sábado, 31 de octubre de 2015

El desafío escénico del teatro fecal

 Título: Las presidentas. Autor: Werner Schwab. Compañía: La Cantera. Dirección: Juan Dolores Caballero. Intérpretes: Ana Marzoa, Paca Gabaldón y Alicia Sánchez. Diseño de escenografía: Juan Dolores Caballero. Diseño de vestuario: Eva del Palacio  y Fernando Aguado. Iluminación: Mario Salas. Producción: Ángel Luis Colado

 Para hacer una crítica seria y justa de esta obra, "Las presidentas", y no tratar de engañar a los espectadores que asistan sin ser avisados del contenido que van a ver en esta función que, con mucho atrevimiento y buen trabajo, propone La Cantera Producciones Teatrales, hay que saber que fue la primera de Werner Schwab (1958-1994), autor austriaco, de infancia difícil, bebedor empedernido, del que se dice que escribía sus obras a altas horas de la noche mientras escuchaba música a todo volumen, y que fue encontrado muerto por intoxicación alcohólica el 1 de enero de 1994. También hay que saber que su obra se inscribe en lo que los alemanes llaman no ya “teatro escatológico”, sino directamente “teatro fecal”.
"Las presidentas", obra que hemos podido ver en el Teatro de Rojas, se estrenó en Viena en 1990, le valió a Schwab ser reconocido en 1992 con el premio al mejor autor teatral, otorgado por la Unión de críticos europeos.
Este preámbulo solo quiere justificar lo que escribiré a continuación y el evitar la opinión apresurada de aquellos espectadores que, ante el regodeo morboso del texto en situaciones sórdidas, asquerosas y repugnantes han podido llegar a pensar que este teatro es una mierda y abandonan la sala.
Yo, sorprendido también con un texto que no conocía, pero no alejado del concepto de este tipo de teatro que sí me es cercano, escribo desde el sosiego para decir que “Las presidentas”, en las que han realizado un trabajo encomiable Paca Gabaldón y Ana Marzoa y simplemente excepcional, Alicia Sánchez, es una especie de “esperpento austriaco”, descarnado, incisivo, corrosivo y desagradable que realiza una furibunda crítica social, desde las claves del humor negro, a la sociedad del bienestar y a los pilares de la sociedad biempensante: la familia, la religión y el Estado. Es lo que podemos llamar con toda las letras verdadero teatro antiburgués.
El propio Werner Schwab debió de pensar, tras su propia peripecia vital, que la “vida era una mierda”, pero que esa mierda estaba sustentada en causas perfectamente reconocibles, y no se reprime ni en el léxico ni en las ideas para poner sobre la escena ese mundo podrido, en el que la gente se engaña con la impostura, con la mentira, con el disimulo y con la ficción de la ilusión.  Yo afirmo que “Las presidentas”, aunque nos apeste en las narices y nos den arcadas ante lo que oímos o vemos representar, es un texto con fuerza, con contenido, en el que los elementos hiperrealistas se dan la mano con los puramente surrealistas, y todo se propone con desmesura y sumerge al público en una atmósfera inquietante, cargada de ironía, donde confluyen el drama y el humor. Es una obra del género grotesco que se enmarca en la corriente del expresionismo alemán y la renueva y que no es ajena a la muy natural y austriaca comedia negra. En cierto modo, este teatro revisionista y extremo ha sido calificado a veces como postmoderno.
En síntesis, esta obra que mantiene las unidades de tiempo y de lugar, pero en la que las acciones parecen no existir, salvo que `por acción entendamos más los monólogos que las conversaciones que mantienen tres mujeres de pocos posibles, ya maduras y con pensiones mínimas, que conviven en un edificio popular y viejo, pobre en suma, que se enfrentan no solo a las penurias de su existencia, sino a su soledad y a las ficciones con las que se engañan unas a otras y a sí mismas. No dialogan para compartir problemas y solidarizarse, sino para hacer más patente el estado morboso en el que viven. Esa falta de interacción y diálogo (es muy llamativo como se suelen expresar en tercera persona) hace que la obra nos parezca un concierto a tres voces, donde cada personaje mantiene su protagonismo amurallado. Por su carácter inverosímil y a la vez grotesco, se lleva la palma el personaje absolutamente fecal de Mariedl, interpretado por Alicia Sánchez.
Werner Schwab juega una partida de ajedrez con tres peones  y contrapone los planos del sueño y la verdad, la realidad y el deseo y nos muestra con estos tres peones/mujeres la metáfora de quien vive la impostura tras la capa de la fabulación y el espejismo; quizá  y sin quizá, es la metáfora de Austria, la patria del autor. Cuando ese pacto de ficción en el que viven es violado por uno de los personajes, la fecal Mariedl, que se atreve a realizar un discurso sobre la verdadera realidad,  las otras dos se abalanzan sobre ella y le cortan el cuello, con lo que, ya puestos a describir de manera escatológica, diré que la sangre de la muerta rima con la mierda interior de las asesinas.
Buen trabajo de dirección de Juan Dolores Caballero para equilibrar a tres actrices de larga trayectoria y sobrada profesionalidad, aunque, en mi opinión, debieran enunciar la frase con más nitidez, especialmente Ana Marzoa, a la que muchos finales de enunciados no se le terminaban de entender. La escenografía realista es coherente con el contenido de la obra. La iluminación delimita perfectamente los espacios escénicos. La interpretación hay que calificarla de excelente en los personajes encarnados por Ana Marzoa y Paca Gabaldón y “de premio” la de Alicia Sánchez.
          Y, como coda, tengo que afirmar que, si no nos paramos a buscar lo que hay detrás de las palabras y de las situaciones que el autor plantea en “La presidentas”, nos quedaremos con una panorámica completa sobre la defecación en todos sus pormenores, algo que viene a ocupar más o menos un tercio de la representación y que es lo que, sin duda, muchos espectadores no han podido soportar y han abandonado la sala con la poca educación en muchos de ellos de salir taconeando sobre la madera del suelo. Pero no hay que rasgarse las vestiduras, esto también es el teatro.

sábado, 24 de octubre de 2015

El mercader de Venecia de Shakespeare/Vasco, ¡genial!

 Con Eduardo  Vasco en el Teatro de Rojas

Título: El mercader de Venecia. Autor: William Shakespeare. Versión: Yolanda Pallín. Compañía: Noviembre. Dirección: Eduardo Vasco. Intérpretes: Arturo Querejeta, Toni Agustí, Isabel Rodes, Francisco Rojas, Fernando Sendino, Rafael Ortiz, Héctor Carballo, Cristina Adua, Lorena López y Jorge Bedoya. Escenografía: Carolina González. Vestuario: Lorenzo Caprile. Iluminación: Miguel Ángel Camacho. Selección y adecuación musical: Eduardo Vasco, sobre piezas de J. Brahms y F. Schubert. Producción: Miguel Ángel Alcántara.

