos conceptos abstractos y llenos de esperanza positiva para los ciudadanos crédulos carecen de sustancia.
Es evidente que por encima de la Constitución existe un poder ciego, con sus brazos en los bancos y en las políticas económicas, que trabaja para hacer más ricos a los ricos y más pobres a los pobres.
Durante las crisis es cuando se amasan las grandes fortunas.
¿Qué hace la Constitución por mí como ciudadano? Nada.
Valga como contraejemplo de esos maravillosos “valores superiores del ordenamiento jurídico, la libertad, la justicia, la igualdad” una noticia de estos días en los medios de comunicación: Al que fuera todopoderoso y opinante jefe de los empresarios de España, Díaz-Ferrán (¡muy ético, muy social y muy igualitario!) la declaración de la renta le salió a devolver en 2011. Hacienda le reintegró más de 2000 euros. Seguramente es legal, ingeniosamente, financieramente e ingenieramente legal. ¿Cotizaría por el lingote de oro que le encontraron en su casa? Si esa es la España social y de derecho, algo me hay por debajo de las hermosas palabras de la ley de leyes
La Constitución parece fofa y está enclenque. Sirve poco cuando la obscenidad del poder es indignante.
El ídolo-dios es el dinero que todo lo trabuca; esta es lección que nunca aprendemos. Ya nos daban cuenta Juan Ruiz en El libro de buen amor o Fernando de Rojas en La Celestina de ese poder corruptor. El desmesurado y agresivo enriquecimiento hace que la sociedad se aleje de la ética esencial.
El dinero y sus sirvientes me merecerían solo el desprecio de la risa si no fuera porque voracidad y sus consecuencias roen las entrañas y hacen sufrir a muchas personas.
Ya me gustaría predicar el optimismo de una Constitución que define la esencia de mi patria como “Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad”.
Esta es mi reflexión a toro pasado del 6 de diciembre de 2012.
Publicado en www.noticiasdigital.es

lunes, 26 de noviembre de 2012

Ser o no ser…acaso representar



HAMLET
Autor: W. Shakespeare. Versión: María Fernández Ache. Director: Will Kleen. Intérpretes: Alberto San Juan, Wil Keen, Yolanda Vázquez, Ana Villa, Javivi Gil Valle, Pau Roca, Antonio Gil, Pablo Messiez y Gorka Otxoa. Teatro de Rojas. Toledo.
¡Ser o no ser! ¡La alternativa es ésta! Un Hamlet siglo XXI, una puesta en escena más que interesante de entre las muchas que se pueden contar de esta archiconocida tragedia del príncipe de Dinamarca que escribió William Shakespeare. El teatro de Rojas agotó el papel de la taquilla y el público agradeció con calor un espectáculo teatral de casi tres horas de duración cuya calidad mereció la pena.
Hamlet es un icono cultural del mundo que se ha transformado en algo muy maleable. Will Keen y María Fernández Ache nos ofrecen una versión sin referencias temporales definidas (en realidad Hamlet no tiene época; si uno analiza el texto se da cuenta de que la temporalidad no es esencial); son respetuosos con el texto canónico del autor, sobre el que se han permitido algunas, pocas, licencias y algún que otro corte, que no impiden seguir la trama conocida de la obra: una primera parte en la que se realza la historia de las pasiones humanas, y una segunda parte en la que el encadenamiento de las torpezas de unos y otros va a hacer que todos sean como piezas de ajedrez que se va comiendo la reina; torpezas que comienzan con la muerte por error de Polonio y que concluirán con la del mismísimo Hamlet.
La puesta en escena de Keen hace comenzar la obra, propiamente, tras unas palabras en of a modo de entrevista a uno de los personajes, con unos cuadros muy plásticos, especialmente el discurso de Claudio a los periodistas, que por su estética parecen influenciadas por la fría pintura de Hopper. Los cuadros se suceden en el marco de una escenografía que saca un rendimiento increíble a unas sillas, una mesa, una sugerente y efectiva iluminación y pocos elementos más. Todo lo llenan los actores y actrices con un movimiento muy medido y, sobre todo, con un texto muy bien dicho y muy bien fraseado, si hacemos excepción del contraste en el contexto que supone la presencia del propio director de la obra y excelente actor inglés encarnando el papel de Claudio, cuyos mensajes con su acento exótico eran difíciles de comprender en ocasiones.
Harold Bloom, estudioso de Shakespeare, afirma que el personaje de Hamlet tiene una carga que trasciende al drama en sí. Cierto, este personaje contiene tal volumen de verdades humanas que son absolutamente teatrales, porque Hamlet es un ser del teatro y  no se puede sacar de ahí. Su grandeza, misterio, pequeñez, contradicciones, las propias extravagancias del texto exigen que el actor que lo encarne demuestre que lo es. Ahí tenemos el excelente trabajo de Alberto San Juan, que se mete dentro del personaje y lo representa en su totalidad. Es como abrir una cebolla, van apareciendo los planos y la esencia, la pasión y el desengaño de un mito que hay que dejarlo en su propia ambigüedad, contradicción y misterio. Esta es la peripecia de Hamlet y ese el arte que explicita el protagonista con su labor sobre las tablas. Quizá una dicción sostenida en el fraseo, que ahora tanto se lleva, le reste un poco de autenticidad. Dicción y acción. Gesto y movimiento. Fisicidad y verosimilitud. En mi opinión, este trabajo y este Hamlet de San Juan bien pudiera relacionarse con la rebelión juvenil frente a la corrupción adulta que tanta falta hace en una sociedad como la que estamos viviendo.
Como contraste llamativo, tras significar el extraordinario trabajo de conjunto, aparece la presencia del actor Javivi Gil Valle, al que tenemos un poco encasillado en papeles humorísticos por su propia manera de hablar, que encarna un Polonio singular, digno y creíble, excesivo a veces en su papel de servilismo a los poderosos y a sus propios intereses. Así mismo tiene una chispa especial Ana Villa que recrea brillantemente una Ofelia que pasa  de la equilibrada  chica de la primera parte  a la enloquecida y aturdida de la segunda.
La dirección de Will Keen es cuidada con la composición escénica, a veces parecen flases cinematográficos, con el movimiento y la gestualidad de los actores y especialmente con la dicción del texto. En suma, una dirección que se sustenta en dos ejes esenciales: actores  y palabra.
¡Un Hamlet más qué importa al mundo!
                

