La
derecha española ofrece un ejemplo particularmente llamativo de esta patología
política. Su hybris consiste en
considerarse la propietaria legítima de España. No una opción política entre
otras, sino la depositaria exclusiva de la nación, de la bandera, del himno, de
la Constitución y, si se descuidan, hasta del sol que sale cada mañana sobre la
península. España parece pertenecerles por derecho de cuna ideológica. Los
demás españoles son tolerados como inquilinos provisionales en una patria de la
que ellos se consideran caseros.
Resulta
difícil encontrar una expresión más acabada de la desmesura. Porque la patria,
que debería ser un espacio compartido, se convierte en una finca privada. La
bandera deja de ser un símbolo común para transformarse en una pulsera
ideológica. Y el patriotismo se reduce a una curiosa habilidad: envolver
intereses particulares en metros y metros de rojigualda.
Tan
llamativa como esta apropiación simbólica es la enorme distancia entre sus
discursos grandilocuentes y las necesidades concretas de la gente. Hablan sin
descanso de España, pero mucho menos de los españoles. Se emocionan con los
símbolos mientras votan sistemáticamente contra medidas destinadas a mejorar la
vida de trabajadores, pensionistas y sectores vulnerables. El salario mínimo
les parece una amenaza. La protección laboral, un obstáculo. Los servicios
públicos, un gasto excesivo. Las pensiones, un problema contable.
Hay
algo casi enternecedor en esta contradicción. Quienes llenan sus discursos de
apelaciones patrióticas suelen mostrar una preocupación mucho más intensa por
las cuentas de resultados de determinados grupos económicos que por las
dificultades cotidianas de quienes dicen defender. La patria se invoca mucho;
el patriota que llega justo a fin de mes, bastante menos.
El
fenómeno adquiere rasgos casi caricaturescos cuando aparece la cuestión
migratoria. El inmigrante pobre es presentado como un peligro para la identidad
nacional, para los servicios públicos y para la convivencia. Sin embargo, si
llega en avión privado, con cartera de inversiones y capacidad para especular
con el mercado inmobiliario, la reacción cambia milagrosamente. Donde antes
había alarma, surge hospitalidad. Donde había sospecha, aparecen sonrisas. Al
migrante humilde se le exige que demuestre su utilidad; al millonario
extranjero se le prepara una alfombra roja. Parece que el problema nunca fue
venir de fuera, sino venir sin cartera de acciones.
Sin embargo, lo más fascinante de esta historia no es la hybris. La arrogancia política es vieja como el poder. Lo verdaderamente extraordinario es la existencia de una enorme hibristofilia política. Es decir, la fascinación que esa desmesura despierta en parte de la ciudadanía.
La
hibristofilia, según la psicología, describe la atracción hacia individuos que
transgreden límites morales o sociales. Trasladada metafóricamente al terreno
político, ayuda a comprender un fenómeno difícil de explicar por medios
puramente racionales: personas que aplauden políticas que perjudican
directamente sus propios intereses.
Pensionistas
que apoyan a quienes llevan años defendiendo fórmulas de privatización o
debilitamiento del sistema público de pensiones. Trabajadores que respaldan
recortes de derechos laborales. Ciudadanos que dependen de servicios públicos
mientras votan a quienes consideran esos servicios una carga insoportable. Es
como observar a un rebaño celebrando el programa electoral de los lobos porque
estos prometen mantener el campo muy ordenado.
Y
cuando se les señala la contradicción, la respuesta rara vez se basa en
argumentos económicos o sociales. Lo importante no es qué se propone, sino
quién lo propone. No importan los hechos, sino la identidad. No importa el
contenido, sino la camiseta. La política deja de ser una deliberación sobre
intereses colectivos para convertirse en una forma de fidelidad emocional.
Los
griegos creían que la hybris era castigada por los dioses. Las democracias modernas
son menos mitológicas. Aquí el castigo suele llegar en forma de deterioro de
derechos, desigualdad creciente y frustración social. Pero para que la hybris prospere necesita
algo más que dirigentes arrogantes: necesita admiradores fervorosos. Necesita
esa hibristofilia colectiva que convierte la soberbia en liderazgo, la
agresividad en carácter y el desprecio por los débiles en señal de fortaleza.
La
gran paradoja de nuestro tiempo es que quienes más invocan a España suelen
hablar poco de los españoles reales, de los que trabajan, enferman, emigran,
cobran una pensión o esperan una vivienda asequible. Y, más sorprendente aún,
muchos de esos españoles los siguen con una devoción digna de mejor causa. Como
si la bandera pudiera llenar la nevera, como si el patriotismo pagara el
alquiler o como si gritar "¡Viva España!" bastara para revalorizar
una pensión.
Quizá
los viejos griegos tenían razón. La hybris nunca desaparece. Simplemente cambia
de escenario. Lo verdaderamente inquietante es comprobar que siempre encuentra
público dispuesto a ovacionarla.