Arturo Querejeta como Shylock


El mercader de Venecia de William Shakespeare, en versión de Yolanda Pallín, con la dirección de Eduardo Vasco, que ha puesto sobre las tablas del teatro de Rojas la compañía Noviembre, es sencillamente genial.
Si de Shakespeare podemos afirmar que, más que pertenecer a una época, es de todos los tiempos, con la propuesta de Eduardo Vasco esta afirmación se hace enteramente real. La esencia de la obra, la acción, se mantiene como el creador la imaginó; el texto lo ha aligerado Yolanda Pallín y lo ha actualizado incluso con algunas referencias graciosas más propias de nuestro mundo que de la Inglaterra del XVI, para facilitar la comprensión; el tiempo en el que se desarrolla la acción lo imagina Vasco en una evanescente época romántica, de la que hacen gala los figurines de Lorenzo Caprile, más los masculinos que los femeninos; y la escenografía es del género imaginativo, funcional y minimalista propio de esta época en la que vivimos.
El mercader de Venecia es uno de los dramas “acomediados” (hay momentos dramáticos y otros más amables incluso graciosos) más célebres de Shakespeare, con una acción de una trama compleja que se puede simplificar en los siguientes aspectos: Bassanio, noble veneciano, ama a Porcia, dama bella y rica. Para ser su pretendiente necesita tres mil ducados, que, como no los tiene, se los pide prestados a su amigo el mercader Antonio, pero este no dispone de liquidez, que espera conseguir en breve cuando lleguen los diversos barcos que en los que tiene su inversión. Para salvar la dificultad y ayudar al amigo, Antonio pide un préstamo al judío Shylock, a quien en ocasiones ha tratado con desprecio. Cierra el contrato con una cláusula singular: Shylock obtendrá una libra de carne de Antonio si este no le devuelve el dinero en el tiempo fijado. Entretanto, los pretendientes de Porcia van pasando por una extraña prueba en la que tienen que elegir entre tres cofres. Uno tras otro eligen el cofre equivocado al señalar siempre los más valiosos, excepto Bassanio que acierta con la fórmula y logra su propósito. La hija de Shylock se fuga con un amigo de Bassanio y el judío enloquece. Los barcos de Antonio, uno tras otro, naufragan, con lo que el mercader pierde su fortuna y no puede devolver al judío el dinero en la fecha convenida. Finalmente se celebra un juicio en el que únicamente la inteligencia de Porcia, disfrazada de abogado, logra desenmarañar la madeja legal en que se encuentra atrapado Antonio y que, con una sagaz interpretación de las leyes y de la letra del contrato las tornas se vuelvan contra Shylock.
En realidad, Shakespeare propone el enfrentamiento de emociones, valores y sentimientos universales positivos y negativos: amor y odio, desprecio y deseo de venganza, ambición, engaño, el imperio de la ley y su interpretación, la avaricia, la usura, las cláusulas abusivas de los contratos, el perdón, la búsqueda de libertad de las mujeres frente a la opresión de la familia, la rigidez de las creencias, la amistad, y la clemencia.
Pero todos estos conceptos que ayudan a la reflexión, quedan perfectamente hilados en la dramaturgia que se propone y que gira esencialmente alrededor de la figura de ese gran personaje teatral que es Shylock, el usurero judío que fija en el contrato de préstamo la cláusula para cobrárselo con una libra de carne del mercader veneciano Antonio. Alrededor de este asunto se desarrollan otras acciones, también importantes, de las relaciones amorosas de tres parejas y las situaciones familiares singulares de dos de ellas por su relación desigual, bien sea por diferencias económicas, religiosas o sociales. Pero será el valor de la clemencia el que se destaque y el que resuelva las diferentes situaciones con finales que no llevan al desastre. Como bien se dice en uno de los pasajes más citados de la obra: “La naturaleza de la clemencia consiste en no ser forzada; ella desciende dulcemente como la suave lluvia del cielo sobre la tierra que tiene debajo; es dos veces bendita; bendice al que la concede y al que la recibe… la clemencia atempera la justicia”.
El mercader de Venecia es una gran obra clásica, ajustada por un creador moderno en plena madurez teatral, Eduardo Vasco, a la escena que hoy se requiere. Su trabajo es perfecto en la concepción general y en los detalles, en la dirección de los actores y en el logro de un equilibrio en la representación, en la que todo parece sencillo y natural, aunque es perceptible que cada gesto, cada movimiento, cada cambio en los escasos elementos escenográficos, cada diálogo que se acelera o se entrecorta, cada música que suena, cada matiz de la iluminación…todo está perfectamente estudiado y calibrado.
Todo sería nada sin la labor profesional de Noviembre, una compañía que nos ha deleitado con una interpretación sublime. Toni Agustí ha dibujado un Bassanio romántico y apasionado; Francisco Rojas ha vestido con pulcritud los estados de éxito, de fracaso, de amistad y de aceptación de la ley de Antonio; Rafael Ortiz ha sabido medir con exactitud la simpatía de Lanzarote; Héctor Carballo (Lorenzo), Fernando Sendino (Graciano), Cristina Adua (Yéssica), Lorena López (Nerissa) y Jorge Bedoya (pianista y Salerio) han estado excelentes y han sabido combinar los momentos pintorescos con los más serios con maestría; Isabel Rodes ha encarnado una Porcia espléndida, con la fuerza y la seguridad de quien, además de las acciones que le pide la escena, está dando vida a la dignidad de la mujer en un mundo de hombres; y el gran Arturo Querejeta una vez más parece que hace fácil lo difícil y ha representado un Shylock con la maestría de no hacer del personaje ni un avaro, ni un racista, ni un depravado, sino un ser humano con las muchas caras a que le obligan las cambiantes circunstancias.
El mercader de Venecia de la compañía Noviembre es puro teatro, un placer para la cultura y una delicia para los espectadores que, con espectáculos como este, refuerzan su autoestima como consumidores apasionados de un arte eterno.

sábado, 10 de octubre de 2015

Un Don Gil muy divertido, con faldas y a lo loco

Título: Don Gil de las calzas verdes. Autor: Tirso de Molina. Compañía: Ensamble Bufo. Dirección: Hugo Nieto. Dramaturgia: Alberto Gálvez. Intérpretes: Jorge Muñoz, Natalia Erice, Sara Moraleda, Samuel Viyuela, Rafa Maza/Didier Otaorla y María Besant. Vestuario: Paola de Diego. Iluminación: Felipe Ramos. Música: Miguel Magdalena. Producción: Teatro de Acción Candente.