domingo, 25 de noviembre de 2012

Valderrama en el corazón


El público que acudió al teatro de Rojas de Toledo para ver y escuchar a Juan Valderrama ya estaba entregado desde que recogió en la taquilla su entrada. El artista lo supo ver desde el principio y empezó a calentar el ambiente con sus propias canciones, las que le singularizan como autor y cantante actual. Luego versionó el conocido tango «Volver» y el bolero «Envidia», que están en nuestro imaginario sonoro, con sentimiento aflamencado y lo que conocemos como «fusión», pero, sobre todo con sentimiento, para terminar atacando la conocidísima «Solo pienso en ti» de Víctor Manuel. Hasta aquí el Valderrama de hoy, el auténtico Juan Valderrama con entidad propia y sitio en los escenarios, que no desmerece de los creadores que hacen carrera en la canción, en la copla y los linderos del flamenco, pues no hay que buscar en él flamenco puritano y gitanista. Este fue el Juan Valderrama que amplía los campos de acción y que no se queda en lo aprendido con sus padres, cantando por derecho, sino haciendo un arte más fácil, más de estribillo.
Hay mucho público que, cuando canta Juan Valderrama, quiere ver y oír a su padre. No es posible, pero ahí están los genes y el aprendizaje. Y el hijo conoce bien el paño y no hay palo que se le escape. El público pide algo suyo, como la canción de Sabina, y muy especialmente los grandes éxitos del gran Juanito Valderrama, su padre. Entonces al hijo no le queda más remedio que «valderramear» y canta lo que su padre cantaba. Lo hace bien, muy bien, porque no cae en el error de la imitación, sino que aplica su estilo, su voz sensual, su manera de interpretar «acancionando» los estilos, aunque las letras sean las mismas que tarareaban los presentes en el teatro y los padres de los presentes. La «farruca» con la que inició esta parte fue, para mí, lo más excepcional de la noche, pues con ella nos demostró que sabe cantar flamenco y que sabe dar el paso a su manera de ser y de entender el cante, haciendo bien lo primero y lo segundo. Con el público no ya en el bolsillo, sino en el corazón, comenzó a desgranar una serie de canciones: «Su primera comunión», «Madre mía», «Pena mora», «Cuatro puntales» y otras más, hasta llegar a aquella tan conocida, y tan bien versionada ahora, incluso en fusión rock, «El emigrante».
Juan Valderrama, conociendo la historia que tiene detrás, sabe ser él sin renegar de su tradición familiar, sino asumiéndola en lo que tiene de bueno. Pone saber, humildad y alma en cada canción y tiene, además, la empatía suficiente para entablar un diálogo con el público que le ve y le aplaude como si fuera un hijo suyo.
El espectáculo se equilibra con el acompañamiento de músicos excepcionales y virtuosos en sus instrumentos: Alfonso Aroca al piano, Rubén D. Levaniegos con la guitarra flamenca y Manuel Luque en la percusión.
Las sonrisas del público según abandonaba las butacas, tras el largo aplauso que dedicó a los artistas, es el mejor certificado para decir que Juan Valderrama y su cante gustaron y dejaron muy buen sabor de boca en Toledo.

martes, 20 de noviembre de 2012

Vuelva usted mañana



“Vuelva usted mañana”, escribía don Mariano José de Larra que decían los burócratas de aquella España de posada y carnaval para alargar la solución de los asuntos que no debieran alargarse sine die.
            “Vuelva usted dentro de un año” a realizarse la colonoscopia, si no se ha ido usted ya a echar leña al fuego de las calderas de Pedro Botero, dicen en este sistema sanitario, cuyos pecios se están repartiendo entre gentes del negocio. ¡Qué gran paradoja que responda el sistema lo que no entienden ni profesionales ni pacientes!
            “Vuelva usted mañana”, si quiere, pues le va a dar lo mismo, si anda buscando una beca de comedor para que su hijo tenga la única comida caliente y razonable que hace al día, le dicen a quien demanda sopa y pan quienes tienen la Educación entre manos o entre dos piedras feroces.
            “No vuelva usted mañana”, mejor “no venga por aquí nunca”, si quiere un crédito para mantener el normal funcionamiento de su empresita. “No hay guita”, dicen los que se han rebotillado las faltriqueras engañando a troche y moche con letras pequeñas y productos preferentes que solo se podrían cobrar a los trescientos años.
     “Vuelva usted mañana”, ¿mañana?, si quiere que la representatividad en las instituciones de la nación y demás territorios se asiente en el pilar de la verdadera democracia interna de los partidos, dice cualquier ciudadano de los que se quitan las moscas en una solana, de los que miran un escaparate, de los que van a por la no buena noticia de un ERE o de aquellos que sorprendentemente aún no los ha puesto de patitas en la calle una ley del trabajo que iba a crear empleos como el que saca conejos de una chistera.
            “Vuelva usted mañana”, pero un mañana de no sé sabe qué siglo, le responden a uno cuando pregunta sobre la índole de la verdad que se ofrece en cada medio de comunicación, que los juntas y parecen un caleidoscopio y no hay manera de reconocer el hecho que transporta la noticia si se lee, escucha o ve uno u otro.
            Quiero leer el Talmud y la Biblia y el Corán, quizá para renegar de todo, después de lo que nos enseñan de Gaza. “Vuelva usted mañana”.
            ¿No dijo una ministra de “semizquiedas” ¡por Dios, que están muy caros los trajes!, que veía brotes verdes? Eso era una aparición, un ectoplasma. ¿Puedo ver yo esas sementeras, esas macollas de ballico? “Vuelva usted mañana”, me responde un eco, pues de aquella bien trajeada solo se sabe que se colocó bien colocada.
            ¿Me solucionan la crisis? ¿Me dan empleo? ¿Me dejan vivir en la casa o me llevan al desahucio? ¡Oiga, pollo, que esto es España”, así que “vuelva usted mañana”.
           ¿Puedo ver el milagro que va a hacer con el empleo la Virgen del Rocío, según afirmó otra ministra, esta de derechas de las que no ha trabajado en su vida? “Vuelva usted mañana”. ¿Si vuelvo hay milagro? “Vuelva usted mañana” por si acaso, ¡descreído!
            “Vuelva usted mañana”, dice o calla el gobierno de un Estado, que a unos les echa las cuentas de la vieja y a otros las del Gran Capitán, cuando el pueblo en llamas se pone de manos en una huelga general y alza su voz y su silencio en las abarrotadas calles de España.
            “Vuelva usted mañana”. “Vuelva usted mañana”. ¿Para qué volver mañana si no soy banquero, ni poderoso, ni tengo influencias? ¿Para qué volver mañana, para que nadie me escuche? Es evidente que el Gobierno no hace caso a la marea. Solo espero que, cuando llegue el tsunami, no se sorprendan.
            ¡Quiero confesar! “Vuelva usted mañana”. Mañana es tarde. Es que si me pongo ahora se me enfría el chocolate.
            Está visto. El memorial de agravios podría extenderse hasta el infinito. Desde el alcaldillo que te saca las tripas a impuestillos, hasta la alcaldesilla que reza por las familias de las víctimas de su gestión poco cuidada, ¡que no van a volver mañana!
            Aquí y ahora ya todo se ha instalado en el famoso “solo un dar me agrada, que es el dar en no dar nada”. Todo y todos ¡no! A escape y corriendo van los ministros de Hacienda y Finanzas a  la Europa matriz a buscar capital para la banca ¡Pero qué tendrá la banca! ¡Que será más difícil que un camello pase por el ojo de una aguja a que un banquero vea el rayo de luz que entra por el ojo de buey de un calabozo! A estos no hay que decirles “vuelva usted mañana”; ni preguntan, pues ellos mismos son los dueños e imponen las respuestas. Nos dicen, para taparnos los ojos, que tengamos esperanza. ¿Esperanza?, les respondo. “Acaso habrá de ser mañana”. Ya no es ayer; mañana no ha llegado. ¡Fue sueño ayer; mañana será tierra! ¡Ay de aquel mañana que no ha de llegar jamás!

