miércoles, 9 de noviembre de 2005

VIOLENCIA SOCIAL

Una ola de violencia se ha desatado. Los barrios periféricos de las ciudades francesas están que echan humo. Alguien dice que, por mimetismo, esta violencia se extiende. Ya han ocurrido casos parecidos en Sevilla. Pero hay más violencias de tono menor que están ahí y, a veces, las llamamos simplemente gamberrismo o ajuste de cuentas entre mafias o bandas urbanas, como en Madrid. El hecho es que la violencia social está subiendo de tono. Y no se puede caer en el análisis superficial ni en la opinión de que es una violencia provocada por la inmigración solamente, ni por la confrontación de culturas o de religiones. La violencia está evidentemente generada por los núcleos sociales con menos expectativas vitales. Es, parece, la violencia de los pobres que tienen la imposibilidad de gozar las excelencias del mundo mercantil que les rodea.
Esta revuelta civil francesa no es en absoluto equiparable a aquella del mayo del 68, la de los estudiantes ilustrados y los trabajadores con empleo, con ideología de izquierdas y la vista puesta en la utopía de una sociedad mejor. Los disturbios de hoy son otra cosa. Los jóvenes que ahora queman coches son mayoritariamente trabajadores sin trabajo, estudiantes sin perspectiva, habitantes de barrios suburbiales y personas marginales del sistema feliz de mercado desencantadas de vivir en un mundo que les ofrece a la vista el lujo y la opulencia que son imposibles de gozar, personas que habitan allí donde menudea la droga, el delito, el trapicheo, la discriminación, el abandono y la miseria.
La retórica de la igualdad de oportunidades es eso, retórica. Y la retórica lo que hace es poner de manifiesto las evidentes desigualdades y exasperar los ánimos. Habrá que ir, por tanto, no a la grandilocuente e idílica alianza de civilizaciones, sino a soluciones más terrenas, más reales. No se puede justificar la violencia en condicionantes conceptuales del tipo: hay personas que son naturalmente violentas, o hay culturas que se enfrentan. Natural y culturalmente, las personas tenemos el mismo potencial de ser violentas, que pacíficas. No estamos más determinadas a pelear y destruirnos, que a colaborar, establecer acuerdos y vivir en paz. Así como somos capaces de generar crueles guerras y dañar seriamente a otras personas, somos capaces de resolver nuestras diferencias por otros medios. La decisión está en cada uno de nosotros... y la responsabilidad también. Pero más que en cada uno de nosotros, como personas aisladas, la solución debe venir por correcciones de un sistema social que acentúa las diferencias entre los que tienen abundantes expectativas de desarrollo y los que sólo tienen delante la vía que conduce al fracaso. Ahí si hay armas de destrucción masiva. Algo habrá que hacer por aquí para prevenir lo que se nos puede estar viniendo encima, pues, como dice el proverbio: cuando las barbas de tu vecino veas quemar pon las tuyas a remojar.

4 comentarios:

Arturo H. dijo...

Me parece demagógico lo de la violencia de los pobres. Más parece una violencia de gamberros, de maleducados y de gentes que encuentran su diversión en hacer el mal. Son sujetos que, en cualquier caso, van a dejar menor rendimiento social que una perdiz volando. Si hubiera muchos como el ministro francés de Interior, otro gallo nos cantara.

Anónimo dijo...

a mi me gustaría vivir en La Moraleja en Madrid y como no puedo, no me pongo por eso a quemar coches.
Si lo hiciera y encima me lo justificaran con frases llenas de demagógia, mejor que mejor, porque aun a costa de otros algo sacaría en mi provecho

Álvaro Putis dijo...

Menos condescendencia. Caldera desaparecido. Más leña al mono, porque, si no,nos van a llevar a una vida en la que no podremos salir a la calle. Estos mamones están tirando por la ventana 500 años de vida normal.

Anónimo dijo...

Creo que en el refrán las barbas se pelan, no se queman...
Aunque supongo que va por los coches.