El Teatro de Rojas de Toledo nos ha ofrecido el estreno nacional de la obra de Tirso de Molina Don Gil de las calzas verdes, en versión actualizada de Alberto Gálvez. ¡Una gozada! La compañía Ensamble Bufo ha puesto en escena un texto fresco que ha respetado la esencia de lo clásico y lo ha complementado con el desenfado de la modernidad. Los enredos de Tirso de Molina se han tejido y destejido con referencias a personas y situaciones de nuestro mundo, con un toque de humor provocante a risa muy de agradecer.
Si ya en el teatro de Tirso de Molina lucen las mujeres atrevidas y complejas, con conciencia y personalidad propias, bien perfiladas y con un sentido del honor que las acerca más al mundo de hoy que al propio en el que fueron creadas, en esta propuesta escénica el desenfado, el movimiento, el protagonismo y la dignidad de la mujer adquieren un realce especial, que solo lo equilibra en ocasiones el gracioso y asombrado criado Caramanchel.
La comedia es un alarde de enredos que se entrecruzan con la utilización de herramientas tan teatrales como el travestismo (la mujer vestida de hombre, en este caso), las identidades falsas, los engaños o la pérdida y hallazgo de cartas u objetos. La dramaturgia de Alberto Gálvez mejora el propio texto de Tirso, pues de vez en cuando realiza aclaraciones al espectador, al que ayuda a mantener presentes todos los hilos de la madeja. Aligerar a un clásico sin echarlo a perder y favorecer la teatralidad y la comprensión de la obra es un arte que no todos tienen y del que sí se hace gala en esta dramaturgia.
Este Don Gil de las calzas verdes, sin obviar la reflexión sobre ese mundo avaro de hombres (encarnado en personajes masculinos) que basan su vida en el puro interés frente a otras emociones más humanas, es un divertimento entretenido, en el que, por supuesto, las mujeres engañan a los hombres y no solo a los hombres, sino también a otras mujeres. Tirso de Molina subvierte el orden de los valores de su época; y en esta propuesta se mantiene la subversión y la ironía y la finura crítica del autor, pero se da un mayor sesgo humorístico, que no trivializa la obra, sino que la actualiza y la hace accesible al público heterogéneo de nuestro tiempo.
Ensamble Bufo ha realizado sobre las tablas del Rojas un trabajo extraordinario de representación en el conjunto y en los matices, en los movimientos y en la ocupación de la escena, en la expresión corporal y en los más pequeños gestos, y en una dicción del verso muy clara, que respetaba en equilibrio el ritmo sintáctico (algo poco habitual y muy de agradecer) y la rima. Fluidez y agilidad sí, pero sin dar cuartos a la estridencia. Cada signo estaba perfectamente articulado y coordinado en el sistema. La labor de Hugo Nieto y sus ayudantes en la dirección de actores hay que significarla especialmente.
Un espacio escénico funcional, con ausencia de toda referencia realista pero perfectamente estudiado, para que el vacío adquiriera significación real, y magníficamente iluminado, ha servido para que la acción fluya sin entorpecer la trama. El vestuario ha respondido a un diseño innovador muy interesante. La música de Miguel Magdalenainterpretada en escena también ha contribuido al conjunto del espectáculo tanto por su poder evocador como por la capacidad de aligerar y a la vez compartimentar la representación.
La función, tras lo dicho, adquiere su verdadera dimensión con la interpretación milimétrica de unas actrices y unos actores que no han dejado ni un ápice a la improvisación y no por ello han perdido naturalidad y coherencia. Lo serio y lo gracioso, la verdad y el engaño, la sugerencia y el mensaje directo han estado perfectamente diseñados, perfilados y puestos sobre la escena con una profesionalidad que dice mucho del trabajo minucioso que se ha debido hacer antes del estreno. El espectador sabe que todo es teatral pero lo encuentra perfectamente verosímil. Jorge Muñoz ha encarnado un Caramanchel pleno de matices con mucha gracia y sin dejarse arrastrar hacia la farsa; Samuel Viyuela ha modelado un don Pedro y un don Juan creíbles, más recio el don Pedro y más endeble el don Juan; el actor que hacía el papel de don Martín ha cumplido con creces; las actrices, espléndidas las tres; María Besant ha dibujado una doña Inés con una alegría contagiosa; Natalia Erice, en los papeles de Quintana y doña Clara, ha sabido moverse entre la energía y la emoción; y la talaverana Sara Moraleda ha dominado las tablas con empaque de cerámica, es decir, pura artesanía interpretativa.
Enhorabuena a la productora Teatro de Acción Candente por recrear este Don Gil de las calzas verdes, que, a buen seguro, tras este estreno en Toledo, va a triunfar en todos los escenarios en los que tengan ocasión de subirse.

miércoles, 7 de octubre de 2015

España en deconstrucción


La deconstrucción de España está en proceso. Aquí no se construye nada serio. Se multiplican los trozos del espejo roto que refleja la multirrealidad. Deconstruir es desmontar un concepto o una construcción intelectual por medio de su análisis, mostrando así sus contradicciones y ambigüedades. Lo poco positivo de este caso de España en deconstrucción es que no es para analizar y resolver las contradicciones, sino para que cada uno de los deconstructores arrimen el ascua a su sardina en el ansiado camino de alcanzar el poder, la influencia y el capital. España se deconstruye en los discursos y en los hechos. Los españoles y quienes reniegan de esta imagen de marca tampoco es que tengan cuerpo de análisis y cabeza para la reflexión. Aquí la masa es más del “Cuéntame” y del “Sálvame de luxe” y, si sale una vicepresidenta del gobierno o un candidato a la Generalitat bailando en una tele, se olvida de todas las tragedias y de todos los refugiados del mundo. España es así, o mejor, está así, pues me parece que hoy domina la circunstancia sobre la esencia. Ya sé que no está bien visto ir de intelectual y que dicha palabra hay personas que te la arrojan encima como si te tirasen una pedrada. Pero no estaría de más que resucitásemos al filósofo postestructuralista Jacques Derrida y su método deconstructivo para ver si logramos entender cómo se ha construido el concepto de España surgido en la Transición, a partir de un análisis sin complejos del proceso histórico y la acumulación de metáforas, para mostrarnos que lo que nos parecía claro y evidente dista de serlo. Con buena voluntad y con altura de miras, a partir de ahí podríamos construir la España del presente. Claro que en este mediático suelo patrio de políticos ágrafos, cocineros y cocinillas, donde el rey anda desnudo, si hablas de deconstrucción, la inmensa mayoría, ilustrados incluidos, pensarán en la tortilla de patatas servida en vaso por Ferran Adrià Acosta. Mientras tanto el proceso deconstructivo sigue, paso a paso, baile a baile, bostezo a bostezo, plasma a plasma, federalismo simétrico o asimétrico (¡qué es eso! ¡deconstrúyemelo, Ferran, que no sé cómo comérmelo!)… Pero cómo les pongo yo a mis compatriotas, estos que pasan de España o a los que la encumbran en la emoción irracional, o a los que hacen trizas al Estado, a leer “Ser y tiempo” de Heidegger, que casi estaría más en lo nuestro con su término “Destruktion” (destrucción) que el mismo Derrida con el suyo (deconstrucción). Dejémoslo ser. Esto no tiene buena pinta. España casi se deconstruye sola, porque entre unos y otros la destruyen o la reducen a la nada. ¿Pesimista? Quizá sí, pero es que la realidad de lo que veo, donde se considera más pertinente un baile que una ideología o una idea, no me abre el horizonte a la esperanza. Siento la deconstrucción o la interpreto o agarro el rábano por las hojas, ¡qué se le va a hacer! como  algo que revisa y disuelve el canon en una negación absoluta de significado y que no propone un modelo orgánico alternativo. ¡Jajajaja! Me ha dado un aire. ¡Ferrán! Deconstrúyeme España, ¡lo tuyo es arte!
“Dignidad”: un descenso a lo profundo, y nada ético, de la política



Título: Dignidad. Autor: Ignasi Vidal. Dirección: Juan José Afonso. Intérpretes: Ignasi Vidal y Pablo Puyol. Escenografía e iluminación: Sergio Gracia. Vestuario: Félix Ramiro.