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Sexo en equilibrio

Con el título solo he querido llamar la atención. Pero sí se trata, en las relaciones sexuales, de lograr una armonía entre ritmos distintos. Hay que acompasar el paso y no ir con la ventaja o la desventaja del paso cambiado. Creo que con una metáfora de la tradición del Tao se entiende bien. En la tradición taoísta el hombre es fuego y la mujer es agua. Esto es muy importante. No se trata de que el agua apague al fuego y ya está. Esta contraposición de elementos es el motivo por el cuál sostienen que sus respuestas sexuales son diferentes. La energía sexual del hombre (fuego, llama) se eleva rápidamente y luego explota; la de la mujer se parece más a un recipiente de agua fría que va calentándose hasta el punto de ebullición: se calienta y se enfría lentamente. Así para que ambos alcancen una cúspide de placer, el hombre debe aprender a ajustarse al ritmo de excitación de su pareja. Y para esto hay que tener voluntad y entrenamiento.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Dieciocho años después, El Nacional, de Els Joglars, vuelve a encantar. LA MENTIRA ES LA VIDA, LA VERDAD ES EL TEATRO


Musical, sátira social, gestión de una crisis abocada al desastre, crítica a todos los divismos e individualismos hipócritas e interesados, “sacacolores” a los burócratas y políticos vividores de la cultura sin hacer nada limpio por ella, vacuidad de las vanguardias, lucha entre el desencanto y la esperanza… todo esto ya estaba en la obra que se estrenó en 1993 y sigue de más actualidad, si cabe, hoy, en esta realidad del contexto social que está llevando la cultura al aniquilamiento por asfixia.

El Nacional es una obra total que cautiva y atrapa al espectador, al que nunca confunde. El cóctel teatral contiene los ingredientes ya conocidos en el teatro de Els Joglars: buenos textos, humor, sentido de la ironía, sarcasmo a veces, claridad crítica sin morderse la lengua, sin que haya institución alta o baja, persona de alcurnia y blasón o simple ciudadano que se salve del dardo bien dirigido. A estos ingredientes clásicos se ha unido ahora la actual precarización de la cultura, la degradación de la profesión de actor y la situación simbólica del deterioro real de la sociedad encarnado en un teatro que se va a derruir. Estos ingredientes se agitan con unos excelentes actores y actrices con mucha creatividad, excelente trabajo y dilatada experiencia a sus espaldas, y una dirección impecable del iconoclasta Albert Boadella, que con esta producción dirige a Els Joglars por última vez.

El escenario, un teatro de la ópera, decrépito, a punto de ser derribado para convertirse en una oficina de Bankia –soberbia ironía. Sobre el escenario un viejo acomodador, el Ramón Fontserè de siempre, del que nunca sabré dilucidar si la verdad es el hombre o la verdad es el actor, lo confundo. Él es don José y quiere resucitar el arte lírico; para ello pretende valerse de una pandilla de indigentes más que de indignados, que, con tal de dormir bajo techo, siguen el juego a este idealista obsesionado con un Rigoletto, que afirma que es de Shakespeare, aunque al  final ya se lo adjudique a Verdi.
            La singular compañía, con personajes minuciosamente dibujados: los músicos callejeros, la putilla, el carterista, el borrachín y la antigua mujer de la limpieza, que había aprendido las óperas de tanto escucharlas, quiere representar un proyecto del que no se atisba el fin. Estamos ante el esquema clásico del teatro dentro del teatro, conformando un ir y venir de la música operística a la peripecia, de la convivencia a las individualidades, de los hechos a la ficción. El puzle tiene linealidad y las piezas encajan perfectamente. Y en el fondo asistimos, además de a un espectáculo que encandila, divierte y hace pensar, a una verdadera lección de lo que debe ser el buen teatro, tanto en la práctica de los actores reales, como en la propia lección que lleva a cabo Ramón Fontserè, como don José, con esta compañía a la que tiene que adiestrar. Esta lección pone de manifiesto el desprecio a las malas imitaciones y a la improvisación en favor del buen trabajo; busca la naturalidad; y se vuelve sulfúrica cuando aparece la vanidad o el histrionismo. Evidentemente, aquí encontramos algo muy del propio hacer de Boadella: la autocrítica, en especial cuando se refiere a los actores bufones –recordemos su excelente libro Memorias de un bufón. Sin embargo el teatro es sagrado y merece un respeto; el teatro es la verdad, la mentira está en la vida; por eso, la primera lección del director reside en el leitmotiv  de “mirar y oler”, para poner de manifiesto lo obsceno y lo transgresor.
            El Nacional es una obra visionaria, creada en los primeros años noventa, que está más fresca y actual que nunca, pues anticipa la patética situación en que está la cultura y la propia sociedad española. Estamos ante una alegoría sutil, sensible, poética a veces, y demoledora en su crítica absoluta al arte prostituido, a la afectación de los actores y a las burocratizaciones, encarnadas estas en los sindicatos y en los gestores culturales. Se me ocurre definir esta obra como un espectáculo que tuviera en sí mismo, además de su propio contenido, otras raíces agarradas en las referencias culturales del esperpento valleinclanesco, el humor irónico berlanguiano, el pellizco buñuelesco y un toque surrealista del Cuerda de Amanece que no es poco.
            
