sábado, 17 de octubre de 2026

Hybris e hibristofilia en la derecha y ultraderecha

La antigua Grecia tenía una palabra precisa para nombrar un vicio que consideraba especialmente peligroso: hybris. No era simplemente soberbia. Era algo más grave. Era la convicción de estar por encima de los demás, de las leyes, de la realidad misma. Era creerse elegido por los dioses y actuar en consecuencia. Los trágicos griegos sabían que la hybris siempre acaba provocando la caída del héroe. Lo que probablemente no imaginaron es que, siglos después, la encontraríamos cómodamente instalada en algunas partes significativas de la sociedad.

La derecha española ofrece un ejemplo particularmente llamativo de esta patología política. Su hybris consiste en considerarse la propietaria legítima de España. No una opción política entre otras, sino la depositaria exclusiva de la nación, de la bandera, del himno, de la Constitución y, si se descuidan, hasta del sol que sale cada mañana sobre la península. España parece pertenecerles por derecho de cuna ideológica. Los demás españoles son tolerados como inquilinos provisionales en una patria de la que ellos se consideran caseros.

Resulta difícil encontrar una expresión más acabada de la desmesura. Porque la patria, que debería ser un espacio compartido, se convierte en una finca privada. La bandera deja de ser un símbolo común para transformarse en una pulsera ideológica. Y el patriotismo se reduce a una curiosa habilidad: envolver intereses particulares en metros y metros de rojigualda.

Tan llamativa como esta apropiación simbólica es la enorme distancia entre sus discursos grandilocuentes y las necesidades concretas de la gente. Hablan sin descanso de España, pero mucho menos de los españoles. Se emocionan con los símbolos mientras votan sistemáticamente contra medidas destinadas a mejorar la vida de trabajadores, pensionistas y sectores vulnerables. El salario mínimo les parece una amenaza. La protección laboral, un obstáculo. Los servicios públicos, un gasto excesivo. Las pensiones, un problema contable.

Hay algo casi enternecedor en esta contradicción. Quienes llenan sus discursos de apelaciones patrióticas suelen mostrar una preocupación mucho más intensa por las cuentas de resultados de determinados grupos económicos que por las dificultades cotidianas de quienes dicen defender. La patria se invoca mucho; el patriota que llega justo a fin de mes, bastante menos.

El fenómeno adquiere rasgos casi caricaturescos cuando aparece la cuestión migratoria. El inmigrante pobre es presentado como un peligro para la identidad nacional, para los servicios públicos y para la convivencia. Sin embargo, si llega en avión privado, con cartera de inversiones y capacidad para especular con el mercado inmobiliario, la reacción cambia milagrosamente. Donde antes había alarma, surge hospitalidad. Donde había sospecha, aparecen sonrisas. Al migrante humilde se le exige que demuestre su utilidad; al millonario extranjero se le prepara una alfombra roja. Parece que el problema nunca fue venir de fuera, sino venir sin cartera de acciones.

Sin embargo, lo más fascinante de esta historia no es la hybris. La arrogancia política es vieja como el poder. Lo verdaderamente extraordinario es la existencia de una enorme hibristofilia política. Es decir, la fascinación que esa desmesura despierta en parte de la ciudadanía.


La hibristofilia, según la psicología, describe la atracción hacia individuos que transgreden límites morales o sociales. Trasladada metafóricamente al terreno político, ayuda a comprender un fenómeno difícil de explicar por medios puramente racionales: personas que aplauden políticas que perjudican directamente sus propios intereses.

Pensionistas que apoyan a quienes llevan años defendiendo fórmulas de privatización o debilitamiento del sistema público de pensiones. Trabajadores que respaldan recortes de derechos laborales. Ciudadanos que dependen de servicios públicos mientras votan a quienes consideran esos servicios una carga insoportable. Es como observar a un rebaño celebrando el programa electoral de los lobos porque estos prometen mantener el campo muy ordenado.

Y cuando se les señala la contradicción, la respuesta rara vez se basa en argumentos económicos o sociales. Lo importante no es qué se propone, sino quién lo propone. No importan los hechos, sino la identidad. No importa el contenido, sino la camiseta. La política deja de ser una deliberación sobre intereses colectivos para convertirse en una forma de fidelidad emocional.

Los griegos creían que la hybris era castigada por los dioses. Las democracias modernas son menos mitológicas. Aquí el castigo suele llegar en forma de deterioro de derechos, desigualdad creciente y frustración social. Pero para que la hybris prospere necesita algo más que dirigentes arrogantes: necesita admiradores fervorosos. Necesita esa hibristofilia colectiva que convierte la soberbia en liderazgo, la agresividad en carácter y el desprecio por los débiles en señal de fortaleza.

La gran paradoja de nuestro tiempo es que quienes más invocan a España suelen hablar poco de los españoles reales, de los que trabajan, enferman, emigran, cobran una pensión o esperan una vivienda asequible. Y, más sorprendente aún, muchos de esos españoles los siguen con una devoción digna de mejor causa. Como si la bandera pudiera llenar la nevera, como si el patriotismo pagara el alquiler o como si gritar "¡Viva España!" bastara para revalorizar una pensión.

Quizá los viejos griegos tenían razón. La hybris nunca desaparece. Simplemente cambia de escenario. Lo verdaderamente inquietante es comprobar que siempre encuentra público dispuesto a ovacionarla.