En el Teatro de Rojas se ha representado “Dignidad”, un texto de Ignasi Vidal que podríamos etiquetar como de “realismo político crudo”. Se trata de una conversación entre dos integrantes de la ejecutiva de un partido político ficticio (cualquiera vale, para los efectos), en la que se van sacando los trapos sucios de la organización y todo lo que hay que hacer para alcanzar, permanecer y beneficiarse del poder a costa de lo que sea. El mensaje teatral pone sobre el escenario, en boca de los actores, todo eso que los políticos esconden tras la “ilusión” que venden en los discursos y los tópicos demagógicos que desgranan para lograr la aceptación y el voto de la gente. Luego lo que hacen es algo bien distinto y nada tiene que ver con los ideales de “buenismo” universal y regeneración de la humanidad que predican. Vamos, que la inspiración del autor la podemos comprobar cada día en cualquier medio de comunicación. La “dignidad” del título viene a ser una impostura más, un deseo, la parte de un eslogan, pero algo que no existe, según la pieza teatral, en el mundo de la política que se describe. La verdad que se quiere significar es la gran diferencia que hay entre lo que percibe el ciudadano, tras los mensajes filtrados y la información sesgada de los partidos políticos, y la desconocida realidad de lo que ocurre o puede ocurrir en los despachos.
El autor, Ignasi Vidal, y los dos actores que representan la obra, Pablo Puyol y el propio Ignasi Vidal, juegan esta partida con un buen ritmo interpretativo, sin altibajos, y salen de la crudeza de la “indignidad” con algunas escenas de humor caricaturesco, que el público agradece con su risa. Los hilos invisibles del ovillo de un partido político quedan al descubierto al destejerse la madeja, según la conversación avanza, y quedar al aire las vísceras, las miserias, las inmoralidades y las corrupciones que llevan a cabo miembros individualmente y, a veces, en connivencia con otros. Sin embargo nunca se habla de bases, sino de quienes están al sonruedo del poder y han dedicado toda su existencia a vivir/cobrar de la política.
La obra, además de lo descarnado de la situación, propone una conclusión aterradora, el suicidio del corrupto, para, así, salvar la situación de la organización. Sin embargo, el final es aún más aterrador, pues, para que la corrupción no aflore, lo que se apunta es el asesinato del que iba a denunciar. Esa conclusión maquiavélica del todo vale y el fin justifica los medios no puede ser, evidentemente, la moraleja. La falta de ética nunca es una enseñanza. Por eso, sin duda, el final es una huida hacia adelante del autor, una ficción ¿desmesurada? y nada tiene que ver con ese “realismo crudo” con el que ante he calificado la pieza.
La obra da más de sí que esta descripción teatral de la política. La conversación entre dos tipos bien distintos (uno de ellos perfectamente reconocible por la iconografía y el lenguaje con los que se manifiesta) ahonda en la reflexión sobre conceptos como la honradez, la fidelidad a las ideas, la lealtad al partido y a los compañeros, las ambiciones, los miedos, las ilusiones, lo evanescente de las ideologías y lo que el poder cambia a las personas. Tras las miserias humanas, el autor parece querer hacer también una reflexión sobre la amistad y cómo la amistad se traiciona cuando el poder ciega la mente y alimenta la transgresión de los valores.
“Dignidad” es una obra digna para verla sin pasión, con ciertas dosis de realismo crítico y con la idea de que lo que se cuenta/representa no es la realidad tal cual, sino un trasunto de ella. Lo que sí se saca claro es que los corruptos son recalcitrantes y renuncian a ideas, ideologías y amistades con tal de satisfacer su avaricia. Considero que esta obra, como otras muchas que realizan reflexiones sociales, son necesarias para que el público no solo se entretenga, sino que reflexione sobre la realidad en la que vive y el engaño permanente al que se le somete. Ignasi Vidal nos deja muchas preguntas en el aire: los políticos ¿son héroes o villanos?, ¿lo dan todo (como suelen decir) y se sacrifican o lo que hacen es por afán de poder, influencia social y lucro personal?, ¿se encierran en su microcosmos y pierden el sentido de la realidad?
Juan José Afonso ha ido planteando la obra como los asaltos de un combate de boxeo que termina en tablas. La conversación no decae y el protagonismo va pasando de un actor a otro sin solución de continuidad. El equilibrio es uno de sus logros. Ignasi Vidal y Pablo Puyol han recreado a sus personajes con mucha coherencia y con la naturalidad y verosimilitud que requería la idiosincrasia de cada uno. La escenografía es sencilla, pero muy apropiada para no distraer la dialéctica. El prólogo y el epílogo en vídeo resultan esenciales para la comprensión de la obra. La iluminación muy acertada para matizar lo blanco de la camisa de uno y el gris del otro. Y el vestuario, del toledano Félix Ramiro, muy adecuado y en los moldes y en la línea a los que nos tiene acostumbrados el diseñador.
“Dignidad” fue merecedora del aplauso de los escasos asistentes, provocado, sin duda por los cambios de programación sobrevenidos ajenos al propio teatro, que estuvieron en el Teatro de Rojas. Recomiendo a quienes esto lean que, si tiene ocasión de verla en otro escenario, no se la pierdan.

jueves, 23 de octubre de 2014

QUIERO UN BUEN LÍDER OPTIMISTA.


Cuando nos dicen "¡No seas pesimista!", solemos responder "No soy pesimista, soy realista." Consideramos al "realismo" una virtud que no poseen quienes son optimistas. Pero, para ser líderes efectivos, el realismo no siempre es una virtud... Si antes de la batalla el líder dijera: "existe la posibilidad de que perdamos"... ¿Alguien le seguiría?

Una de las principales tareas de un líder, es obtener el esfuerzo y el compromiso de las personas tras un objetivo. Pero, ¿por qué alguien se esforzaría y comprometería... si no es por un futuro mejor? Las personas siguen a un líder, cuando éste les muestra posibilidades de éxito.

Algo que tiene que saber todo líder es que su influencia no depende tanto de los hechos que asevera... como de las emociones que despierta. Aunque no parezca algo prudente de hacer, tendemos a creer con más facilidad en aquello que queremos creer y que nos hace sentir bien. Una persona sólo puede liderar a otras, si cree -y lleva a creer- que se puede cambiar algo en sus vidas. Las personas no siguen a alguien pesimista, porque sienten que puede abandonarlas... tal como abandonó sus esperanzas!