Es justo, en esta creación coral, alabar la presencia de Fontserè, tierno e implacable con sus “tics”; y junto a él, Jesús Angelet, grande; Minnie Marx, grandísima; Pilar Sáenz y Dolors Tuneu, imprescindibles; Xavi Sais y Lluís Olivé, impecables; y Begoña Alberdi, en el papel de la soprano Manuela Castadiva y Enrique Sánchez-Ramos como el barítono Peñón, que al arte de una interpretación excelente unen el no menos extraordinario del bel canto. Una lección de interpretación, en suma.
            Este deleite teatral considero que no estaría cerrado sin una moraleja. Esta enseñanza moral sería la de hacernos saber que, ante los tiempos duros y la adversidad, no hay que buscar las causas de los problemas y las soluciones solo en los otros. Tenemos que ser todos, comprometidos con una realidad que no es individual sino colectiva, quienes luchemos, arrimemos el hombro y aportemos el grano de arena para cambiar un mundo que no nos gusta ni poco ni mucho ni nada.
            Enhorabuena, una vez más, al teatro de Rojas por hacer por la cultura cívica y por el teatro lo que pocos ya se atreven a hacer en este páramo insensible que nos rodea.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Alegre o dolorido sentir de las palabras




El teatro de Rojas de Toledo ha acogido el día de Todos los Santos el estreno nacional de La lengua madre, un monólogo escrito por Juan José Millas, interpretado por Juan Diego y dirigido por Emilio Hernández.

La lengua madre: un autor, un director, un actor y un texto. Teatro en estado puro a escenario desnudo. Palabras sobre la palabra y la perversión que supone su interpretación. La lengua tiene un orden formal, un conjunto de signos y unas reglas para combinarlos, pero ¡ay! el significado… Una palabra puede ser un elixir o un veneno, depende de su valor denotativo o connotativo, de la intención del autor o del propio acto ilocutivo del actor que representa. La lengua es una construcción social o no es nada, es el único tesoro del que cualquier persona se puede servir a manos llenas porque es de todos. Escribo así porque ahí está el veneno que nos presenta Juan José Millás en su texto, cuando la “lengua madre” se ve pervertida por quienes quieren crear confusión en los mensajes, retorciendo sus significados, para que su relación con la realidad ya no tenga que ver con el juanramoniano “intelijencia dame el nombre exacto de las cosas”.
Texto inteligente de muchas lecturas, saltando de palabra en palabra de un imaginario diccionario, en el que sobresale el humor y la ironía a que nos acostumbra Millás. Basta con el cambio de universo del discurso o del mundo de referencias de la palabra para que el humor surja y el público pase de la sonrisa a la carcajada. Pero esto no es una comedia, no es una astracanada, es un texto muy serio que utiliza la reflexión sobre las palabras del diccionario para poner en un brete a la sociedad en que vivimos, capaz de distorsionar y destruir lo que convenga al “Dios Mercado”, a lo que no es ajeno un lenguaje lleno de “balas asesinas”, que engaña poniendo el acento asesino en las balas cuando debiera ponerlo en las personas. Pero no todo es desguace. El texto se encuentra entre el amor y la zozobra y se inspira, pienso yo, en los ojos de niño, asombrado unas veces, fascinado otras, con los que mira la vida Millás, y también en el carácter solidario que venimos apreciando en su larga trayectoria de articulista, en donde su reflexión reivindica, denuncia y se compadece. En la obra hay momentos especialmente tiernos, aquellos en los que el protagonista recrea su infancia y va descubriendo los significados de las palabras que se esconden tras sus imponentes significantes. En el fondo, la lengua le fascina.
Sobre el escenario un actor, Juan Diego, realiza un esmeradisimo trabajo para dar vida y poner enhiesto y en equilibrio un texto nada fácil. Pero, ¡ay! amigos, decir Juan Diego es mentar palabras mayores en el mundo de la escena. Comprometido consigo mismo, con su profesión y con la vida, este texto le viene como anillo al dedo para desarrollar su talento, que no es un don celeste, sino una amalgama de estudio y experiencia que hacen de él un actor con carácter y con formidable presencia escénica. Él solo llena el escenario. Un gesto de su cara te transporta de la rabia a la ternura sin solución de continuidad. Ese es el Juan Diego que hemos visto en el teatro de Rojas, un actor de raza: a veces tierno y a veces fiero e implacable con los que maltratan las palabras. Su alegre o dolorido sentir lo ha compartido a la perfección con el público.
Y entre el autor, el actor y el texto, también sobresale la mano del director Emilio Hernández que ha debido hilar muy fino con tan pocos, pero tan buenos, mimbres, para lograr una puesta en escena que entreteje la exposición y el argumento, que ofrece grandes cambios de tono y de ritmo y que consigue motivar las emociones para que el espectador pase de la risa a saltársele las lágrimas ante las diversas situaciones a las que se ve abocado.
El público toledano irrumpió en aplausos en varias ocasiones para subrayar el acuerdo con lo que el actor expresaba en el escenario. Al final las salvas se acrecentaron hasta el punto de que actor, autor y director debieron saludar repetidamente. Aplausos a los que me sumo desde esta pequeña atalaya.