Los mejores líderes son aquellos que creen profundamente en el cambio y saben que las circunstancias -por más adversas que sean- son momentáneas, no permanentes. Consideran los problemas como desafíos, extraen lo positivo de lo dificultoso y se sienten motivados por un sentido de logro y superación.

Creer en un resultado obliga a una persona a comprometerse proactivamente con el proceso de alcanzarlo: quien muestra un futuro mejor, debe hacer todo lo que esté a su alcance para lograrlo. El optimismo construye confianza en un líder, porque trasmite responsabilidad y compromiso. El pesimismo -por el contrario- es una actitud reactiva: es una forma de renuncia y -como tal- demuestra una falta de compromiso con las circunstancias.

Por supuesto que sería una tontería ignorar los problemas que se viven. Pero estar bien informado y comprender los riesgos que se enfrentan, no significa aceptar un pronóstico fatídico (por ejemplo, reconocer que se tiene un alto índice de colesterol, no significa asumir que se sufrirá un paro cardíaco).

Los líderes efectivos reconocen la realidad, la interpretan perfectamente, pero no se acobardan con las amenazas del entorno. Como vimos, triunfar sobre una adversidad es la más alta motivación que sienten estos líderes. Las personas más optimistas no son aquellas que menos problemas tienen, sino quienes han enfrentado las mayores dificultades y las han superado.

Para ser creíble, el optimismo de un líder debe estar acompañado de cuatro elementos:

Valor: el líder debe ser el primero en enfrentar lo desconocido, despejar dudas, vencer miedos y n desafiar la derrota. Necesita dar un ejemplo de capacidad a sus seguidores.

Trabajo: la única manera de volver realidad aquello en lo que creemos es trabajando. Si un líder no se esfuerza, perjudicará su credibilidad, ya que las personas terminarán decepcionadas.

Flexibilidad: el optimismo no debe ser ciego. Si estaba equivocado, el líder debe reconocerlo y tomar un nuevo camino. Quien persiste en una estrategia errónea, pierde credibilidad.

Humildad: el optimismo tampoco debe ser sordo. El líder debe ser lo suficientemente humilde como para escuchar los mensajes de advertencia de quienes son más escépticos.

Es cierto que dar falsas esperanzas es malo, pero mucho peor es no dar a las personas la oportunidad de creer en ellas mismas

Las organizaciones buscan líderes que demuestren confianza y entusiasmo en su capacidad y en la de los demás, que apoyen la voluntad de las personas, que proporcionen los medios necesarios, que se mantengan apasionados a pesar de los obstáculos y que muestren un camino de bienestar. El optimismo es una forma de influencia que ningún líder debería ignorar.

domingo, 6 de octubre de 2013

Enrique VIII o la erótica del poder


 Título: Enrique VIII. Autor: William Shakespeare en colaboración con John Fletcher. Compañía: Rakatá. Versión: José Padilla, Ernesto Arias y Rafael Lavín. Dirección: Ernesto Arias.  Reparto: Fernando Gil, Elena González, Jesús Fuente, Rodrigo Arribas, Alejandro Saá, Daniel Acebes, Alejandra Mayo, Bruno Ciordia, Andrés Bernal, Jesús Teyssiere, Julio Hidalgo, Sara Moraleda, Asier Tartás y Diego Santos.


Arranca fuerte el XXI Ciclo de Teatro Clásico del Rojas. Teatro lleno, un éxito. El drama histórico “Enrique VIII” de William Shakespeare, escrito en colaboración con John Fletcher, en 1612, nos presenta una de las figuras más complejas de la historia, el tiránico y voluptuoso rey de Inglaterra, Enrique, que en esta obra no resulta el personaje odioso a que nos a acostumbran las crónicas, pues los autores deben presentarlo esencialmente como padre de la reina Isabel de glorioso recuerdo.
            Rakatá, con su larga y prestigiosa trayectoria, es la primera compañía española que ha puesto en escena esta obra nada fácil; lo hizo por encargo para participar en las olimpiadas culturales de Londres, donde presentó con éxito la función en el famoso y reconstruido teatro shakespeariano The Globe.
            El monarca inglés Enrique VIII es el eje sobre el que gira un drama de política, de poder y de amor; el rey es también quien desencadena la sucesión de hechos que llevan a la ejecución al duque de Buckinghan, a la caída del orgulloso cardenal Wolsey, a la coronación de Ana Bolena o al triunfo de Cramer. Sin embargo la verdadera heroína en este entramado de pasiones y de intrigas no me parece otra que Catalina de Aragón, cuya dignidad y resignación, así como la dulce y firme resistencia durante la tramitación del divorcio, están excelentemente dibujadas para conmover a los espectadores. En claro contraste con el drama, entre las tormentas de esta sociedad que se retrata, hay un punto, al final, en el que la acción se detiene, que quiere ser una apoteosis de Isabel, pintando el universal regocijo que causa su nacimiento con todo tipo de predicciones sobre la felicidad que el cielo le destina.
            Los tiempos de crisis y de bajos presupuestos obligan al ahorro escenográfico al ingenio con el vestuario y a ser imaginativo con lo que menos cuesta, la palabra. Rakatá resuelve la función sobre la importancia de la palabra, el movimiento de actores y con una adaptación precisa del texto, llevada a cabo por José Padilla, Rafael Lavín y Ernesto Arias, que reduce a la mitad los personajes del original.
 
            El elenco de actores y actrices, en una obra cuyos personajes son retratos históricos, realiza un sobresaliente trabajo, muy bien dirigidos por Ernesto Arias. Fernando Gil y Elena González en los personajes centrales (Enrique VIII y Catalina) y Jesús Fuente (Wolsey), Rodrigo Arribas, Alejandro Saá, Daniel Acebes, Alejandra Mayo, Bruno Ciordia, Andrés Bernal, Jesús Teyssiere, Julio Hidalgo, Sara Moraleda, Asier Tartás y Diego Santos, dan vida, sobre la base del texto bien dicho y con alguna sobreactuación innecesaria, a las importantes figuras que la historia nos trasmite.
            El equilibrio en la representación, la escenografía funcional, la ausencia de artificios retóricos, la música y las coreografías y una intriga sin pausa hacen que el espectador mantenga la tensión, y acaso se relaja o emociona cuando se alcanza el clímax en las escenas finales que giran en torno a la reina Catalina o la exaltación de Isabel, la hija de Enrique y Ana Bolena.
            Que el drama termine con una mojiganga opino que es un acierto teatral para establecer una plausible distancia entre la verdad de la historia y la verdad del teatro. Deja un buen sabor y da un respiro optimista al intrigante mundo, tanto de la sociedad que refleja la obra, como la propia que vivimos.
            Mi enhorabuena al teatro de Rojas por una programación que se presenta con mucho interés, por ser uno de los pocos hitos culturales que quedan en pie en la ciudad de Toledo y por la amabilidad casi familiar con que nos tratan a los espectadores todos los trabajadores de la institución.

Epidemia de mentiras


 “Lo que me preocupa no es que me hayas mentido, sino que, de ahora en adelante, ya no podré creer en ti”. La frase es del filósofo Friedrich Wilhelm Nietzsche (1844-1900). Razón lleva y hoy se cumple a rajatabla. La mentira, las medias verdades, el discurso vacío, que es tan pernicioso como la mentira, la compulsión social y política para decir lo contrario de lo que se piensa con intención de engañar, habitan entre nosotros. Ya no nos causa sorpresa que nos mientan. La mentira se ha convertido en la objetividad. Solo existe la mentira y, por eso, la inmensa mayoría de los ciudadanos ya es esencialmente incrédula. Ya nos da igual si las personas que mienten tienen conciencia de que mienten o no. Los hechos nunca se corresponden con los discursos. Hay una permanente contradicción entre lo que dicen y lo que hacen. No creo que la mentira sea la única verdad que hay en la boca del necio. No son necios, son simplemente inhumanos, poderosos, egoístas, avaros, depredadores, malos. ¿Quién es bueno? Quizá nadie. Recuperar la verdad no quiere decir que no se yerre, pero el error se perdona, que te mientan y tomen por tonto, no. Ya se ha superado el tope de Paul Joshep Goebbels (1987-1945), que afirmaba que “una mentira repetida adecuadamente mil veces se convierte en una verdad”. Eso, que valió para la propaganda nazi, ha perdido su valor entre nosotros. Sabemos que nos mienten compulsivamente y, si alguna verdad existe o alguien nos habla con verdad, no lo creemos. Hemos alcanzado la conciencia plena de lo oscuro y resumimos nuestro estado de pueblo llano con el título de la novela de Soledad Puértolas: “Todos mienten”. Puesto a traer una imagen para visualizar el mentir y lo cerca que nos queda, pido prestadas las palabras a Otto Von Bismark (1815-1898), que, con gracia y retranca, decía que “nunca se miente tanto como antes de las elecciones, durante la guerra y después de la cacería”. No es necesario poner ejemplos ¿verdad? ¿A quién había que votar si se quería un empleo? Pues ahí está la respuesta, y no en el viento precisamente. Es muy ordinario el mentir, es extraordinario el creer. La mentira ya es casi religión. Dogmatizan con ella. Pueden engañar a los hombres y me parece que también ya han engañado su conciencia, o acaso carezcan de conciencia. Reniego del piadosismo y de quienes todavía, quizá haya alguien, no sé, prefieran una mentira que anime, antes que una verdad que abata. Contra tanto embuste, ya no cabe el discurso a contrario, solo cabe la acción. La perversión de lenguaje me lleva a pensar en la perversión de la política y la perversión de esta a la perversión del ser humano. La indecencia y la inmoralidad de las clases dominantes han conducido a esa perversidad obscena donde con un ropaje de lengua amable nos ofrecen verdaderos monstruos que corroen la sociedad. Solo hay que fijarse, a modo de ejemplo, en las leyes laborales, que las presentan como “creadoras de empleo”. ¡Jajajajajajaja! Las ranas y los sapos, escuerzos todos, nos reímos a mandíbula batiente. Les parece que no mienten porque enmascaran y disfrazan la realidad con el lenguaje. Lean, lean, no sea que cuanto menos se lea más daño haga lo que se lea. Nos están vendiendo motos con descaro. Recomiendo un libro cuyo título es No nos lo creemos. Una lectura crítica del lenguaje neoliberal, de Clara Valverde. En él se afirma algo que yo no lo voy a decir mejor: "las palabras no son neutras: sirven para provocar algo en quien las escucha. Las palabras y las frases que utilizan las élites políticas y económicas neoliberales intentan que la ciudadanía se comporte de cierta manera, sobre todo para que adopte opiniones y comportamientos sin que los poderosos tengan que ejercer la fuerza de manera obvia. El lenguaje es la primera y más necesaria arma del capitalismo neoliberal". Sin embargo no se queden solo en el “capitalismo neoliberal”, vayan más allá, y busquen la mentira en muchos otros ámbitos, donde también existe con cuerpo propio. Es la epidemia del discurso. Sufrimos una horrorosa epidemia de mentiras. La peste a su lado parecería algo más llevadero.

domingo, 18 de agosto de 2013

Emoción de la MONTAÑA. ¡Gracias! Mario.

Teresa, Mario y yo con el Matterhorn al fondo

Este verano he descubierto la montaña, lo alto, el silencio y la nube, la piedra y la nieve, el picacho desafiando al cielo, el Matterhorn, por ejemplo. ¡Fascinante! ¡Asombroso! La belleza, el silencio, el esfuerzo físico en las piernas y en el rostro de Mario que sufre gozando en una subida de 26 kilómetros por sendas del diablo, piedra y nieve y florecillas alegrando los pasos. Y la sonrisa que no falte. La montaña es la exaltación de la vida con esos horizontes sinuosos. ¡No sé qué emociones nuevas fluyen, pero es verdad que fluyen, todavía son más una sensación que un puñado de palabras, acaso sea la cercanía a nuestro propio ser, a nuestra nada y a nuestra vida en el inmenso valle ente columnas de montañas que se extiende inaccesible, o quizá accesible solo para los valientes, como Mario. He visto el Matterhorn de cerca y me he sofocado dando pasos hacia arriba. Se afirma en una tradición tibetana, donde hay montañas y montañas, altas, altas, que “debes familiarizarte con la muerte si quieres vivir una vida plena y satisfactoria”. Subir, mirar, mirarnos hacia nuestro interior. ¡Fascinante! No es la sensación de la aventura, es la tranquilidad, quizá la contemplación, casi la mística. No desecho ni el temor ni el miedo, pero otras sensaciones se imponen. Quizá sea la incertidumbre. Eso es la vida, un no saber, una búsqueda de respuestas y una voluntad férrea de no poder estar parado esperando sin más. Eso es la montaña, la altura, el Matterhorn como ejemplo. También mismidad y concentración, algo tan alejado de la liviandad de la vida cotidiana, de las conversaciones intrascendentes entre humo y alcoholes. La montaña te llama y te pide amor, cercanía, pasos, movimiento, respiración acelerada,  y te exige confiar plenamente en tu juicio o en el de las personas que te acompañan y que saben más que tú, confianza plena, dejarse ir en el otro. En el silencio, en la mismidad, en el horizonte sinuoso, en el fresco de la cara, en el pico que se alza… me he sentido, nos sentimos vivos de manera intensa, es verdad, solo hay que pararse un momento y dejar que el pensamiento hunda su raíz en tu mente, en tu corazón o en la náusea que produce la falta de oxígeno. Acaso la montaña nos lleva al instinto, no a la razón; el instinto de cada momento; no se puede despreciar el tiempo en disquisiciones interminables; viene la nieve o la ventisca o el frío o la oscuridad, y entonces todo puede ser irremediable. La montaña clara me ha fascinado. Pero la emoción no me puede cerrar la mente, la montaña exige esfuerzo mental y físico, se respira lentamente, las piernas pesan, nada vuela, solo lo que cae inerte. Yo vivo. En la montaña cada pie debe saber que es único y que en la pisada está la vida. Confianza para saber qué se esconde bajo el miedo. Razonar rápido y actuar en consecuencia, esa puede ser la lección. Pero la montaña no solo es emoción, es entrenamiento. No puedes abrazar la montaña como quien se come una tostada. Hay que realizar acciones con aplomo, firmeza y seguridad; por eso, es preciso, creo, tener automatizadas muchas acciones. Ni miedo ni temeridad, cabeza fría, atención, cada paso es el primero y puede ser el último. La mente es tan importante como las manos o los pies. Me ha fascinado la montaña, las cimas de Gstaad, el Matterhorn, el Pilatus… La vida me parece más armónica en la montaña. El alma de la tierra es mi alma. Respeto. La montaña no me ha parecido arisca, de verdad, es delicada y sensible. Se puede vivir al filo, pero se vive, se siente.  En esas alturas, por encima de los 3000, he sentido cada bocanada de aire y cada paisaje como un momento para siempre. Gracias, Mario, por esta vuelta al útero de la madre, de la madre tierra. La cima me ayuda a comprender mis valles.