Día de Difuntos de 2012


En atención a que no tengo gran memoria, circunstancia que no deja de contribuir a esta especie de felicidad que dentro de mí mismo me he formado, no tengo muy presente en qué artículo escribí que vivía en un perpetuo asombro de cuantas cosas a mi vista se presentaban. Acaso no lo he escrito nunca y hoy me supongo lo he escrito. Pero suponiendo que así fuese, hoy, día de difuntos de 2012, declaro que si tal dije, es como si nada hubiera dicho, porque en la actualidad maldito si me asombro de cosa alguna de lo que pasa en este hogar patrio. ¿Digo patrio? Hoy todo es máscara. He visto tanto, tanto, tanto... Y lo que sí me sucede es no comprender claramente todo lo que veo, y así es que al amanecer un día de difuntos no me asombra precisamente que haya tantas gentes que vivan; sucédeme, sí, que no lo comprendo. Lo que en verdad me oscurece el pensamiento es que tanta gente viva como muertos insensibles a los mordiscos y mentiras que cada viernes, como si fuera un infierno o una manada de leones, lanza el gobierno. ¿He dicho gobierno? ¡En qué estaría pensando! Ayer, día de los Santos me encomendé a todos ellos y en ese entretenimiento andaba lleno de esperanza cuando vino a cubrir mi frente una nube de melancolías. Fíate de la Virgen y no corras, se me pasó por la cabeza. Y vino a mi recuerdo la farsa y licencia de quienes se llevan el capital, miles de millones, de la patria a lomos de su egoísmo, mientras aquí nos recortan las alas y la sopa, que ya es boba para muchos, como bien apunta el indicador superlativo que avisa cómo crece la pobreza. Es cierto que no tengo gran memoria pero la nostálgica añoranza de un no sé qué me la aviva. Quiero dar una idea de esta melancolía: un hombre que cree en la amistad y llega a verla por dentro, pero que se pierde por un quítame allá ese puesto en un país que ya lo es de cesantes, un patán con ínfulas que no piensa pero cree que el suyo es el único pensamiento,  una pareja de enamorados que se comen el mundo, se casan, y a los dos días si te vi no me acuerdo, un ahorrador al que un desalmado burócrata avaro de una oficina bancaria le ha vendido un puñado de letras pequeñas y le ha dejado sin ahorros, sin ilusiones y con angustia en el corazón y hambre en el estómago, una viuda que tiene asignada pensión sobre ese fondo que nunca se iba a tocar y que parece que toca fondo, a la que no le alcanza para el copago de las medicinas, la subida de la luz, la tasa de basuras y dar de comer al hijo que viene a casa de nuevo porque su familia se ha roto y el subsidio del paro ya se ha terminado, uno que corre tras la felicidad sin encontrarla en ninguna parte, un periodista sometido a las leyes de la autocensura cuando no de escribir aquello que el amo quiere oír porque no hay otra, la libertad, sí la libertad, que no es posible a poco que rasquemos en la vida, el estudiante que no estudia porque no es posible que le sustenten y le sostengan las tasas unos padres que ya solo conduran y estiran los pequeños ahorros de una vida de sudor y lágrimas, un ministro soberbio mofándose de España y de su soberanía representada en el Congreso, un presidente de Cortes autonómicas que afirma que su mandamás o su madama hace milagros ¡rediós!,  los bullicios y alegrías de esa modernidad que llaman halloween, en fin, la visión del mundo de una sociedad muy chata, callada y atragantada de mentiras que digiere y devuelve a manera de egagrópilas, todo es causa quizá de esta melancolía estructural y universal que me invade, me acosa, me oprime y me abruma en este día de difuntos. Sentado escribo en este sillón en el que me revuelvo, como quien se revuelve en un sepulcro, que es sepulcro de todas mis meditaciones, y tan pronto me doy palmadas en la frente por ver si despierto de esta realidad, como sepulto las manos en mis faltriqueras, a guisa de buscar mi dinero, como si mis faltriqueras fueran el pueblo español y mis dedos otros tantos Gobiernos, o alzo la vista al cielo como si en calidad de bienpensante no me quedase más esperanza que en él, ora acaso de vez en vez, entre frase y frase, la bajo avergonzado como quien ve un apestado más de los que huelen a fragancia cara comprada con el sudor del ya casi lumpen. ¡Día de difuntos!, me digo, y a punto estoy de gritarlo por la ventana entreabierta, pero reprime la voluntad el vecino de enfrente que ha salido a fumar al fresco de la terraza. A lo lejos se oye la voz funeral de la campana. En ella oigo el estertor simbólico de la cultura y pienso que solo ellas, broncíneas, morirán colgadas. Ni la justicia divina ni la humana pueden hoy con los dioses ni con los hombres oscuros que se empeñan en rebanarnos y cercenarnos la vida. Sin embargo la melancolía no me retiene, me lanza a la calle. Quizá el estado me pierde y no fue hoy sino ayer. Las gentes serpenteaban en la calle en largas procesiones con crisantemos y otras flores de infinitos colores, iban ¡oh Dios: ¡al cementerio, al cementerio! Yo veía rostros, eran los rostros de los desahuciados, los de los lunes al sol, los dependientes, cuya dignidad vital nos había costado tantas energías y sacrificios, los maestros en trance de volver a aquel pasado inmundo, los alumnos del pueblo llano fríos y escasos de atenciones, y la cultura arrinconada, olvidada, perdida. Todas esas caras iban con flores de plástico ¡al cementerio! Un techo que se queda el banco que te dio el crédito sin que nada acreditases es importante, y lo es la educación y la cultura, que ayudan a formar personas críticas con valores. Esas gentes iban con sus flores tristes ¡al cementerio! Era como un movimiento de protesta multitudinario y silente, con dignidad y claridad de ideas, camino del cementerio, sin que sus voces las oiga o las escuche el gobierno, y el eco se pierda entre el plástico multicolor de las flores que adornarán tumbas. La melancolía se vuelve rabia cuando pienso que el gobierno, los gobiernos, quieren aliviar la deuda del este país con los lápices y los cuadernos de los colegios, mientras salvan a los bancos y condenan a los hipotecados. Procesión de gentes al cementerio. Y veo otras gentes poderosas, a las que hemos votado para que nos representen y nos defiendan, y no enarbolen la bandera del pueblo, no, andan con sus cosas, sus discursos de madera y la misma expresión, que es toda una cosmovisión de lo que son y lo que pretenden: ¡Virgencita que me quede como estoy! ¿Y si el cementerio está en cada casa, en cada uno de nosotros? ¿Y si cada corazón es la urna cineraria de una esperanza o de un deseo? ¿Y si el cementerio es no saber ir todos a una? Hay que mirarse en el espejo y resucitarse a la vida si uno se ve muerto en vez de visitar los cementerios. No estoy contra los afectos que no mueren cuando mueren los seres que amamos. Pero estoy más con la vida envuelta en celofán de la desesperanza que veo en cada joven con maleta y cara triste, en cada padre que no tiene para la educación con futuro de su hijo o en quien se acobarda, porque no hay otra, cuando no le dispensan el medicamento,  es caro y la seguridad social ya no los tiene en su catálogo. Día de difuntos de 2012. El mundo todo es lápidas. Aquí yace la dignidad mancillada y aquí la legitimidad. Una figura colosal de mármol negro llora encima. ¿Y este mausoleo a la izquierda? Aquí yace el valor castellano, con todos sus pertrechos. R.I.P. Los Ministerios: Aquí yace media España; murió de la otra media. Aquí yace el silencio de las gentes y su escaso compromiso para salir de este pozo en que nos hunden. Aquí yace la inquisición, hija de la fe y del fanatismo: murió de vejez, pero su espíritu habita entre nosotros. Al fin en una esquina encuentro un túmulo gigantesco y un letrero que reza: Información. ¡Dios mío! ¿Qué esto? ¡La cárcel! Aquí vive muerta la libertad del pensamiento. En España, en el país ya educado para instituciones libres desde aquel 1812 y el más cercano 1978, ahora el llanto informativo busca ovejas/hombres, como queriendo escribir un grafiti que diga: aquí el pensamiento reposa, en su vida hizo otra cosa. Es el sepulcro de la verdad. Por todos lados sepulcros de mentiras. Allí el catafalco de la bolsa, con su epitafio: Aquí reside/yace el crédito español. Y aquí el sepulcro de Europa al que unos caballeros de negra librea tratan de clavar el suyo que no leo, no me alcanza ya la vista. ¡Ah! Y las Cortes. El Salón de Cortes. Fue casa del Espíritu Santo; pero ya el Espíritu Santo no baja al mundo en lenguas de fuego. Me rasqué un poco la cabeza acordándome de mi patria manchega y pensé, no sé si en voz baja, “Aquí yace el Estatuto. Vivió y murió en un minuto”. Desmelancolizado volví a mi casa. Miré por la ventana los árboles, aún con hojas, que el viento de la tarde del día de difuntos movía con tranquila suavidad.
Antonio Illán-Noticiasdigital.es