jueves, 8 de agosto de 2013

Donde nadie es forastero

Hay un sitio en los Montes de Toledo con un encanto especial. Según se llega por la carretera, te recibe un cartel en el que te avisa de que "nadie es forastero". Este ya es valor suficiente para ir a Los Navalucillos, aunque, con ser importante, no es el único. En el "lugar" uno está como en su casa. Pueblo de puertas abiertas. No he visto gente más amable y jacarandosa. ¡Qué gracejo popular! ¡Qué sabiduría! ¡Qué retranca! Se notan que son gentes que vienen del "trato". Aquí hay pocos que presuman de tacón y pisen con el contrafuerte. Solamente la conversación ya reconforta.
Sin embargo, Los Navalucillos es, además de plaza, cortos y charla, naturaleza. Hasta aquí llega el Parque nacional de Cabañeros; y con ser la raña, en la parte de Ciudad Real, algo hermoso, no lo es menos (para mí lo es más) las lomas que corona el Rocigalgo, el valle del Chorro, el microclima de las Becerras, los baños del Mazo, la presa del tío Niceto, el charco del Gordo, un paseo por la Pedriza o un sorbo de agua del Guindillo. Hace poco tiempo me encontré a un descendiente de este lugar inolvidable en Roma y me cantó unos versos que le quedaban de un abuelo suyo, según me dijo: "Me gusta el gazpacho en hortera, la procesión de la virgen y subir a las Morreras". Y otro paisano, haciendo alarde de universalidad, me recordó en París aquello de: "Mira si he corrido mundo, que he estado en Valle Moral, en el Cerrillo las Fuentes y en el Hoyo el Encinar". Pues ese es el espíritu de la gente que tiene sus raíces en este bendito lugar, aunque ahora ande por Australia, por las Américas o entre los rascacielos de Dubai. Recomiendo las rutas guiadas para quienes quieran gozar de la naturaleza, pero el que quiera perderse por los montes solo también puede hacerlo, y lo mismo se encuentra el tesoro de la sierra de la Botija.
Ahora, que no son tiempos en los que estemos para romper la troje, es buen momento para ir a gustar y degustar lo que Los Navalucillos ofrece. A los que nos gusta comer "sabrosito", aquí encontramos la mejor "sorda" de morcilla o de chorizo que nos puede llegar al paladar, los guisos "al ajillo", la carne en fiambre, la de caza y un bondejo excelso que ofrecían, recuerdo, en el bar del Cacharrero. Cito ese bar, pero vaya mi enhorabuena para todos, pues en cada uno de ellos y en las casas de comida, con las nuevas ofertas de las casas rurales, encontramos alguna exquisitez. ¡Y qué pan y qué dulces! ¡Y qué aceite de oliva, que no iguala ni el de Andújar ni el de Borjas Blancas!
En Los Navalucillos hay que madrugar y bajarse al Álamo a tomarse, como toda la vida, un café y una copa de aguardiente; el café es de puchero y ya lleva su azúcar incorporado y todo. Consola lo sigue sirviendo como lo hacía su padre y como se ha hecho desde que el mundo es mundo. Ese café mañanero, del que te puedes tomar treinta tacillas, te deja bien aviado hasta la hora de los cortos ¡otro rito!
Ahora en agosto, entre el 10 y el 18, hay una ocasión pintiparada para acercarse al lugar, pues se celebra la Feria del Turismo Rural y ahí podemos encontrar "de to", pero mejor es ir para contarlo.
¡Ah! y quien se acerque, crea o no crea en asuntos de religión, que no deje de ir a ver a la Virgen en su ermita, que tiene mucha sal y mucha gracia, no en vano se la venera con la advocación de Virgen de las Saleras. Quizás lo de guisar sabrosito viene también por esa vía del misterio.

Así que, amigos y amigas del mundo mundial, ganad el tiempo sin perder la vida dando un paseo por esta tierra de jarales y cantuesos; catad los buenos guisos, las buenas tapas, bailad y divertíos huracanadamente durante las noches del fin de semana y sentid el acogimiento de quienes llevan de verdad en el corazón el abrazo de un pueblo simpático; tomad lo que sea de menester con la corrobla; andad barutos si queréis, y procurad no acabar el día dando taitabones y tortolás; hablad con quien os encontréis, sin parar, sin que ninguno pierda garrota; procurad reír con los trovos de más de quienes se dan a la exageración; y, si os ha gustado la experiencia, contadla y haced el bien a quienes, siguiendo vuestros consejos tomen también vuestra ruta y se den un garbeo por Los Navalucillos, ese lugar mágico "donde nadie es forastero".