domingo, 28 de octubre de 2012

"Calígula", teatro y ética absurda de actualidad


Cosmoarte, con Joaquín Vida en la dirección y un excelente elenco de actores, ha estrenado en el teatro de Rojas de Toledo el complejo texto de Albert Camus, Calígula, un obra viva, escrita en 1938 y estrenada en París en 1945, que mantiene la frescura de las ideas y la esencia y las circunstancias precisas para servir de provocación en un contexto social de crisis como el que ahora vivimos.

En Calígula están las claves de la poética de la filosofía existencialista de Camus, que plantea el sinsentido de la vida ante la inminencia de la muerte, lo que provoca el miedo, la angustia, la imposibilidad de ser feliz y la necesidad de rebelarse en un intento de encontrar precisamente salida a esa existencia agobiante. La circunstancia la resuelve el autor con el personaje símbolo de Calígula, que reduce la libertad a un único individuo, el que posee el poder, y a los súbditos los convierte en títeres en sus manos, y que expresa su objeto de deseo como la búsqueda de lo imposible (su primera síntesis escénica es formulada en la expresión: “Quiero la luna”). El contexto hace referencia a la situación social de una Roma en crisis, donde el control del tesoro público está muy por encima del valor las personas. Y aquí está el nudo que ata el Calígula de Camus con el presente, pues él no habla tanto del desastre del poder totalitario como de otra tiranía más insufrible, la tiranía económica. De ahí que la depravación y muerte que en la obra se relata tiene que ver con el afán recaudatorio extremo de Calígula que esquilma al pueblo ya sea por fas o por nefas.
Joaquín Vida ha respetado el texto, y su propuesta ofrece, con ese lenguaje bestial y poético que caracteriza los diálogos de Calígula, los consabidos temas universales sobre el sentido de la existencia del hombre, el amor y la fidelidad, la traición, el instinto enfrentado a la razón, la venganza, la hipocresía, la sinrazón del poder cuando se siente absoluto,  la búsqueda de lo verdadero, la carencia afectiva, el exceso del goce material y la nada. Y así mismo nos muestra, a través de una teatralidad atrevida con un sesgo de humor trivializado, la mentira simbólica de las creencias y de los mensajes vacíos de referentes.
La trama trata del joven Calígula, un emperador relativamente aceptable hasta la muerte de su hermana y amante Drusila, que ha experimentado, a partir de ésta, un cambio de cosmovisión. De pronto advierte que el mundo no es satisfactorio, que los dioses no existen, que no hay plan, ni justicia, ni valores más allá de la pura construcción de los hombres. Desde entonces, obsesionado con lo imposible y envenenado por el desprecio y el horror, trata, a través del asesinato y la perversión sistemática de todos los valores, de ejercer la libertad.
Así, en la peripecia podemos apreciar perfectamente, bien resaltado por Joaquín Vida y la propia expresión de los actores, los verdaderos ejes del teatro de Camus: el sentimiento de lo absurdo, la desesperación y el “sabor a sangre en la boca” que provoca en su inmediatez la muerte de Drusila; el razonamiento absurdo: durante tres días Calígula se ausenta del palacio y de los hombres para reelaborar en su interior la experiencia de la muerte y reflexionar; y, como conclusión, una ética absurda, pensamiento transformado en praxis, que irradiará en adelante en todas sus acciones de horror y perversión.
Lucidez, rebeldía, conciencia del límite y necesidad de vivir sin apelación, libertad de acción son conceptos que casan con este personaje dios-hombre “sujeto que lucha por su verdad”, a la manera del héroe idealista creado por Ibsen en Un enemigo del pueblo.  Pero lo cierto es que este sujeto hacedor e ideólogo se equivoca, y podemos hablar perfectamente de Calígula como héroe y antihéroe absurdo.
Teatro para reflexionar, para provocar y para enseñar deleitando, este excelente Calígula de Joaquín Vida y Cosmoarte que se ha estrenado en el Rojas de Toledo, con una escenografía funcional, unos figurines de época con la intromisión de algunos contrastes humorísticos kitsch y una, a mi modo de ver, inapropiada aparición de Calígula en calzoncillos.
La actuación de Javier Collado Goyanes (Calígula), que ha ido creciendo según avanzaba la función y siempre que expresaba las pasiones humanas más que las divinas, Alejandra Torray (Cesonia), Fernando Conde (Helicón), una presencia que ha dado vida a la escena por gesto y por contraste, Héctor Melgares (Escipión), José Hervás (Quereas) con su voz y su entonación tan perfecta para orientar la modalidad de cada mensaje, Antonio Gálvez (Lépido), César Sánchez (Senecto/Casio), Ángel García Suárez (Metelo), Xabier Olza (Mucio) y Aurora Latorre (esclava), con la visión que siempre pone Vida, ha proporcionado al público toledano más de dos horas de goce teatral.
Esta nueva propuesta escénica del ya clásico Calígula es un espectáculo muy digno y una apuesta comprometida y seria en el contexto difícil en el que se mueve el mundo del teatro en la actualidad.
           El Teatro de Rojas de Toledo ha vuelto a poner de manifiesto su responsabilidad con la cultura y su tino para programar calidad a buen precio.

jueves, 25 de octubre de 2012

España en entretelas


España está de rodillas y no atina ni con la oración ni con el Dios al que rezar. Eso que llaman “crisis” nadie acierta a definirlo. Aquí parece que alguien, desde no se sabe dónde, ha gritado: ¡sálvese quien pueda! Y todo el mundo ha echado a correr por donde menos cantos hay. El desarticule social es evidente. Cada vez votan menos y se manifiestan más. Y los que votan parece que van rezongando eso de ¡madrecita que me quede como estoy! España está de rodillas ante los propios españoles que la esquilman. Ciega, de rodillas y atontada, como absorta, viendo a los del “toma el dinero y corre” llevándoselo a espuertas, con los chinos o con sus argucias financieras. Es evidente que a los bancos, a los ricos, a los latifundistas, a los de los bolsillos de cristal y las cuentas en Suiza o las Bahamas, a los grandes, medianos e más chicos esto que por ahí fuera aún llaman España les importa un carajo. Aquí hay quien pierde y pordiosea, quien engaña, empeña y malbarata, quien quiebra y perece, y luego está el logrero de siempre que goza los pingües beneficios. España no parece un Estado sólido. España no es una nación en toda la extensión de la palabra para el conjunto de sus habitantes, o no se siente como una nación. Tampoco es un idioma. Ni siquiera es un territorio. España está quedando solo como un tópico. Esto es lo que veo desde dentro de esta piel de toro. La España que tenía su base de cohesión en las clases medias y se conformaba como una categoría pequeñoburguesa con un más propagandístico que esencial estado del bienestar, pero con un cierto bienestar, es una España en entretelas que tiende a desaparecer si no logra algún espíritu épico que la levante. Necesita ideas cimentadas en la razón y el argumento que se traduzcan en hechos y que no sean tan endebles como el manido sentido común o la relamida ilusión, es decir, se necesita una ideología común para la mayoría de la masa crítica que se sustente en hechos reales y organizaciones efectivas, eficaces y eficientes, y no en discursos evanescentes que tejan edificios sobre la inconsistencia de la nada. No soy más pesimista que Larra, pero la situación es la de un barco a la deriva y una cierta propensión a que haya un buen puñado de maletillas que digan ¡aquí estoy yo! y se lancen al ruedo a torear con una camisa y una vara por todo bagaje, sin reprimir su fiera condición, su furia y su ambición. Estamos en una España cubista que escucha la música sinfónica de los bosques sin mirar a los pájaros. ¿Y eso qué es?, me dirán los hermeneutas que leen en la superficie de la vida. Esto es España, un rostro picassiano o un guitarra de Braque. La España de la pancarta no se aúna, la mayoría silenciosa está más silente que nunca, como atrofiada por un reúma de siglos e impávida ante el vuelva usted mañana de cualquier servicio público. La España de la procesión saca pecho y a la destrucción llama “hacer lo que hay que hacer”, ¡formidable hallazgo!, ¡imponente análisis! Y yo sueño que estoy aquí de estas prisiones cargado, y soñé que en otro estado más lisonjero me vi y moriría por plantarle una fresca al lucero del alba, léase a la Europa que nos subyuga y nos cornea, especialmente esos a los que les levantamos entre todos de dos guerras que perdieron bien perdidas.  Y a pesar de los pesares, no me amarro al pesimismo, pues creo en un país capaz de esfuerzos y felicidades. Claro que, para ello, casi hay que pedir un imposible: que cumpla cada español con sus deberes de buen patricio, y, en vez de alimentar nuestra inacción con la expresión del desaliento, contribuyamos cada cual a las mejoras posibles y dejemos ya de pensar que los tres no son más que dos, y el que no es nada vale por tres. Y, como dice la Biblia, el que tenga oídos para oír que oiga. Pues eso.
Antonio Illán-Noticiasdigital.es