Final de la cita


“Y en ese momento se levanta, da media vuelta y se va sin decir nada que tuviera que ver con la verdad que esperábamos”. Fin de la cita. “Estafa fiscal, financiación ilegal, malversación y apropiación indebida, engaño continuado”. Fin de la cita. ¡Qué coño es esto de la cita! Una cita es un recurso retórico que consiste en reproducir un fragmento de discurso de otra persona  respetando su formulación original e insertando este texto en el discurso propio. Un inepto lector la puede “cagar” y hacer cita donde no la hay.  “Hablemos de Hipatia, filósofa, matemática y maestra griega... defiende tu derecho a pensar”. Fin de la cita. “España es diferente, tonta, pero diferente”. Fin de la cita. “Solo diré que no diré nada y que en este mundo traidor nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”. Fin de la cita. “I'm not a crook". Fin de la cita. "Muchos diputados han ido a la sesión con la maleta para marcharse de vacaciones". Fin de la cita. ¡Hay que joderse! (esto no es una cita). “Si no peleamos para acabar con la corrupción y la podredumbre, acabaremos todos formando parte de ella”. Fin de la cita. “Lo que va entre paréntesis en un discurso significa que no se debe leer”. Fin de la cita. "Yo quiero que la niña que nace en España tenga una familia y una vivienda y unos padres con trabajo”. Fin de la cita. (Me estoy empezando a poner rojo y esto no es una cita). "¿Se han pagado sueldos? Sí. ¿Se han pagado remuneraciones complementarias por razón del cargo? Sí. ¿Se han pagado anticipos o suplidos a justificar por gastos inherentes al desempeño del cargo? También, como en todas partes". Fin de la cita, que esta cita es mucha cita. “Tengo la impresión (aunque espero equivocarme) de que el 'Caso Bárcenas o caso PP' seguirá la misma suerte que el 'caso Naseiro'”. Fin de la cita. Voy a mear y a por unos “cacagüeses” (eso no es una cita). “Bale: una locura de fichaje”. Fin de la cita. “¡Carisimos amigos! ¿sabés vos cuál es el choteo del mundo en la tardesita del uno de agosto? pues no es otro que el famoso hallazgo o más bien trabucazo ilocutivo del presidente de España: Fin de la cita". Fin de la cita. “He ido al médico y me ha dicho que si me voy a morir pronto por lo otro que para qué va a operarme del oído y que le ha dicho el gerente que los implantes cocleares los decide él y no el médico”. Fin de la cita. "Lo que se llevó Luis Bárcenas es un pico, ¿dónde está la pala?”. Fin de la cita. “Luis. Lo entiendo. Sé fuerte". Fin de la cita. “Él dice la verdad: "con niveles de esfuerzo mínimos se pueden conseguir niveles de infamia máximos... Él es la prueba”. Fin de la cita. “Y sí, parece que es así, que te has ido diciendo no sé qué cosa, que te ibas a tirar al Sena, algo por el estilo, una de esas frases de plena noche, mezcladas las sábanas y boca pastosa, casi siempre en la oscuridad o con algo de mano o de pie rozando el cuerpo del que apenas te escucha, porque hace tanto que apenas te escucho cuando dices cosas así, eso viene del otro lado de mis ojos cerrados, del sueño que otra vez me tira hacia abajo”. Fin de la cita ¡de Cortázar! Y llegados a este punto, yo, el yo que esto escribe o transcribe, permanezco, junto con al ente que narra las citas, encerrado en el texto de cada cita que lo es o no es tal cita, que ya no sé ni qué es ni qué no es, como en una pesadilla, alejándome de la realidad y de la verdad, sin poder llegar al punto en el que surge el artificio. Patética es la política en esta Sodoma y Gomorra de España en donde, como Lot en la Biblia, no somos capaces de encontrar un verdadero justo con todas las de la ley que nos salve de este sofoco infame que nos lleva por delante. El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Antonio Illán; lo irreal nos gobierna, pero el camino del suicidio no conviene, en fin, estamos en agosto y los diputados han ido al Congreso con la maleta a cumplir un trámite. ¡Manda “güevos”! Fin del relato.

viernes, 31 de mayo de 2013

Corpus de Toledo: más religión y menos política


 El Corpus Christi en Toledo es la fiesta de la armonía, del equilibrio barroco entre espíritu y sensaciones, entre fe y fantasía, entre tradición y modernidad. El esplendor de la ciudad entra por los ojos. El colorido multiforme y heteróclito se enseñorea de las calles y plazas, especialmente en aquellos lugares en los que los toldos marcan el recorrido de lo que es el centro de la celebración: la procesión con el sacramento de la Eucaristía expuesto en la custodia de Arfe.
            La procesión venía siendo algo más que una exhortación a la fiesta y a la alabanza al misterio religioso que toma la calle. Últimamente parecía que la procesión era de los que procesionaban, esencialmente de la denominada “clase política”, que se exponía como si fuera dogma o sacramento social a las iras o los aplausos del pueblo. Este año los preámbulos se describían con nubarrones. El runrún de la calle, ese que nadie percibe, ni oye, ni dice, pero todos sienten, apuntaba a que había predisposición al abucheo a la presidenta, Dolores de Cospedal.
            La realidad es que la señora presidenta se fue a Bruselas a no sé qué quehaceres de la gestión autonómica y no asistió a la procesión. Esto yo no sé si habrá sido casualidad de agendas o una manera de meterse en el burladero y no exponerse a los cuernos del morlaco gritón. Pero la realidad es que este año, por ese fas o por algún nefas, todo ha ido como balsa de aceite. A la señora presidenta nadie la ha echado de menos en el cortejo –como no se echó de menos a su predecesor Bono, cuando, siendo presidente, tampoco estuvo en el Corpus toledano-. El desfile ha sido más religioso que nunca; y la política no se pudo medir por el famoso y, a veces, temido “aplausómetro”.
            Pero este año, además, se ha manifestado en la procesión toledana el espíritu Bergoglio. La intervención del Primado en la homilía tradicional de Zocodover ha tenido un cariz social evidente para terminar con una llamada a la ética, que en el fondo es la justicia que iguala a las personas. (Prefiero llamar “homilía” y no “alocución” a este sermón, pues “homilía” es el “razonamiento o plática que se hace para explicar al pueblo las materias de religión”, y la “alocución” es algo más genérico, “discurso o razonamiento breve por lo común y dirigido por un superior a sus inferiores, secuaces o súbditos”). Dicha homilía ha sido una pieza muy bien tallada, basada en argumentos, lecturas y reflexiones de gentes que conocen algo más que la doctrina social de la Iglesia. Hay a quien se le han puesto los pelos de punta escuchando a don Braulio. Aunque para ser justo, creo que esa andanada social urbi et orbi del Primado ha pecado de exagerada al descabalgar por completo cualquier ideología y meter en el mismo saco, en un totum revolutum, las ideas más sociales con las liberales más antisociales. Pero dejemos esa pecata minuta para analistas “inclitados” (ilustres, esclarecidos, afamados), que el pueblo me parece que sí se ha quedado con el cante de que no se pueden hacer políticas que enriquezcan a unos pocos y no atiendan a las necesidades básicas de la parte más desfavorecida de sociedad.
            Así que un aplauso por la recuperación del tono religioso de la procesión toledana, en la que se debería prohibir la asistencia a quienes van a ella como los banderilleros en la vuelta al ruedo, saludando al tendido, y con los móviles en ristre para inmortalizar el momento. Quien va a la procesión tiene que saber que acompaña respetuosamente un dogma, crea en él o no.
            Y termino como empecé. El Corpus Christi en Toledo es la fiesta de la armonía, del equilibrio barroco entre espíritu y sensaciones, entre fe y fantasía, entre tradición y modernidad. Aquí hay que venir por lo menos un par de veces en la vida, y en esto incluyo especialmente a los toledanos que siempre aprovechan el puente para irse a Benidorm.