jueves, 18 de octubre de 2012

Europa que ansiosa nos devora


“Miseria y avidez, dinero y prosa, en vil mercado convertido el mundo, los arranques del alma generosa poniendo a precio inmundo, cuando tu suerte y tu esplendor preside un mercader que con su vara mide el genio y la virtud, mísera Europa, y entre el lienzo vulgar que bordó de oro muerto tu antiguo lustre y tu decoro, como a un cadáver fétido te arropa”. ¿Quién iba a decir que José de Espronceda a mediados del siglo XIX retratase tan bien esto que ahora vemos, la Europa que nos devora ansiosa de oros para sus ricos y pisoteando los derechos de quienes viven de su inteligencia y de sus brazos. “Cuando a los ojos blanqueada tumba centro es tu corazón de podredumbre, cuando la voz en ti ya no retumba, vieja Europa, del héroe ni el profeta, ni en ti refleja su encantada lumbre del audaz entusiasmo del poeta, yerta tu alma y sordos tus oídos, con prosaico afanar en tu miseria, arrastrando en el lodo tu materia, sólo abiertos al lucro tus sentidos, ¿quién te despertará? ¿qué nuevo acento, cual la trompeta del extremo día, dará a tu inerte cuerpo movimiento y entusiasmo a tu alma y lozanía?”. Si es que la historia ya nos la escribieron otros. Si es que ahora también toca gritar y luchar y pedir y denunciar y no callar y destruir la oscura mano que nos ahoga poco a poco y bajar del pedestal las mentiras que ondean como banderas y pensar y sentir que todos a una somos como Fuenteovejuna. Y con Espronceda nos podemos preguntar quienes sentimos este fuego que caldea al pueblo: “¿Qué me importa, si provoca mi voz la befa de las almas viles, morir qué importa en tan gloriosa lucha, qué importa, envidia, que tu diente afiles?”. Y en manteniendo un halo de esperanza, espero aún no gritar con este español y “numantino” aquello de “Yo cantaré: la humanidad me escucha; yo volaré donde la tumba oculta la antigua gloria y esplendor del mundo; yo con mi mano arrancaré la losa, removeré la tierra que sepulta semilla de virtud, polvo fecundo, la ceniza de un héroe generosa, y en medio el mundo, en la anchurosa plaza de la gran capital, ante los ojos de su dormida, degradada raza arrojando sus pálidos despojos, ¡oh avergonzados! gritaré a la gente. ¡Oh, de los hombres despreciable escoria, venid, doblad la envilecida frente, un cadáver no más es vuestra gloria!”. Y a todo esto, ¡Felicidades Europa! por el premio Nobel de la Paz. Aquí y ahora ya no hay seducción, hay artificio.  Todos los discursos están amenazados por esta odiosa reversibilidad que hace que sus propios signos carezcan de cualquier rastro de sentido. ¿Hay alguien que entienda algo? ¡Que lo explique! Me fascina Francia, admiro a Suiza, amo a Italia, siento a España, pero Europa ha dejado de ser la madre de todas mis madres para ser solo un mapa lleno de rayujos y un lugar donde se cuecen las perversidades. ¿Sentirme europeo? ¿Qué es eso? Europa no tiene identidad, es una suma casi de fronteras. Leed estos títulos: Europa. Una aventura inacabada, Buscando imágenes para Europa y Autorretrato a distancia. Creo que era María Zambrano la que afirmaba que ser europeo sólo significa "saber vivir en el fracaso". Pues no parece que estemos para tirar cohetes sobre el éxito de Europa, cuando en Gran Bretaña siguen queriendo plantear otro referéndum para ver qué les conviene hacer. O sea, que hay un poco de caos en este batiburrillo europeo que no es una identidad sino un “supermercado”. Pero esta reflexión a mí me ha llevado a Espronceda. Y doy gracias porque he vuelto a gozar con el “Canto a Teresa” y el “Para y óyeme ¡oh sol! yo te saludo y extático ante ti me atrevo a hablarte: ardiente como tú mi fantasía, arrebatada en ansia de admirarte intrépidas a ti sus alas guía”.
Antonio Illán-Noticiasdigital.es

domingo, 14 de octubre de 2012

Farsas y Églogas de Nao d’amores: un bocado teatral exquisito




El teatro de Ana Zamora y, por ende, el de Nao d’amores, es siempre un bocado de exquisitez cultural. Farsas y Églogas de Lucas Fernández es un espectáculo jacarandoso, festivo, a manera de juego que integra recursos textuales, musicales y escénicos y el propio público como un elemento más de la dramaturgia casi interactuando con los actores en el mismo escenario.
Ana Zamora y Nao d’amores acostumbran a ofrecernos un teatro basado en un profundo y pormenorizado estudio filológico, musicológico, folclórico y etnológico, que indaga en los pormenores del texto, en el autor que lo compuso y en la sociedad que refleja y para la que fue creado. Luego, la directora y su equipo de producción llevan a cabo el trabajo creativo exhaustivo para lograr un espectáculo dinámico, interesante, entendible y estético, que, sin perder sus raíces históricas, se adapte a los espectadores del siglo XXI.
Tuve ocasión de ver ya en su estreno, en marzo de este mismo año, la representación de estas Farsas y Églogas, coproducción de Nao d’amores con la Compañía Nacional de Teatro Clásico que ahora está dirigida por otra mujer grande de la dirección escénica, Helena Pimenta. Entonces en Madrid y ahora en Toledo hemos gozado con el teatro festivo que nos ofrecen estas farsas y églogas del salmantino, sacerdote bien acomodado y catedrático de música de la Universidad, Lucas Fernández, al que podemos considerar como el último eslabón de la tradición teatral medieval, castizamente castellano y hondamente religioso, un tanto retardatario para su tiempo, si lo comparamos con su maestro ya renacentista Juan del Encina.
Estas “Farsas y églogas al modo y estilo pastoril y castellano” (Salamanca, 1514) nos mantienen la atención, además de por la dramaturgia creada por Ana Zamora, su equipo de actores y la musicóloga Alicia Lázaro, porque ha sabido equilibrar en su justo punto la interesante aportación de Lucas Fernández, que tiene que ver con el sentido cómico, las gracias populares del mundo pastoril entendido más en su rusticidad que en una fantasía bucólica, el desenfado del lenguaje salpicado de alguna que otra procacidad (bien reforzada por lo gestual) y la simpática fanfarronería de algunos personajes.
El teatro de Lucas Fernández, en buena medida, es una parodia de la realidad de su tiempo, con jocosa ironía, que toma tintes festivos y se traduce en historias entrelazadas con bailes, música y canciones. Ese divertimento, basado en el realismo de época, ha sido perfectamente trasladado a la escena por Nao d’amores, que hace un trabajo exquisito con cinco de estas pequeñas piezas de las seis (tres religiosas y tres profanas) que nos legó este autor.
Ana Zamora ha buscado la autenticidad de un teatro con quinientos años de historia y ha logrado mostrarnos la realidad de los pastores y el mundo social en el que se mueven, la naturalidad de su lengua, el verismo de sus vestidos y, sobre todo, lo auténtico de su sentir y su intensidad vital, en donde los amores, ya sean sacros ya profanos, siempre triunfan.
Al mundo zafio que nos rodea, que nos aprisiona a veces, es bueno que se asomen bocanadas de aire cultural, popular pero exquisito, como este que nos ha traído el teatro de Rojas y Nao d’amores. Un aplauso merecido.